Tus manitas……
Tus manitas son……
Níveos espejos del alma,
Dulces mariposas llenas de encanto,
Reinas de mi corazón
Tus manitas son……
Capullos de rosas,
Manitas hechas para aprisionar mariposas,
Mariposas de ensueño
Tus manitas son….
Preciadas joyas que muchas veces
Temo se deshagan como pétalos de flor
Al aprisionarlas entre las mías
Tus manitas son……
Manitas de muñeca,
Delicadas y pálidas,
Que han nacido para ser besadas
Tus manitas son……
Manitas de hada,
Como alhelíes de hermosos colores,
De finos perfumes
Tus manitas son……
Suaves caricias que siempre
Buscan afanosas
El calor de las mías.
jueves, 28 de octubre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
Historia de una Maestra Marplatense: la Señorita Edith
HISTORIA DE UNA MAESTRA
La Señorita Edith
La primera en llegar y la última en irse
Prólogo
La historia es una materia que esta absolutamente relacionada con hombres y nombres que han marcado épocas y lugares y han guiado generación tras generación, convirtiéndose ellos mismos en ejemplos a seguir. Sería una absoluta falta de respeto rayana en la más absoluta ignorancia hablar de la historia de Italia sin señalar a Garibaldi, el padre de la independencia de la “Bota Europea”, de Inglaterra sin mencionar a Enrique VII, padre del obeso Enrique VIII y vencedor del jorobado Ricardo III o de hablar de nuestra propia historia sin invitar a Don José de San Martín ó a Don Manuel Belgrano. Ya desde nuestra escuela primaria, la “máximas Sanmartinianas” nos son enseñadas como camino de lo correcto.
Y son precisamente estás máximas las que me ubican justamente en el camino de este prólogo. El lugar donde año tras año y generación tras generación son presentadas, explicadas y repasadas una y otra vez se da en las aulas de los colegios, ya privados, ya estatales. Las personas encargadas de llevar a cabo tan importante trabajo son justamente las docentes; si las docentes, pero permítame llamarlas como lo hice durante siete años de mi vida: “las señoritas”. A nadie le importaba si sus estados maritales les daban este status de señoritas o si eran señoras. A ningún alumno le interesaba los apellidos, ellas eran solamente “la señorita Mercedes, la señorita Edith, o....... no por favor estimado lector, complételo como su corazón mejor se lo dicte, yo se lo dejo como LA SEÑORITA........... .
Ud. me dirá con justa razón que tienen que ver Garibaldi o San Martín con las maestras. Tienen mucho que ver. Permítame usar como ejemplo a dos de nuestros patriotas y luego extiéndalo a cualquier persona y a cualquier fecha que Ud. desee. Si bien el general Don José de San Martín libertó a la Argentina, Chile y Perú y el doctor Manuel Belgrano creó la bandera patria (concédame el permiso de usar estas licencias escolares para poder presentarle mi punto de vista), ha sido el trabajo educador de las “señoritas” las que nos acercó a esas hazañas y moldeó nuestra identidad Argentina. Esta lección educadora siempre se ha dado tanto en forma directa como indirecta; ya que estas “patriotas” nos instruyeron en las aulas como su tarea principal y plantaron en nosotros esa semilla de la curiosidad de proseguir nuestros estudios. Esas maestras, esas “señoritas” también llegaron a nosotros a través de nuestras familias, pues esa fundamental “raza” de orgulloso blanco delantal también instruyó a nuestros padres, a nuestros abuelos. Este compartir de conocimiento se dio aquí, en la Argentina, como en mucho otros países del mundo, ya que siendo el nuestro un país de “inmigrantes”, muchos de ellos – niños o adolescentes – vinieron con una instrucción recibida en sus países de origen por las “señoritas” italianas, españolas, polacas, etc., etc. Las docentes no tienen nacionalidad, tienen corazón y vocación.
Ve ahora, mi amigo, como las “señoritas” que siempre han recibido niños y niñas de las más diversas familias, y les han devuelto jóvenes preparados para seguir su educación en el secundario y completarla en la universidad, donde un objetivo de profesionalidad marca, no el fin sino el objetivo primordial de ese largo viaje que nos lleva a ser personas honorables y profesionales respetables, son tan importantes como los héroes nacionales. La labor de estas docentes marca la historia de un país, muestra el presente del mismo, genera las semillas de un futuro que todavía no ha nacido y se proyecta mucho más pues multiplica ese conocimiento por millones.
Se dice que como muestra basta un botón, y mi caso puede ser el ejemplo que multiplicado por miles da una idea cabal del real valor de las docentes. En mi caso, fue la guía de muchas de mis maestras en la escuela primaria “Instituto General Pueyrredon”, en especial mi maestra de primer grado, la señorita Mercedes, quién fue la que dejó en mí la más profunda huella. Su labor fue complementada por los y las docentes que me tuvieron por alumno en la hoy ex Escuela Nacional de Educación Técnica Nº1 Domingo F.Sarmiento. Todo este peregrinaje por los recovecos del conocimiento tendría su Meca en el Título de Profesor de Inglés que obtuve en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Por supuesto, esta peregrinación nunca hubiese sido posible sin tener como guía a mis padres, quienes fueron los portadores de ese conocimiento adquirido de otros docentes y quienes, reflejando todo el entusiasmo de maestros a quienes no tuve el gusto de conocer por distancia, tiempo ó circunstancias de la vida, me inculcaron el gusto por el aprendizaje, el amor por los libros, una insaciable curiosidad por la investigación y el agrado por volcar mis conocimientos en noveles educandos. Es por todo esto que el ciclo ha sido completado colocándome, tal vez, en la misma posición a quienes este trabajo rinde su homenaje, frente a alumnos de diversas edades transmitiéndoles todo eso que he recibido.
Como verá, mi amigo, los y las docentes son verdaderos héroes nacionales. Su alcance e influencia es absolutamente ilimitado, y la libertad intelectual que nos ayudan a declarar nos hacen libres e independientes, sin importar las condiciones sociales en que nos podamos encontrar. Por eso, si en algún momento Ud. y estas líneas se cruzan, por favor cierre los ojos y recuerde con todo cariño a todos esos maestros, dentro y fuera del aula, que hicieron que seamos un poco mejores para nosotros, para nuestras familias y para toda la sociedad en general. Voy a resumir en este homenaje parafraseando a Don Carlos Di Fulvio en su Canto Monumento cuando el dice “Este trabajo quiere elevar un monumento de gratitud”… a la maestra Edith Viglienzone, en nombre de todos los docentes, a quién tuve y tengo la fortuna de conocer ya nonagenaria, de blancos cabellos y dificultad en sus movimientos, pero con una lucidez y memoria cristalina sobre aquellos tiempos donde orgullosa posaba juntos a sus alumnos en fotos en blanco y negro. En una de ellas, entre esas alumnas se encuentra mi madre, quién mantuvo una relación personal y epistolar con la señorita Viglienzone por más de medio siglo. Por todo esto, para la señorita Viglienzone, maestra 5to. grado de Sara Garfinkel, para la señorita Mercedes, maestra de 1er. grado de Edgardo Samuel Berg y para todas las maestras, quiero finalizar este prólogo diciéndoles como lo hacia en la primaria
¡PRESENTE SEÑORITA!.
Edgardo Samuel Berg
Mar del Plata, 2005
Breve reseña histórica del comienzo de la comunidad educativa en nuestra zona.
En 1860 el Gob. Gral Bartolomé Mitre y su ministro de gobierno D. Domingo Faustino Sarmiento dictaron el decreto por el cuál se creaba una escuela en el vasto. partido de MAR CHIQUITA.
Se desconocen las causas que impidieron la creación de la mencionada escuela.
El 18 de julio de 1865, el vasto partido de Mar Chiquita fue dividido en dos secciones, creándose el Partido de Balcarce el cual comprendía el actual territorio de Gral. Pueyrredon.
En aquella época, el único centro de población en todo el Partido de Balcarce, era el Puerto de la Laguna de los Padres, hoy Mar del Plata.
Cuatro años después (1869) el Sr. Juez de Paz y Presidente de la Municipalidad, D. Florisbelo Acosta, presentó el plano del que debía ser el primer centro educacional del partido de Balcarce. Esta escuela seria conocida como Asilo Rural San José. El 30 de octubre de 1870 se aceptó una propuesta de D. Patricio Peralta Ramos, quien donaba al municipio un área de terreno para la escuela proyectada. Ésta se ubicaría en la mitad de la manzana 46 situada entre las actuales calles Hipólito Irigoyen, 3 de Febrero , Mitre y 11 de Septiembre. La piedra fundamental del asilo fue colocada el día 27 de diciembre de 1870. La tradición conservó este detalle: donde fue instalado el edificio que alojaría al Asilo Rural San José, habla sido anteriormente el chiquero durante los tiempos del Saladero de Coelho de Meyrelles.
El asilo rural se terminó de construir el 16 de julio de 1871 y el 21 de abril de 1872 se aprobó oficialmente la admisión de los alumnos a dicha institución escolar.
El reglamento de la Escuela Gratuita de Varones denominada “Asilo Rural San José” consta de 8 puntos. No es nuestro deseo citar textualmente los mismos, pero consideramos que sería de interés señalar algunas especificaciones tales como la edad mínima de admisión de los futuros alumnos: “Serán admitidos en el establecimiento para la debida instrucción, todos los niños varones del partido de Balcarce, desde la edad de siete años cumplidos.” Teniendo en cuenta las largas distancias a recorrer por los alumnos, éstos “serán internos y para su admisión en el establecimiento, el Municipal de Instrucción Pública extenderá el correspondiente certificado”. Luego se establecía que los gastos para el sostenimiento de la escuela serían costeados por la Municipalidad del Partido de Balcarce, aunque “con el sólo objeto de contribuir en parte y por ahora al pago de los gastos de alimentación que el establecimiento debe proporcionar, las personas que tengan educando sus niños en él, pagarán una mensualidad de ochenta pesos moneda corriente”.... si bien “ Se exceptúan de esa mensualidad, los huérfanos y menores, que existen bajo tutela o adopción de cualquier persona del partido”. Y como cumpliendo con la idea de Domingo Faustino Sarmiento de universalizar la educación en nuestro país, el artículo 7º del reglamento en cuestión rezaba: “Los niños de familias de partidos vecinos, donde carezcan de escuelas serán admitidos en el establecimiento bajo las mismas condiciones que los de este vecindario”.
Un año después de la inauguración de la escuela, el presidente de la municipalidad, D. Pedro Bouchez comenta: "que siendo insuficiente la punta de ovejas donadas por el vecindario para el sostenimiento de los niños y personal de la escuela “Asilo Rural San José' , pide se considere la necesidad que existe en comprar de rentas municipales, más, hasta obtener el número que se considere para que de capones en suplir las necesidades del consumo de dicha escuela. Que dado el mal estado en que se encuentra el edificio, propone practicarle las reparaciones necesarias". Las refacciones se debían a que el techo del establecimiento era demasiado pesado para las paredes construidas con mezcla de barro.
El día 2 de febrero de 1874 (8 días antes de la fundación oficial de Mar del Plata) D. Andrés Mac Gaul y D. Jacinto Peralta Ratnos, junto con D. Florisbelo Acosta y D. Benjamín Cueto formaron la comisión inicial que tomó el primer examen en el actual territorio de la ciudad de Mar del Plata, el que había tenido un brillante resultado.
El 10 de febrero de 1874 se funda el pueblo de Mar del Plata en el lugar que existía la población conocida por el Puerto de la Laguna de los Padres.
La condición estructural del edificio, reflejada por un informe llevado a cabo por "maestros albañiles", no ofrecía "las precisas seguridades para resistir los efectos de la lluvia y vientos del invierno". Por lo tanto se alquiló a un costo de $ 1.000 mensuales la casa de D. Jacinto Peralta Ramos para ser usada como colegio y asilo.
Después de la fundación de Mar del Plata, se le encarga al agrimensor Carlos Chapeaurouge que trace el pueblo. Chapeaurouge toma la iglesia de Santa Cecilia como referente y comienza la traza de Mar del Plata. Esto obliga a la reedificación del asilo, que había quedado completamente fuera de la línea de calle. No sólo el Asilo Rural San José debe ser reedificado sino que en el año 1875 la Ley de Educación Común dispone el cambio de su denominación por la de Escuela Común Nº 1 de Varones. La escuela sigue amenazada por problemas tanto internos como externos, es así que una sequía que asoló la región obligó a un éxodo familiar lo que produjo una escasa inscripción de alumnos Fue por eso que la escuela casi es clausurado en 1876.
Después de la constitución del Consejo Escolar del Distrito de Balcarce en el año 1878, el inspector D. Juan Orué aconseja levantar un edificio - la Escuela Nº 1 del Puerto - que responda "a las más exigentes necesidades de su escasa población y concurrencia, economizando así los $ 1.000 moneda corriente mensuales, que por la escuela se pagan de alquiler”. Además D. Orué sugirió el reciclado de materiales que correspondían al asilo.
El 15 de octubre de 1879 se dividió el Partido de Balcarce, creándose a sus expensas el Partido de General Pueyrredon (Mar del Plata), que comprendía su extensión actual más el territorio que hoy forma el Partido de General Alvarado.
Para 1882 el estado del edificio seguía siendo tan deficitario que obliga al alquiler del edificio emplazado en la manzana 65 (Av. Luro y San Luis). Seis años después, la escuela ocupará una sección del primer edificio fiscal (manzana 52), lugar en el cual sigue en pie hasta hoy en día.
En la traza original de la ciudad de Mar del Plata, el Barrio del Oeste (nombre extraoficial usado por los vecinos) era el barrio limitado por las actuales calles Bolívar, Catamarca, Alvarado y Funes.
Es en este barrio donde desde el año 1899 sentó sus reales la escuela Nº 6. La escuela Nº 6, en sus más de cien años de vida, ha cobijado a muchos maestros y maestras que dejaron sus huellas en generaciones y generaciones de niños y niñas marplatenses. Y es en esta escuela donde la maestra, Srta. Edith Juana Viglienzoni, a quien dedicamos esta humilde reseña histórica, ejerció y culminó su carrera docente, digna de todo elogio y reconocimiento.
Esta escuela se inaugura el 17 de abril de 1886 bajo la presidencia de D. César Gascón, en el campo conocido como "La Loma ", propiedad de D. Antonio de la Llosa.
En 1899 se trasladó a la esquina de la Avenida Independencia y Falucho, en la manzana donde hoy se encuentra el Colegio San Vicente. 25 años después se muda al edificio de Almirante Brown esquina La Rioja y en 1949 pasa a su presente locación: Mitre esquina Gascón. Su primera directora fue la Sra. Joaquina Acevedo en el año 1885.
Revolviendo amarillentos papeles observo antiguas fotos. Son casi todas, por no decir todas, fotos de grupos escolares, de niños y niñas, tomadas en las décadas de 1940 y 1950. En una de ellas, tomada en 1950 – “Año del Libertador General San Martín” - me hallo yo. Estoy rodeada de mis compañeras y de “mi” maestra, “nuestra” maestra de 5º grado C.
Tengo buena memoria, muy buena memoria y recuerdo los nombres y apellidos de casi todas las chicas que están sonriendo – como yo - a la cámara fotográfica. De cualquier manera doy vuelta la foto y encuentro allí los nombres de todas mis compañeras, nombres que corroboran los datos que guardaba mi retentiva y añado aquellos que se habían ido de ella. Luego me miro al espejo y me veo como soy hoy, 54 años después, y reconozco en esta imagen de mujer madura, delgada, que esboza una sonrisa a esa niña de 10 años, rolliza, jovial y sonriente. Es que a través de tantos años y de tantas circunstancias vividas durante las sumas y restas de la vida, esta mujer que soy y esa niña que fui conservamos nuestra identidad en una expresión que reconocemos como propia y que nos enorgullece haber nacido con ella y haberla conservado desde la infancia hasta la madurez : nuestra mirada.
Ver es una acción relacionada con los sentidos; mirar es una acción referida a las ideas, la imaginación, los sentimientos y la fe. La vista representa un atributo y una función física; la mirada es casi una confidencia del espíritu. Mientras los ojos ven la mano hace; mientras el alma mira la mente piensa y el corazón siente. De la mirada de esa niña que me sonríe desde la foto se percibe sus sentimientos y su fuerza latente que se irá desarrollando lentamente en todos los más y los menos que la vida le presentará. De la mirada que refleja la imagen que me devuelve el espejo, quizá la presbicia ha triunfado sobre el brillo de la juventud pero la esencia de la mirada se conserva intacta, pura, no se cuela ni suspicaz ni resentida entre las puntillas de los párpados. No hay entrecejo fruncido ni boca con arrugas. La explicación de esta imagen casi tersa del rostro de una señora sesentona no está en el quirófano de ningún cirujano plástico ni en una serie de inyecciones de Botox, sino en el caudal de ternura que recibí de todos mis maestros y maestras de la escuela primaria. Esa ternura es una virtud que las madres hacen sentir a sus hijos. Por eso la idea de que las maestras son nuestras segundas madres. Pero no queda ahí la entrega de esas “segundas madres”. Ellas también me han enseñado a trabajar con mi mente y me han animado con sus ejemplos decididos y rectos a la lucha que me esperaría, la que debería enfrentar sin desmayos, con fe en mí misma y en la sociedad a la que pertenezco. Me hicieron entender que sería una persona de bien cuando pensase, cuando sintiese, cuando creyese y cuando obrase en consecuencia.
Mi maestro de 2º grado: Señor Osiris J. Bozzano
Era el primer día de clase y una expectativa debía haber estado presente en todos mis actos de ese día. Era algo nuevo. No me refiero el asistir a clase sino al pensar que debía compartir un tiempo - yo no sabía calcular muy bien cuanto tiempo eran los nueve meses del ciclo lectivo de aquel año 1947 - con una nueva maestra. Ya no sería nuestra maestra la señorita de Primero, rubia, simpática, algo chiquilina, que se reía tanto con nosotros que casi parecía una compañera más. Además ella tenía a su favor ser la mamá de un compañerito nuestro al que llamábamos Banana y esa situación la hacía aún más compinche de nosotros. Por lo menos así lo sentíamos.
Mi papá y mi mamá me llevaron ese primer día a la Escuela. Había mucha gente y entramos casi a empellones. El patio estaba lleno de papás y mamás; abuelos y abuelas; maestras y maestros. El bullicio era enorme y volver a encontrar a los compañeritos del año anterior me llenaba de gozo. Además retornar a esos sitios conocidos, el patio, la dirección, las puertas que se abrían al patio y que cada una de ellas era la entrada a un aula me dieron una sensación de pertenencia que me hizo muy bien. Los más chicos se aferraban a sus papás y no querían dejarlos por nada del mundo. Al final se hizo un silencio y yo desde mi escasa altura pude ver el mástil y una cinta celeste y blanca que era el anuncio de la llegada del abanderado y sus escoltas. Y luego, el silencio que imponía la autoridad del Director de la Escuela. Un maestro insigne. D. Juan Néstor Guerra. ¡Un lujo de educador y un lujo de persona!
Sr. Guerra dirigiendo unas palabras con motivo de fecha patria. Plaza Mitre. Mar del Plata.
Después de la usual ceremonia de bienvenida los maestros comenzaron a llamar a sus alumnos. Y ahí sentí un aguijón en mi tierno corazoncito. Yo me había ilusionado con ser alumna de la señorita Maria – nunca supe su apellido. Era española, muy dulce y a mí se me hacía que era casi una abuelita.
Siempre iba vestida de oscuro debajo del albo delantal. Su cara era pequeña y sin afeites. Los cabellos recogidos en un rodete. A pesar de su suavidad (¿habrá sido tímida?), de su voz, que era muy tenue y parecía que estaba orando, y de su ausencia de gritos, los chicos siempre le obedecían y el orden imperaba en su aula.
Pero no, no fue así. A mi me tocó el maestro Osiris J. Bozzano! Un maestro.... ¡Dios mío!
Y mi papá se había ¡¡¡ido!!! Traté de amucharme con mis compañeritos y bueno.... quizá esa sería mi primera experiencia a afrontar. Ya e presentaría más tarde mis quejas a mis papás. Segunda desilusión. Cuando comenté en casa, entre sorbo de café con leche y mordisco de pan con manteca con sal, mi situación de alumna del Sr. Bozzano, mis padres se mostraron tan contentos que ni siquiera me atreví a pedirle a mi mamá que me volviera a colar la leche que, mientras yo contaba de mis penurias, se había enfriado y una capa de nata cubría la superficie el amarronado líquido.
Al día siguiente, ya sentada en el primer banco porque era “portadora” de lentes, comencé a buscar en el maestro algunas de las virtudes que mis papás decían adornaban a su persona. Físicamente era alto, morocho, dulce, ahora me doy cuenta que era muy elegante en su vestir, nos hablaba con dulzura. Su voz era lenta y agradable. A lo mejor no era tan terrible ser su alumna! Y no lo fue. En verdad, fue un regalo de la vida tener como maestro de segundo grado a D. Osiris J. Bozzano. Con él aprendí tantas cosas cuando sólo tenía 8 años de edad que ahora, al rememorarlas para dejarlas escritas en este pequeño homenaje a mis maestros de la escuela primaria, me parecen imposibles. Con el Sr. Bozzano aprendí a leer y a entender (desde una versión infantil, por supuesto) el Martín Fierro y a reírme con los consejos del Viejo Vizcacha. Esto que parece arrancado de un cuento de ciencia ficción para los alumnos de los niveles primarios del siglo XXI, fue en mí tan positivo que me acercó a mi papá en cuanto a la lectura y costumbres del ser argentino. Sí, aprendí a sumar, a restar, a escribir, pero también aprendí a amar y sentir mi nacionalidad. Y si este sentimiento se fija en una persona a tan tierna edad, esta persona lo llevará consigo el resto de su vida y le dará el justo valor tanto a su país como a la importancia de pertenecer al mismo. Como dijo Carlos DiFulvio en su monumental obra “La Conquista del Desierto” .... “ uno no puede renegar de las tetas que lo alimentaron”.
Mi maestra de 3º: Sra. De Roediger
Cuando se acercaban las vacaciones del verano 1947/48 ya el calor nos hacía soñar con la playa, los helados Laponia, el Royal Skating y las vueltas en bicicleta en la Plaza Mitre. Qué esfuerzo teníamos que hacer para ponernos a estudiar y hacer los deberes! ¡Pobre maestro de 2º grado! Cómo deber haberse armado de paciencia para animar a los agobiados párvulos que formábamos su brigada estudiantil! Pero en la vida todo llega.... y todo se va. Y así llegaron y se fueron las vacaciones de ese verano un día después de yo festejar mi noveno cumpleaños. Siempre empezaban las clases el 1º de marzo siendo mi cumpleaños ¡el 28 de febrero!
El 1º de marzo de 1948 entré al aula de 3º con más ganas de ir a jugar que ponerme a estudiar. Sentía un poco de tristeza y rabia por tener que estar encerrada entre las paredes del aula aún cuando el sol veraniego seguía reinando en el cielo marplatense. La maestra que nos recibió era alguien quien, sin yo saberlo, me iba a dar felicidad pues me enseñaría a complementar mi gusto por la lectura, descubierto gracias al Sr. Bozzano, con mi facilidad para poner en negro sobre blanco todas las operaciones de mi razón, que no es otra cosa que el pensar. Esta maestra no era muy joven – de acuerdo a lo que una niña de 9 años podía juzgar. A esa temprana edad yo sólo podía atribuir a las personas sus maneras lógicas de ser. Mi mamá era mi mamá, mi maestra era mi maestra y ambas eran señoras y las señoras no eran jóvenes. ¿Se entiende mi lógica infantil? De cualquier manera, yo simpaticé con ella de inmediato y me sentía muy bien en el aula, me gustaba el libro de lectura que teníamos: Girasoles, me gustaba sumar y restar y descubrí que disfrutaba escribiendo. No recuerdo cuándo lo hice pero sí recuerdo que teníamos como deber que escribir una composición sobre... vaya uno a saber después de tanto tiempo y de tantas composiciones hechas cual fue el tema de esa primera. Seguramente no era sobre “La Vaca”. En fin, sólo recuerdo que estuve un rato largo, muy largo mirando los renglones de la hoja del cuaderno sin saber que escribir. Mi mamá no era muy amiga de ayudarme en mis tareas escolares. Decía que su mejor ayuda era no ayudarme. Que con el tiempo me iba a dar cuenta de que ella no era “mala” como yo le decía. No pasaron muchos años antes que yo aceptara que mi mamá tenía mucha razón. No sólo en eso, sino en muchas otras cosas.
Bueno, lo cierto es que después de pensar mucho.... algo escribí. Qué escribí, cuánto escribí.... no lo sé, no lo recuerdo. Pero lo que si recuerdo es que cuando la Señorita nos devolvió los cuadernos con la composición corregida, me llamó al frente y me dijo, delante de mis compañeros, que la composición estaba muy bien escrita y que siguiera escribiendo tan bonito!!! Después de algunas otras composiciones un día me llamó y me dijo que si seguía así con el tiempo me convertiría en una mezcla de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Bueno, este presente mío demuestra que la Sra. De Roediger no era una pitonisa... era sólo una gran maestra! No me convertí en ni en Gabriela de Ibarbouru ni en Juana Mistral, como es obvio, pero su predicción marcó mi futuro: yo era una niña más bien tímida, así que ese elogio no sólo me llenó de gozo sino que abrió en mi alma un deseo de pensar y de volcar todo ese pensamiento sobre el papel. Por supuesto esto que escribo en este momento está acorde a mi edad e intelecto. A los nueve años yo habré escrito a tontas y locas y debí haber redactado horrores pero fue el comienzo de la puesta en movimiento de mi espíritu, la génesis de mi capacidad de idear, la justificación de mi inteligencia. Y así fue como en 2º grado aprendí a leer y en 3º aprendí a escribir , en 5º aprendí a ser generosa, humilde, prolija, agradecida, y en 6º aprendí a juntar todos esos conocimientos para forjar mi personalidad joven sin adolecer durante los años que van del paso de ser niño a joven.
Mi maestra de 4º grado: Señora de Frontini
Era joven de cara sonrosada y muy, muy elegante. A mitad de año se retiró con licencia pues estaba esperando un bebé. Son muy pocos los recuerdos que guardo de ella. Tampoco tengo muy presente a la maestra suplente. Quizá se debió a un problema de locación. Ese año nos mudamos. Dejamos la vieja escuela que estaba sita en la esquina .....de la intersección de las calles Almirante Brown y La Rioja y pasamos a un edificio enorme, muy moderno en las calles Mitre y Gazcón. Esta es precisamente la actual ubicación de la escuela. Quizá eso influyó en mi espíritu y por eso no recuerdo muy bien ese 4º grado. Ya no nos llamaba la campana a los recreos, ahora había un timbre, las aulas eran grandes, el patio enorme, la sala de actos inmensa. En la dirección ya no estaba el Señor Guerra. El viejo maestro se había jubilado, la dirección ya no era ejercida por ese maestro prolijo, severo pero de dulce gestos, a quien sentía casi como un papá. No digo padre que es una palabra que me suena más austera, menos cariñosa. Prefiero decir papá. Al menos ese era mi sentimiento hacia el Señor Guerra.
Teníamos un nuevo director, el Señor Miguel Calabrese.
Era distinto tanto en su físico como en su trato. Era un buen maestro, un hombre honrado quien había sido maestro rural. Tenía las manos gruesas, una calva incipiente. Sus movimientos no eran bruscos. Quizá no tan atildado como el señor Guerra pero siempre era atento, de talante parejo y meticuloso. Con los años me enteré que era poeta. Pero yo era muy niña para darme cuenta que lo esencial, como dijo El Principito, es invisible a los ojos.
Extrañaba al Señor Guerra. Para colmo teníamos “Páginas Argentinas” como libro de lectura. Lo menciono pues ese libro fue escrito por Juan Néstor Guerra. El duende de la escuela se había quedado en la antigua casona y con él mi placer de estar en la escuela. Me gustaba estudiar pero algo ensombrecía mi ánimo, era como una voz interior que me decía que ese mágico estuche que me había acogido durante tres años – desde los 7 a los 9 – ya no abrigaría más mis juegos durante los recreos y quizás las maestras no serían tan dulces como antes. ¿Por qué ese sentimiento? No sé, quizá porque fui inmensamente feliz desde los 7 a los 9 años con mis maestra de 1º, con el Sr. Bozzano de 2º y con la Señora de Roediger, mi maestra de 3º.
Mi maestra de 5º grado: Srta. Edith J. Viglienzoni
Obra en mi poder un documento único. Su valor es incalculable porque es moral, es intrínsico, es humano; porque es una muestra de valor de pensamiento, de conciencia y de conducta; porque existe en su esencia, en su espíritu, en su verdad. Por eso ya no he de hablar del valor de este documento sino de su valer y de la valía de la persona que ha originado el mismo.
Un sabio, un santo, un héroe, UNA MAESTRA tienen valer y tienen valía. El valer es mérito, la valía es reputación. La sociedad nos concede la valía, el Cielo (llamémosle Providencia), nos da el valer.
Cuando valer y valía se juntan en una sola persona aparece en nosotros un sentimiento que sólo podemos definir con la palabra estima. ¿Qué es sentir estima por alguien? Es sentir aprecio, afecto, consideración, agradecimiento por ser como es.
Y esto es lo que siento por la señorita Edith Juana Viglienzoni, mi maestra de 5º grado C en el año 1950 – “Año del Libertador General San Martín”.
Maestra de raza, ser humano querible, admirable. Soberbia en su modestia. Generosa en demasía. Dedicó toda su vida a sus alumnos. Creo que siempre tuvo confianza en ellos. Y ahora cuando cansada del tanto trajinar se ha sentado para descansar y volver la vista atrás y ver la ruta recorrida es que he decidido dedicarle estos humildes renglones como un pequeño reconocimiento al amor y a la educación que recibí de ella cuando era una niña y que me ha formado como persona.
Pero me he ido por las ramas y debo volver al tronco de este trabajo. Decía que obra en mi poder un documento único al que le reconozco su valor. Es el Registro de Instrucciones y Observaciones, Escuela Nº 6, Distrito de General Pueyrredon desde el año 1942 al año 1954, de la Señorita Edith Juana Viglienzoni, modelo de maestra honorable que durante doce años trabajó por y para la educación de los niños marplatenses. De la lectura de este registro encuentro copia de un informe elevado a la Inspección General el 25 de octubre de 1938 por la Inspectora Seccional Sra. Felisa V. Ochoa. Este informe es el primero de una serie de ellos que conforman una foja brillante de servicios que valoran el cumplimiento preciso de su deber de docente durante el transcurso de su carrera.
Hojeando el registro - que tan gentilmente me prestara para este trabajo la Sra. Estela Musolino – sólo encuentro informes avalados por Inspectores Seccionales e instrucciones firmadas por Directores o Vice directores que se suceden los unos a las otras dando fe de toda su labor educadora a lo largo de dos décadas y media de trabajo de una maestra que no ha conocido ni fatigas ni desmayos durante 25 años.
Durante 25 años en que sólo fue maestra de grado. ¿Sólo fue maestra de grado? ¿Hay algo más grande que ser maestra de grado?... Yo no soy maestra de grado pero he sido alumna y por eso hoy, que soy docente daría cualquier cosa por ocupar – como siempre por mi problema visual - el primer banco frente al pizarrón para recibir las clases de todos y cada uno de mis maestros de grado como hace 50 años.
Volviendo al primer informe que aparece en el Registro ya mencionado, de fecha 25 de octubre de 1938, el mismo deja constancia que la Señorita Edith Viglienzoni, cuyo título es Maestra Normal, ocupa el cargo de Maestra por veinticinco años, desde el 28 de julio de 1930 hasta la fecha de su merecida jubilación a finales del ciclo lectivo de 1955. No es mi idea fatigar al lector con la transcripción de este o de algunos de los informes que completan su legajo profesional. Por lo tanto he de destacar lo que considero puede ser valioso para formar el marco del cuadro que he de pintar usando como pinceles mis sentimientos y tomando de la paleta los colores dados por el sentido moral, espiritual e intelectual de mi Señorita Edith.
Así en el informe firmado por la Sra. Felisa V. Ochoa, Inspectora Seccional (28-10-1938), el Concepto sobre la docente Edith Juana Viglienzoni es Sobresaliente y la Apreciación Sintética de la misma es valorada en Diez Puntos. Cuatro años más tarde ya las instrucciones son firmadas por el Señor D. Juan Néstor Guerra, Director de la Escuela Común Nº 6 Bartolomé Mitre del Partido de General Pueyrredon. En 1942 la Srta Edith es maestra de 3º Grado Sección C. Al año siguiente ya es maestra de 5º Grado Sección C. El informe de ese año, firmado por el Inspector Seccional de Escuelas Señor Aníbal G. Busto (21-10-1943) nos presenta la siguiente PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
referente a la Docente Edith Juana Viglienzoni: Grado 5º C.- Turno: de mañana.-
PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
DOCENTE: EDITH JUANA VIGLIENZONI GRADO : 5to C
TURNO: Mañana
Alumnos inscriptos: 33
Inasistencias en un año: 2
Ilustración Profesional: 9
Espiritu Profesional: 10
Habilidad Docente: 10
Trabajos en el aula: 10
Resultado de la enseñanza: 10
Aptitudes directivas: 10
Condiciones Personales: 10
Apreciación Sintáctica: 10
A este informe le siguen – desde 23/05/1944 al 30/05/1948 - 13 notificaciones, doce de ellas firmadas por el Señor Director Juan Néstor Guerra y una con la firma del Vice Director Señor Oubiña.
Todos son elogios para la maestra de grado. Elogios que se refirman en el Informe que el Inspector Jefe de Zona Señor Mario L. Mojer firma con fecha 29 de julio de 1948, donde leemos “....... su experiencia y alto concepto del deber se pone al servicio de la escuela rindiendo en la medida propuesta. Por ello y, felicitándola le asigno el máximo puntaje con que se valora la maestra de sus condiciones: DIEZ PUNTOS (10)”.
Ya, a partir del año 1949, no aparece más la firma de D. Juan Néstor Guerra. El viejo maestro se había jubilado. Las instrucciones eran firmadas por el nuevo Director D. Miguel Calabrese ó por el Vice Director Sr. Oubiña. Es así como a partir del 28 de junio de 1949 cambia la letra en los informes que figuran en el registro. Pero no cambia el contenido de las mismas. Siempre está presente la recurrente palabra: excelente, excelente, excelente.... Concepto que se repite desde junio de 1949 hasta octubre de 1954 en no menos de 16 notificaciones. En ese año, 1954, la Srta. Edith ya no es maestra de 5º grado; ahora sus alumnos son más pequeños, cursan el 1º Superior. En la foto se la ve rodeada de 19 pequeños, todos varoncitos muy elegantes en sus guardapolvos blancos, prolijos en sus cabellos y seriecitos en sus expresiones
Me exime de cualquier acotación a esta nueva situación el informe del 21 de octubre de 1954 firmado por el Director de la Escuela Nº 6, D. Miguel Calabrese, parte del cual transcribo a continuación.
“....La exposición oral del niño, muy por encima del nivel que marca el grado y la edad...” “....Con recursos pedagógicos muy bien utilizados, aprovecha la señorita maestra la actividad natural del niño y su afán de saber. El estado excelente del grado, revelado por el aprovechamiento la hace merecedora de mis felicitaciones y destaco que es nueva en el grado, ya que durante varios años estuvo a cargo de 5º grado, evidenciando siempre sus dotes de maestra excelente.”
Es una buena política bautizar cada aula con el nombre de algunos de nuestros próceres o prohombres de la historia de nuestro país. Nuestra aula, la de 5º C, estaba bajo el patronazgo de “el ilustre educador” D. Domingo Faustino Sarmiento. ¿Coincidencia del destino? Una gran maestra dictaba sus clases en un aula patrocinada por un gran maestro. De ahí que anualmente la Señorita Edith organizaba una fiesta en homenaje al jefe espiritual del grado. Se decía en los pasillos de la escuela que cada año la Señorita Edith se superaba en su organización. Realmente no era – y no lo será nunca – tarea fácil manejar situaciones en las que el protagonista sea ese viejo cascarrabias y colérico aunque lúcido e inteligente que era Domingo Faustino Sarmiento. Pero ella siempre encontraba motivos para ensalzar – y con justicia – su figura: reconocer que hoy tenemos instrucción y que muchos de nosotros hemos ido a una escuela pública; que en 1880 – 120 años antes de la Web - Argentina era uno de los países con una de las más extensas redes telegráficas del mundo que comunicaba a la Capital del país con los parajes más lejanos a ella; que el progreso era una obsesión para él, etc. etc.
No es de extrañar los elogios con los que la dirección de la escuela premiaba a la maestra y a sus alumnos. Transcribo un fragmento de una de las tantas notificaciones de la dirección: “Es evidente y digno del más cálido elogio el esfuerzo y la preocupación constante de la Srta. Edith Viglienzoni, cuyas condiciones docentes he visto confirmadas una vez más. Esta sencilla pero emotiva fiesta habla con elocuencia de sus afanes y consagración a la enseñanza, siéndome altamente grato felicitarla así como a todas sus alumnas”. Fdo. Juan Néstor Guerra
También es lindo recordar los Concursos de Lectura que ella organizaba, las tareas dedicadas a la correspondencia inter-escolar, la formación de una biblioteca del aula, actividades estéticas, los festejos ante cada fecha trascendental para nuestra patria, etc., etc.
Y luego, después de varios años dedicados a la actividad docente la Señorita Edith se acogió a los beneficios de la jubilación. Esta le fue otorgada en el año 1955. Estaba en la plenitud de su vida y de su intelecto. Pero la ley es la ley y ya los niños no tendrían la suerte de ser guiados por esta maestra tan maestra. La comunidad educativa lamentaría su retiro.
Mi maestro de 6º grado: Señor Emiliano Martínez
Ya estábamos en 6º. Ya éramos los más grandes de la escuela. Yo ya era señorita. En el año 1951 aún las “señoritas” jugaban con muñecas! Las cosas no eran iguales por que nosotros no éramos los mismos. Y esta vez fue otro maestro, el Señor Emiliano Martínez. Qué decir del Señor Martínez sino elogios, sólo elogios. En una edad que comenzaba a ser difícil supo abrir e iluminar mi inteligencia adolescente. En lo personal educó mi intelecto y lo preparó para el salto que en meses debía producirse: de la escuela primaria al colegio secundario. Él me preparó para rendir mi examen de ingreso al Colegio Nacional Mariano Moreno - otra página imborrable en mis recuerdos de estudiante. Con orgullo digo que obtuve el tercer puesto en la grilla de ingreso. Eso hoy no significa nada para los jóvenes del siglo XXI, pero si para mí que soy una joven del siglo XX. Espero que algún lector comparta este sentimiento.
Recuerdo que el Sr. Martínez y yo trabajamos sobre la Guía del Ingreso de los Profesores Braña de Iacobbucci y Guillermo Iacobucci. Este manual aún obra en mi poder. Releerlo deja un sabor agridulce en mi paladar. ¡Cuanto conocimiento!, ¡Cuanto se valoraba la capacidad intelectual de los adolescentes de aquella época! Éramos capaces si... pero también teníamos docentes que de alguna manera fueron nuestros mentores intelectuales que supieron sacar lo mejor de nosotros. Pero lamentablemente, estos trabajadores del intelecto siempre han sido mal recompensados pues los gobernantes nunca entendieron – y parece no entienden ni entenderán – que el trabajo de un solo maestro en una sola escuelita del paraje más remoto de nuestro país es preparar para la Argentina una generación mejor para el futuro.
Otros maestros
Una palabra para el Señor Oubiña, el Vice Director. Siempre erguido, siempre serio. Su cara estaba siempre tranquila. Su presencia imponía respeto. Cuando él entraba al aula o pasaba entre las filas, dejábamos de hablar o de movernos. Era una autoridad pero no era autoritario. Serio pero no severo. Muy culto, era un docente en cuerpo y alma. Lo encontré ya muy anciano, cuando la vida le había quitado a su esposa y tenía a un perrito como compañero. Pasaba los meses de invierno en la Capital Federal y los veranos en nuestra ciudad. A pesar de los años su cara mantenía sus rasgos viriles, sus ojos brillaban y su memoria estaba intacta. Cuando estaba en Mar del Plata, pasaba con su perrito por el frente de mi casa. Después de un tiempo no lo vi más. Así es la vida.
Colofón
Como colofón de este humilde trabajo, hecho con más amor que oficio, me he permitido transcribir una sentida poesía escrita por el maestro Señor D. Miguel Calabrese, Director a la sazón de la Escuela Nº 6 “General Bartolomé Mitre” en ocasión del retiro de la Srta. Edith Viglienzoni, en reconocimiento de la labor realizada por ella y como afectuosa despedida, con fecha 10/09/1955.
Antes de cerrar este trabajo deseo concluirlo con las palabras escritas y leídas por ese maestro rural con alma de poeta que fue el señor Miguel Calabrese, director de la Escuela Nº6 “Bartolomé Mitre”, en ocasión del almuerzo ofrecido por la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires, el “Día del Maestro” celebrado el 11 de setiembre de 1970:
En fin, esto no es un panfleto ni político ni gremial. Es sólo un pequeño homenaje a mi señorita de 5º grado, a mis maestros de la Escuela Primaria Nº6, y a todos los docentes. Pienso que hay que quererlos mucho, valorarlos aun cuando nos hayan parecido injustos, ayudarlos en sus tareas estudiando y cumpliendo con nuestros deberes, esforzándonos por ser cada día un poco mejor y tratar de ser parte de una generación de argentinos que lleve a nuestro país a la posición de privilegio que tuvo y que nunca debió perderse.
La señorita Edith ya no está con nosotros. Fue un regalo del destino tenerla hasta sus 95 años – nació el 2 de febrero de 1911 – lúcida y de muy buen humor.
La Señorita Edith
La primera en llegar y la última en irse
Prólogo
La historia es una materia que esta absolutamente relacionada con hombres y nombres que han marcado épocas y lugares y han guiado generación tras generación, convirtiéndose ellos mismos en ejemplos a seguir. Sería una absoluta falta de respeto rayana en la más absoluta ignorancia hablar de la historia de Italia sin señalar a Garibaldi, el padre de la independencia de la “Bota Europea”, de Inglaterra sin mencionar a Enrique VII, padre del obeso Enrique VIII y vencedor del jorobado Ricardo III o de hablar de nuestra propia historia sin invitar a Don José de San Martín ó a Don Manuel Belgrano. Ya desde nuestra escuela primaria, la “máximas Sanmartinianas” nos son enseñadas como camino de lo correcto.
Y son precisamente estás máximas las que me ubican justamente en el camino de este prólogo. El lugar donde año tras año y generación tras generación son presentadas, explicadas y repasadas una y otra vez se da en las aulas de los colegios, ya privados, ya estatales. Las personas encargadas de llevar a cabo tan importante trabajo son justamente las docentes; si las docentes, pero permítame llamarlas como lo hice durante siete años de mi vida: “las señoritas”. A nadie le importaba si sus estados maritales les daban este status de señoritas o si eran señoras. A ningún alumno le interesaba los apellidos, ellas eran solamente “la señorita Mercedes, la señorita Edith, o....... no por favor estimado lector, complételo como su corazón mejor se lo dicte, yo se lo dejo como LA SEÑORITA........... .
Ud. me dirá con justa razón que tienen que ver Garibaldi o San Martín con las maestras. Tienen mucho que ver. Permítame usar como ejemplo a dos de nuestros patriotas y luego extiéndalo a cualquier persona y a cualquier fecha que Ud. desee. Si bien el general Don José de San Martín libertó a la Argentina, Chile y Perú y el doctor Manuel Belgrano creó la bandera patria (concédame el permiso de usar estas licencias escolares para poder presentarle mi punto de vista), ha sido el trabajo educador de las “señoritas” las que nos acercó a esas hazañas y moldeó nuestra identidad Argentina. Esta lección educadora siempre se ha dado tanto en forma directa como indirecta; ya que estas “patriotas” nos instruyeron en las aulas como su tarea principal y plantaron en nosotros esa semilla de la curiosidad de proseguir nuestros estudios. Esas maestras, esas “señoritas” también llegaron a nosotros a través de nuestras familias, pues esa fundamental “raza” de orgulloso blanco delantal también instruyó a nuestros padres, a nuestros abuelos. Este compartir de conocimiento se dio aquí, en la Argentina, como en mucho otros países del mundo, ya que siendo el nuestro un país de “inmigrantes”, muchos de ellos – niños o adolescentes – vinieron con una instrucción recibida en sus países de origen por las “señoritas” italianas, españolas, polacas, etc., etc. Las docentes no tienen nacionalidad, tienen corazón y vocación.
Ve ahora, mi amigo, como las “señoritas” que siempre han recibido niños y niñas de las más diversas familias, y les han devuelto jóvenes preparados para seguir su educación en el secundario y completarla en la universidad, donde un objetivo de profesionalidad marca, no el fin sino el objetivo primordial de ese largo viaje que nos lleva a ser personas honorables y profesionales respetables, son tan importantes como los héroes nacionales. La labor de estas docentes marca la historia de un país, muestra el presente del mismo, genera las semillas de un futuro que todavía no ha nacido y se proyecta mucho más pues multiplica ese conocimiento por millones.
Se dice que como muestra basta un botón, y mi caso puede ser el ejemplo que multiplicado por miles da una idea cabal del real valor de las docentes. En mi caso, fue la guía de muchas de mis maestras en la escuela primaria “Instituto General Pueyrredon”, en especial mi maestra de primer grado, la señorita Mercedes, quién fue la que dejó en mí la más profunda huella. Su labor fue complementada por los y las docentes que me tuvieron por alumno en la hoy ex Escuela Nacional de Educación Técnica Nº1 Domingo F.Sarmiento. Todo este peregrinaje por los recovecos del conocimiento tendría su Meca en el Título de Profesor de Inglés que obtuve en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Por supuesto, esta peregrinación nunca hubiese sido posible sin tener como guía a mis padres, quienes fueron los portadores de ese conocimiento adquirido de otros docentes y quienes, reflejando todo el entusiasmo de maestros a quienes no tuve el gusto de conocer por distancia, tiempo ó circunstancias de la vida, me inculcaron el gusto por el aprendizaje, el amor por los libros, una insaciable curiosidad por la investigación y el agrado por volcar mis conocimientos en noveles educandos. Es por todo esto que el ciclo ha sido completado colocándome, tal vez, en la misma posición a quienes este trabajo rinde su homenaje, frente a alumnos de diversas edades transmitiéndoles todo eso que he recibido.
Como verá, mi amigo, los y las docentes son verdaderos héroes nacionales. Su alcance e influencia es absolutamente ilimitado, y la libertad intelectual que nos ayudan a declarar nos hacen libres e independientes, sin importar las condiciones sociales en que nos podamos encontrar. Por eso, si en algún momento Ud. y estas líneas se cruzan, por favor cierre los ojos y recuerde con todo cariño a todos esos maestros, dentro y fuera del aula, que hicieron que seamos un poco mejores para nosotros, para nuestras familias y para toda la sociedad en general. Voy a resumir en este homenaje parafraseando a Don Carlos Di Fulvio en su Canto Monumento cuando el dice “Este trabajo quiere elevar un monumento de gratitud”… a la maestra Edith Viglienzone, en nombre de todos los docentes, a quién tuve y tengo la fortuna de conocer ya nonagenaria, de blancos cabellos y dificultad en sus movimientos, pero con una lucidez y memoria cristalina sobre aquellos tiempos donde orgullosa posaba juntos a sus alumnos en fotos en blanco y negro. En una de ellas, entre esas alumnas se encuentra mi madre, quién mantuvo una relación personal y epistolar con la señorita Viglienzone por más de medio siglo. Por todo esto, para la señorita Viglienzone, maestra 5to. grado de Sara Garfinkel, para la señorita Mercedes, maestra de 1er. grado de Edgardo Samuel Berg y para todas las maestras, quiero finalizar este prólogo diciéndoles como lo hacia en la primaria
¡PRESENTE SEÑORITA!.
Edgardo Samuel Berg
Mar del Plata, 2005
Breve reseña histórica del comienzo de la comunidad educativa en nuestra zona.
En 1860 el Gob. Gral Bartolomé Mitre y su ministro de gobierno D. Domingo Faustino Sarmiento dictaron el decreto por el cuál se creaba una escuela en el vasto. partido de MAR CHIQUITA.
Se desconocen las causas que impidieron la creación de la mencionada escuela.
El 18 de julio de 1865, el vasto partido de Mar Chiquita fue dividido en dos secciones, creándose el Partido de Balcarce el cual comprendía el actual territorio de Gral. Pueyrredon.
En aquella época, el único centro de población en todo el Partido de Balcarce, era el Puerto de la Laguna de los Padres, hoy Mar del Plata.
Cuatro años después (1869) el Sr. Juez de Paz y Presidente de la Municipalidad, D. Florisbelo Acosta, presentó el plano del que debía ser el primer centro educacional del partido de Balcarce. Esta escuela seria conocida como Asilo Rural San José. El 30 de octubre de 1870 se aceptó una propuesta de D. Patricio Peralta Ramos, quien donaba al municipio un área de terreno para la escuela proyectada. Ésta se ubicaría en la mitad de la manzana 46 situada entre las actuales calles Hipólito Irigoyen, 3 de Febrero , Mitre y 11 de Septiembre. La piedra fundamental del asilo fue colocada el día 27 de diciembre de 1870. La tradición conservó este detalle: donde fue instalado el edificio que alojaría al Asilo Rural San José, habla sido anteriormente el chiquero durante los tiempos del Saladero de Coelho de Meyrelles.
El asilo rural se terminó de construir el 16 de julio de 1871 y el 21 de abril de 1872 se aprobó oficialmente la admisión de los alumnos a dicha institución escolar.
El reglamento de la Escuela Gratuita de Varones denominada “Asilo Rural San José” consta de 8 puntos. No es nuestro deseo citar textualmente los mismos, pero consideramos que sería de interés señalar algunas especificaciones tales como la edad mínima de admisión de los futuros alumnos: “Serán admitidos en el establecimiento para la debida instrucción, todos los niños varones del partido de Balcarce, desde la edad de siete años cumplidos.” Teniendo en cuenta las largas distancias a recorrer por los alumnos, éstos “serán internos y para su admisión en el establecimiento, el Municipal de Instrucción Pública extenderá el correspondiente certificado”. Luego se establecía que los gastos para el sostenimiento de la escuela serían costeados por la Municipalidad del Partido de Balcarce, aunque “con el sólo objeto de contribuir en parte y por ahora al pago de los gastos de alimentación que el establecimiento debe proporcionar, las personas que tengan educando sus niños en él, pagarán una mensualidad de ochenta pesos moneda corriente”.... si bien “ Se exceptúan de esa mensualidad, los huérfanos y menores, que existen bajo tutela o adopción de cualquier persona del partido”. Y como cumpliendo con la idea de Domingo Faustino Sarmiento de universalizar la educación en nuestro país, el artículo 7º del reglamento en cuestión rezaba: “Los niños de familias de partidos vecinos, donde carezcan de escuelas serán admitidos en el establecimiento bajo las mismas condiciones que los de este vecindario”.
Un año después de la inauguración de la escuela, el presidente de la municipalidad, D. Pedro Bouchez comenta: "que siendo insuficiente la punta de ovejas donadas por el vecindario para el sostenimiento de los niños y personal de la escuela “Asilo Rural San José' , pide se considere la necesidad que existe en comprar de rentas municipales, más, hasta obtener el número que se considere para que de capones en suplir las necesidades del consumo de dicha escuela. Que dado el mal estado en que se encuentra el edificio, propone practicarle las reparaciones necesarias". Las refacciones se debían a que el techo del establecimiento era demasiado pesado para las paredes construidas con mezcla de barro.
El día 2 de febrero de 1874 (8 días antes de la fundación oficial de Mar del Plata) D. Andrés Mac Gaul y D. Jacinto Peralta Ratnos, junto con D. Florisbelo Acosta y D. Benjamín Cueto formaron la comisión inicial que tomó el primer examen en el actual territorio de la ciudad de Mar del Plata, el que había tenido un brillante resultado.
El 10 de febrero de 1874 se funda el pueblo de Mar del Plata en el lugar que existía la población conocida por el Puerto de la Laguna de los Padres.
La condición estructural del edificio, reflejada por un informe llevado a cabo por "maestros albañiles", no ofrecía "las precisas seguridades para resistir los efectos de la lluvia y vientos del invierno". Por lo tanto se alquiló a un costo de $ 1.000 mensuales la casa de D. Jacinto Peralta Ramos para ser usada como colegio y asilo.
Después de la fundación de Mar del Plata, se le encarga al agrimensor Carlos Chapeaurouge que trace el pueblo. Chapeaurouge toma la iglesia de Santa Cecilia como referente y comienza la traza de Mar del Plata. Esto obliga a la reedificación del asilo, que había quedado completamente fuera de la línea de calle. No sólo el Asilo Rural San José debe ser reedificado sino que en el año 1875 la Ley de Educación Común dispone el cambio de su denominación por la de Escuela Común Nº 1 de Varones. La escuela sigue amenazada por problemas tanto internos como externos, es así que una sequía que asoló la región obligó a un éxodo familiar lo que produjo una escasa inscripción de alumnos Fue por eso que la escuela casi es clausurado en 1876.
Después de la constitución del Consejo Escolar del Distrito de Balcarce en el año 1878, el inspector D. Juan Orué aconseja levantar un edificio - la Escuela Nº 1 del Puerto - que responda "a las más exigentes necesidades de su escasa población y concurrencia, economizando así los $ 1.000 moneda corriente mensuales, que por la escuela se pagan de alquiler”. Además D. Orué sugirió el reciclado de materiales que correspondían al asilo.
El 15 de octubre de 1879 se dividió el Partido de Balcarce, creándose a sus expensas el Partido de General Pueyrredon (Mar del Plata), que comprendía su extensión actual más el territorio que hoy forma el Partido de General Alvarado.
Para 1882 el estado del edificio seguía siendo tan deficitario que obliga al alquiler del edificio emplazado en la manzana 65 (Av. Luro y San Luis). Seis años después, la escuela ocupará una sección del primer edificio fiscal (manzana 52), lugar en el cual sigue en pie hasta hoy en día.
En la traza original de la ciudad de Mar del Plata, el Barrio del Oeste (nombre extraoficial usado por los vecinos) era el barrio limitado por las actuales calles Bolívar, Catamarca, Alvarado y Funes.
Es en este barrio donde desde el año 1899 sentó sus reales la escuela Nº 6. La escuela Nº 6, en sus más de cien años de vida, ha cobijado a muchos maestros y maestras que dejaron sus huellas en generaciones y generaciones de niños y niñas marplatenses. Y es en esta escuela donde la maestra, Srta. Edith Juana Viglienzoni, a quien dedicamos esta humilde reseña histórica, ejerció y culminó su carrera docente, digna de todo elogio y reconocimiento.
Esta escuela se inaugura el 17 de abril de 1886 bajo la presidencia de D. César Gascón, en el campo conocido como "La Loma ", propiedad de D. Antonio de la Llosa.
En 1899 se trasladó a la esquina de la Avenida Independencia y Falucho, en la manzana donde hoy se encuentra el Colegio San Vicente. 25 años después se muda al edificio de Almirante Brown esquina La Rioja y en 1949 pasa a su presente locación: Mitre esquina Gascón. Su primera directora fue la Sra. Joaquina Acevedo en el año 1885.
Revolviendo amarillentos papeles observo antiguas fotos. Son casi todas, por no decir todas, fotos de grupos escolares, de niños y niñas, tomadas en las décadas de 1940 y 1950. En una de ellas, tomada en 1950 – “Año del Libertador General San Martín” - me hallo yo. Estoy rodeada de mis compañeras y de “mi” maestra, “nuestra” maestra de 5º grado C.
Tengo buena memoria, muy buena memoria y recuerdo los nombres y apellidos de casi todas las chicas que están sonriendo – como yo - a la cámara fotográfica. De cualquier manera doy vuelta la foto y encuentro allí los nombres de todas mis compañeras, nombres que corroboran los datos que guardaba mi retentiva y añado aquellos que se habían ido de ella. Luego me miro al espejo y me veo como soy hoy, 54 años después, y reconozco en esta imagen de mujer madura, delgada, que esboza una sonrisa a esa niña de 10 años, rolliza, jovial y sonriente. Es que a través de tantos años y de tantas circunstancias vividas durante las sumas y restas de la vida, esta mujer que soy y esa niña que fui conservamos nuestra identidad en una expresión que reconocemos como propia y que nos enorgullece haber nacido con ella y haberla conservado desde la infancia hasta la madurez : nuestra mirada.
Ver es una acción relacionada con los sentidos; mirar es una acción referida a las ideas, la imaginación, los sentimientos y la fe. La vista representa un atributo y una función física; la mirada es casi una confidencia del espíritu. Mientras los ojos ven la mano hace; mientras el alma mira la mente piensa y el corazón siente. De la mirada de esa niña que me sonríe desde la foto se percibe sus sentimientos y su fuerza latente que se irá desarrollando lentamente en todos los más y los menos que la vida le presentará. De la mirada que refleja la imagen que me devuelve el espejo, quizá la presbicia ha triunfado sobre el brillo de la juventud pero la esencia de la mirada se conserva intacta, pura, no se cuela ni suspicaz ni resentida entre las puntillas de los párpados. No hay entrecejo fruncido ni boca con arrugas. La explicación de esta imagen casi tersa del rostro de una señora sesentona no está en el quirófano de ningún cirujano plástico ni en una serie de inyecciones de Botox, sino en el caudal de ternura que recibí de todos mis maestros y maestras de la escuela primaria. Esa ternura es una virtud que las madres hacen sentir a sus hijos. Por eso la idea de que las maestras son nuestras segundas madres. Pero no queda ahí la entrega de esas “segundas madres”. Ellas también me han enseñado a trabajar con mi mente y me han animado con sus ejemplos decididos y rectos a la lucha que me esperaría, la que debería enfrentar sin desmayos, con fe en mí misma y en la sociedad a la que pertenezco. Me hicieron entender que sería una persona de bien cuando pensase, cuando sintiese, cuando creyese y cuando obrase en consecuencia.
Mi maestro de 2º grado: Señor Osiris J. Bozzano
Era el primer día de clase y una expectativa debía haber estado presente en todos mis actos de ese día. Era algo nuevo. No me refiero el asistir a clase sino al pensar que debía compartir un tiempo - yo no sabía calcular muy bien cuanto tiempo eran los nueve meses del ciclo lectivo de aquel año 1947 - con una nueva maestra. Ya no sería nuestra maestra la señorita de Primero, rubia, simpática, algo chiquilina, que se reía tanto con nosotros que casi parecía una compañera más. Además ella tenía a su favor ser la mamá de un compañerito nuestro al que llamábamos Banana y esa situación la hacía aún más compinche de nosotros. Por lo menos así lo sentíamos.
Mi papá y mi mamá me llevaron ese primer día a la Escuela. Había mucha gente y entramos casi a empellones. El patio estaba lleno de papás y mamás; abuelos y abuelas; maestras y maestros. El bullicio era enorme y volver a encontrar a los compañeritos del año anterior me llenaba de gozo. Además retornar a esos sitios conocidos, el patio, la dirección, las puertas que se abrían al patio y que cada una de ellas era la entrada a un aula me dieron una sensación de pertenencia que me hizo muy bien. Los más chicos se aferraban a sus papás y no querían dejarlos por nada del mundo. Al final se hizo un silencio y yo desde mi escasa altura pude ver el mástil y una cinta celeste y blanca que era el anuncio de la llegada del abanderado y sus escoltas. Y luego, el silencio que imponía la autoridad del Director de la Escuela. Un maestro insigne. D. Juan Néstor Guerra. ¡Un lujo de educador y un lujo de persona!
Sr. Guerra dirigiendo unas palabras con motivo de fecha patria. Plaza Mitre. Mar del Plata.
Después de la usual ceremonia de bienvenida los maestros comenzaron a llamar a sus alumnos. Y ahí sentí un aguijón en mi tierno corazoncito. Yo me había ilusionado con ser alumna de la señorita Maria – nunca supe su apellido. Era española, muy dulce y a mí se me hacía que era casi una abuelita.
Siempre iba vestida de oscuro debajo del albo delantal. Su cara era pequeña y sin afeites. Los cabellos recogidos en un rodete. A pesar de su suavidad (¿habrá sido tímida?), de su voz, que era muy tenue y parecía que estaba orando, y de su ausencia de gritos, los chicos siempre le obedecían y el orden imperaba en su aula.
Pero no, no fue así. A mi me tocó el maestro Osiris J. Bozzano! Un maestro.... ¡Dios mío!
Y mi papá se había ¡¡¡ido!!! Traté de amucharme con mis compañeritos y bueno.... quizá esa sería mi primera experiencia a afrontar. Ya e presentaría más tarde mis quejas a mis papás. Segunda desilusión. Cuando comenté en casa, entre sorbo de café con leche y mordisco de pan con manteca con sal, mi situación de alumna del Sr. Bozzano, mis padres se mostraron tan contentos que ni siquiera me atreví a pedirle a mi mamá que me volviera a colar la leche que, mientras yo contaba de mis penurias, se había enfriado y una capa de nata cubría la superficie el amarronado líquido.
Al día siguiente, ya sentada en el primer banco porque era “portadora” de lentes, comencé a buscar en el maestro algunas de las virtudes que mis papás decían adornaban a su persona. Físicamente era alto, morocho, dulce, ahora me doy cuenta que era muy elegante en su vestir, nos hablaba con dulzura. Su voz era lenta y agradable. A lo mejor no era tan terrible ser su alumna! Y no lo fue. En verdad, fue un regalo de la vida tener como maestro de segundo grado a D. Osiris J. Bozzano. Con él aprendí tantas cosas cuando sólo tenía 8 años de edad que ahora, al rememorarlas para dejarlas escritas en este pequeño homenaje a mis maestros de la escuela primaria, me parecen imposibles. Con el Sr. Bozzano aprendí a leer y a entender (desde una versión infantil, por supuesto) el Martín Fierro y a reírme con los consejos del Viejo Vizcacha. Esto que parece arrancado de un cuento de ciencia ficción para los alumnos de los niveles primarios del siglo XXI, fue en mí tan positivo que me acercó a mi papá en cuanto a la lectura y costumbres del ser argentino. Sí, aprendí a sumar, a restar, a escribir, pero también aprendí a amar y sentir mi nacionalidad. Y si este sentimiento se fija en una persona a tan tierna edad, esta persona lo llevará consigo el resto de su vida y le dará el justo valor tanto a su país como a la importancia de pertenecer al mismo. Como dijo Carlos DiFulvio en su monumental obra “La Conquista del Desierto” .... “ uno no puede renegar de las tetas que lo alimentaron”.
Mi maestra de 3º: Sra. De Roediger
Cuando se acercaban las vacaciones del verano 1947/48 ya el calor nos hacía soñar con la playa, los helados Laponia, el Royal Skating y las vueltas en bicicleta en la Plaza Mitre. Qué esfuerzo teníamos que hacer para ponernos a estudiar y hacer los deberes! ¡Pobre maestro de 2º grado! Cómo deber haberse armado de paciencia para animar a los agobiados párvulos que formábamos su brigada estudiantil! Pero en la vida todo llega.... y todo se va. Y así llegaron y se fueron las vacaciones de ese verano un día después de yo festejar mi noveno cumpleaños. Siempre empezaban las clases el 1º de marzo siendo mi cumpleaños ¡el 28 de febrero!
El 1º de marzo de 1948 entré al aula de 3º con más ganas de ir a jugar que ponerme a estudiar. Sentía un poco de tristeza y rabia por tener que estar encerrada entre las paredes del aula aún cuando el sol veraniego seguía reinando en el cielo marplatense. La maestra que nos recibió era alguien quien, sin yo saberlo, me iba a dar felicidad pues me enseñaría a complementar mi gusto por la lectura, descubierto gracias al Sr. Bozzano, con mi facilidad para poner en negro sobre blanco todas las operaciones de mi razón, que no es otra cosa que el pensar. Esta maestra no era muy joven – de acuerdo a lo que una niña de 9 años podía juzgar. A esa temprana edad yo sólo podía atribuir a las personas sus maneras lógicas de ser. Mi mamá era mi mamá, mi maestra era mi maestra y ambas eran señoras y las señoras no eran jóvenes. ¿Se entiende mi lógica infantil? De cualquier manera, yo simpaticé con ella de inmediato y me sentía muy bien en el aula, me gustaba el libro de lectura que teníamos: Girasoles, me gustaba sumar y restar y descubrí que disfrutaba escribiendo. No recuerdo cuándo lo hice pero sí recuerdo que teníamos como deber que escribir una composición sobre... vaya uno a saber después de tanto tiempo y de tantas composiciones hechas cual fue el tema de esa primera. Seguramente no era sobre “La Vaca”. En fin, sólo recuerdo que estuve un rato largo, muy largo mirando los renglones de la hoja del cuaderno sin saber que escribir. Mi mamá no era muy amiga de ayudarme en mis tareas escolares. Decía que su mejor ayuda era no ayudarme. Que con el tiempo me iba a dar cuenta de que ella no era “mala” como yo le decía. No pasaron muchos años antes que yo aceptara que mi mamá tenía mucha razón. No sólo en eso, sino en muchas otras cosas.
Bueno, lo cierto es que después de pensar mucho.... algo escribí. Qué escribí, cuánto escribí.... no lo sé, no lo recuerdo. Pero lo que si recuerdo es que cuando la Señorita nos devolvió los cuadernos con la composición corregida, me llamó al frente y me dijo, delante de mis compañeros, que la composición estaba muy bien escrita y que siguiera escribiendo tan bonito!!! Después de algunas otras composiciones un día me llamó y me dijo que si seguía así con el tiempo me convertiría en una mezcla de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Bueno, este presente mío demuestra que la Sra. De Roediger no era una pitonisa... era sólo una gran maestra! No me convertí en ni en Gabriela de Ibarbouru ni en Juana Mistral, como es obvio, pero su predicción marcó mi futuro: yo era una niña más bien tímida, así que ese elogio no sólo me llenó de gozo sino que abrió en mi alma un deseo de pensar y de volcar todo ese pensamiento sobre el papel. Por supuesto esto que escribo en este momento está acorde a mi edad e intelecto. A los nueve años yo habré escrito a tontas y locas y debí haber redactado horrores pero fue el comienzo de la puesta en movimiento de mi espíritu, la génesis de mi capacidad de idear, la justificación de mi inteligencia. Y así fue como en 2º grado aprendí a leer y en 3º aprendí a escribir , en 5º aprendí a ser generosa, humilde, prolija, agradecida, y en 6º aprendí a juntar todos esos conocimientos para forjar mi personalidad joven sin adolecer durante los años que van del paso de ser niño a joven.
Mi maestra de 4º grado: Señora de Frontini
Era joven de cara sonrosada y muy, muy elegante. A mitad de año se retiró con licencia pues estaba esperando un bebé. Son muy pocos los recuerdos que guardo de ella. Tampoco tengo muy presente a la maestra suplente. Quizá se debió a un problema de locación. Ese año nos mudamos. Dejamos la vieja escuela que estaba sita en la esquina .....de la intersección de las calles Almirante Brown y La Rioja y pasamos a un edificio enorme, muy moderno en las calles Mitre y Gazcón. Esta es precisamente la actual ubicación de la escuela. Quizá eso influyó en mi espíritu y por eso no recuerdo muy bien ese 4º grado. Ya no nos llamaba la campana a los recreos, ahora había un timbre, las aulas eran grandes, el patio enorme, la sala de actos inmensa. En la dirección ya no estaba el Señor Guerra. El viejo maestro se había jubilado, la dirección ya no era ejercida por ese maestro prolijo, severo pero de dulce gestos, a quien sentía casi como un papá. No digo padre que es una palabra que me suena más austera, menos cariñosa. Prefiero decir papá. Al menos ese era mi sentimiento hacia el Señor Guerra.
Teníamos un nuevo director, el Señor Miguel Calabrese.
Era distinto tanto en su físico como en su trato. Era un buen maestro, un hombre honrado quien había sido maestro rural. Tenía las manos gruesas, una calva incipiente. Sus movimientos no eran bruscos. Quizá no tan atildado como el señor Guerra pero siempre era atento, de talante parejo y meticuloso. Con los años me enteré que era poeta. Pero yo era muy niña para darme cuenta que lo esencial, como dijo El Principito, es invisible a los ojos.
Extrañaba al Señor Guerra. Para colmo teníamos “Páginas Argentinas” como libro de lectura. Lo menciono pues ese libro fue escrito por Juan Néstor Guerra. El duende de la escuela se había quedado en la antigua casona y con él mi placer de estar en la escuela. Me gustaba estudiar pero algo ensombrecía mi ánimo, era como una voz interior que me decía que ese mágico estuche que me había acogido durante tres años – desde los 7 a los 9 – ya no abrigaría más mis juegos durante los recreos y quizás las maestras no serían tan dulces como antes. ¿Por qué ese sentimiento? No sé, quizá porque fui inmensamente feliz desde los 7 a los 9 años con mis maestra de 1º, con el Sr. Bozzano de 2º y con la Señora de Roediger, mi maestra de 3º.
Mi maestra de 5º grado: Srta. Edith J. Viglienzoni
Obra en mi poder un documento único. Su valor es incalculable porque es moral, es intrínsico, es humano; porque es una muestra de valor de pensamiento, de conciencia y de conducta; porque existe en su esencia, en su espíritu, en su verdad. Por eso ya no he de hablar del valor de este documento sino de su valer y de la valía de la persona que ha originado el mismo.
Un sabio, un santo, un héroe, UNA MAESTRA tienen valer y tienen valía. El valer es mérito, la valía es reputación. La sociedad nos concede la valía, el Cielo (llamémosle Providencia), nos da el valer.
Cuando valer y valía se juntan en una sola persona aparece en nosotros un sentimiento que sólo podemos definir con la palabra estima. ¿Qué es sentir estima por alguien? Es sentir aprecio, afecto, consideración, agradecimiento por ser como es.
Y esto es lo que siento por la señorita Edith Juana Viglienzoni, mi maestra de 5º grado C en el año 1950 – “Año del Libertador General San Martín”.
Maestra de raza, ser humano querible, admirable. Soberbia en su modestia. Generosa en demasía. Dedicó toda su vida a sus alumnos. Creo que siempre tuvo confianza en ellos. Y ahora cuando cansada del tanto trajinar se ha sentado para descansar y volver la vista atrás y ver la ruta recorrida es que he decidido dedicarle estos humildes renglones como un pequeño reconocimiento al amor y a la educación que recibí de ella cuando era una niña y que me ha formado como persona.
Pero me he ido por las ramas y debo volver al tronco de este trabajo. Decía que obra en mi poder un documento único al que le reconozco su valor. Es el Registro de Instrucciones y Observaciones, Escuela Nº 6, Distrito de General Pueyrredon desde el año 1942 al año 1954, de la Señorita Edith Juana Viglienzoni, modelo de maestra honorable que durante doce años trabajó por y para la educación de los niños marplatenses. De la lectura de este registro encuentro copia de un informe elevado a la Inspección General el 25 de octubre de 1938 por la Inspectora Seccional Sra. Felisa V. Ochoa. Este informe es el primero de una serie de ellos que conforman una foja brillante de servicios que valoran el cumplimiento preciso de su deber de docente durante el transcurso de su carrera.
Hojeando el registro - que tan gentilmente me prestara para este trabajo la Sra. Estela Musolino – sólo encuentro informes avalados por Inspectores Seccionales e instrucciones firmadas por Directores o Vice directores que se suceden los unos a las otras dando fe de toda su labor educadora a lo largo de dos décadas y media de trabajo de una maestra que no ha conocido ni fatigas ni desmayos durante 25 años.
Durante 25 años en que sólo fue maestra de grado. ¿Sólo fue maestra de grado? ¿Hay algo más grande que ser maestra de grado?... Yo no soy maestra de grado pero he sido alumna y por eso hoy, que soy docente daría cualquier cosa por ocupar – como siempre por mi problema visual - el primer banco frente al pizarrón para recibir las clases de todos y cada uno de mis maestros de grado como hace 50 años.
Volviendo al primer informe que aparece en el Registro ya mencionado, de fecha 25 de octubre de 1938, el mismo deja constancia que la Señorita Edith Viglienzoni, cuyo título es Maestra Normal, ocupa el cargo de Maestra por veinticinco años, desde el 28 de julio de 1930 hasta la fecha de su merecida jubilación a finales del ciclo lectivo de 1955. No es mi idea fatigar al lector con la transcripción de este o de algunos de los informes que completan su legajo profesional. Por lo tanto he de destacar lo que considero puede ser valioso para formar el marco del cuadro que he de pintar usando como pinceles mis sentimientos y tomando de la paleta los colores dados por el sentido moral, espiritual e intelectual de mi Señorita Edith.
Así en el informe firmado por la Sra. Felisa V. Ochoa, Inspectora Seccional (28-10-1938), el Concepto sobre la docente Edith Juana Viglienzoni es Sobresaliente y la Apreciación Sintética de la misma es valorada en Diez Puntos. Cuatro años más tarde ya las instrucciones son firmadas por el Señor D. Juan Néstor Guerra, Director de la Escuela Común Nº 6 Bartolomé Mitre del Partido de General Pueyrredon. En 1942 la Srta Edith es maestra de 3º Grado Sección C. Al año siguiente ya es maestra de 5º Grado Sección C. El informe de ese año, firmado por el Inspector Seccional de Escuelas Señor Aníbal G. Busto (21-10-1943) nos presenta la siguiente PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
referente a la Docente Edith Juana Viglienzoni: Grado 5º C.- Turno: de mañana.-
PLANILLA DE CONCEPTO PROFESIONAL
DOCENTE: EDITH JUANA VIGLIENZONI GRADO : 5to C
TURNO: Mañana
Alumnos inscriptos: 33
Inasistencias en un año: 2
Ilustración Profesional: 9
Espiritu Profesional: 10
Habilidad Docente: 10
Trabajos en el aula: 10
Resultado de la enseñanza: 10
Aptitudes directivas: 10
Condiciones Personales: 10
Apreciación Sintáctica: 10
A este informe le siguen – desde 23/05/1944 al 30/05/1948 - 13 notificaciones, doce de ellas firmadas por el Señor Director Juan Néstor Guerra y una con la firma del Vice Director Señor Oubiña.
Todos son elogios para la maestra de grado. Elogios que se refirman en el Informe que el Inspector Jefe de Zona Señor Mario L. Mojer firma con fecha 29 de julio de 1948, donde leemos “....... su experiencia y alto concepto del deber se pone al servicio de la escuela rindiendo en la medida propuesta. Por ello y, felicitándola le asigno el máximo puntaje con que se valora la maestra de sus condiciones: DIEZ PUNTOS (10)”.
Ya, a partir del año 1949, no aparece más la firma de D. Juan Néstor Guerra. El viejo maestro se había jubilado. Las instrucciones eran firmadas por el nuevo Director D. Miguel Calabrese ó por el Vice Director Sr. Oubiña. Es así como a partir del 28 de junio de 1949 cambia la letra en los informes que figuran en el registro. Pero no cambia el contenido de las mismas. Siempre está presente la recurrente palabra: excelente, excelente, excelente.... Concepto que se repite desde junio de 1949 hasta octubre de 1954 en no menos de 16 notificaciones. En ese año, 1954, la Srta. Edith ya no es maestra de 5º grado; ahora sus alumnos son más pequeños, cursan el 1º Superior. En la foto se la ve rodeada de 19 pequeños, todos varoncitos muy elegantes en sus guardapolvos blancos, prolijos en sus cabellos y seriecitos en sus expresiones
Me exime de cualquier acotación a esta nueva situación el informe del 21 de octubre de 1954 firmado por el Director de la Escuela Nº 6, D. Miguel Calabrese, parte del cual transcribo a continuación.
“....La exposición oral del niño, muy por encima del nivel que marca el grado y la edad...” “....Con recursos pedagógicos muy bien utilizados, aprovecha la señorita maestra la actividad natural del niño y su afán de saber. El estado excelente del grado, revelado por el aprovechamiento la hace merecedora de mis felicitaciones y destaco que es nueva en el grado, ya que durante varios años estuvo a cargo de 5º grado, evidenciando siempre sus dotes de maestra excelente.”
Es una buena política bautizar cada aula con el nombre de algunos de nuestros próceres o prohombres de la historia de nuestro país. Nuestra aula, la de 5º C, estaba bajo el patronazgo de “el ilustre educador” D. Domingo Faustino Sarmiento. ¿Coincidencia del destino? Una gran maestra dictaba sus clases en un aula patrocinada por un gran maestro. De ahí que anualmente la Señorita Edith organizaba una fiesta en homenaje al jefe espiritual del grado. Se decía en los pasillos de la escuela que cada año la Señorita Edith se superaba en su organización. Realmente no era – y no lo será nunca – tarea fácil manejar situaciones en las que el protagonista sea ese viejo cascarrabias y colérico aunque lúcido e inteligente que era Domingo Faustino Sarmiento. Pero ella siempre encontraba motivos para ensalzar – y con justicia – su figura: reconocer que hoy tenemos instrucción y que muchos de nosotros hemos ido a una escuela pública; que en 1880 – 120 años antes de la Web - Argentina era uno de los países con una de las más extensas redes telegráficas del mundo que comunicaba a la Capital del país con los parajes más lejanos a ella; que el progreso era una obsesión para él, etc. etc.
No es de extrañar los elogios con los que la dirección de la escuela premiaba a la maestra y a sus alumnos. Transcribo un fragmento de una de las tantas notificaciones de la dirección: “Es evidente y digno del más cálido elogio el esfuerzo y la preocupación constante de la Srta. Edith Viglienzoni, cuyas condiciones docentes he visto confirmadas una vez más. Esta sencilla pero emotiva fiesta habla con elocuencia de sus afanes y consagración a la enseñanza, siéndome altamente grato felicitarla así como a todas sus alumnas”. Fdo. Juan Néstor Guerra
También es lindo recordar los Concursos de Lectura que ella organizaba, las tareas dedicadas a la correspondencia inter-escolar, la formación de una biblioteca del aula, actividades estéticas, los festejos ante cada fecha trascendental para nuestra patria, etc., etc.
Y luego, después de varios años dedicados a la actividad docente la Señorita Edith se acogió a los beneficios de la jubilación. Esta le fue otorgada en el año 1955. Estaba en la plenitud de su vida y de su intelecto. Pero la ley es la ley y ya los niños no tendrían la suerte de ser guiados por esta maestra tan maestra. La comunidad educativa lamentaría su retiro.
Mi maestro de 6º grado: Señor Emiliano Martínez
Ya estábamos en 6º. Ya éramos los más grandes de la escuela. Yo ya era señorita. En el año 1951 aún las “señoritas” jugaban con muñecas! Las cosas no eran iguales por que nosotros no éramos los mismos. Y esta vez fue otro maestro, el Señor Emiliano Martínez. Qué decir del Señor Martínez sino elogios, sólo elogios. En una edad que comenzaba a ser difícil supo abrir e iluminar mi inteligencia adolescente. En lo personal educó mi intelecto y lo preparó para el salto que en meses debía producirse: de la escuela primaria al colegio secundario. Él me preparó para rendir mi examen de ingreso al Colegio Nacional Mariano Moreno - otra página imborrable en mis recuerdos de estudiante. Con orgullo digo que obtuve el tercer puesto en la grilla de ingreso. Eso hoy no significa nada para los jóvenes del siglo XXI, pero si para mí que soy una joven del siglo XX. Espero que algún lector comparta este sentimiento.
Recuerdo que el Sr. Martínez y yo trabajamos sobre la Guía del Ingreso de los Profesores Braña de Iacobbucci y Guillermo Iacobucci. Este manual aún obra en mi poder. Releerlo deja un sabor agridulce en mi paladar. ¡Cuanto conocimiento!, ¡Cuanto se valoraba la capacidad intelectual de los adolescentes de aquella época! Éramos capaces si... pero también teníamos docentes que de alguna manera fueron nuestros mentores intelectuales que supieron sacar lo mejor de nosotros. Pero lamentablemente, estos trabajadores del intelecto siempre han sido mal recompensados pues los gobernantes nunca entendieron – y parece no entienden ni entenderán – que el trabajo de un solo maestro en una sola escuelita del paraje más remoto de nuestro país es preparar para la Argentina una generación mejor para el futuro.
Otros maestros
Una palabra para el Señor Oubiña, el Vice Director. Siempre erguido, siempre serio. Su cara estaba siempre tranquila. Su presencia imponía respeto. Cuando él entraba al aula o pasaba entre las filas, dejábamos de hablar o de movernos. Era una autoridad pero no era autoritario. Serio pero no severo. Muy culto, era un docente en cuerpo y alma. Lo encontré ya muy anciano, cuando la vida le había quitado a su esposa y tenía a un perrito como compañero. Pasaba los meses de invierno en la Capital Federal y los veranos en nuestra ciudad. A pesar de los años su cara mantenía sus rasgos viriles, sus ojos brillaban y su memoria estaba intacta. Cuando estaba en Mar del Plata, pasaba con su perrito por el frente de mi casa. Después de un tiempo no lo vi más. Así es la vida.
Colofón
Como colofón de este humilde trabajo, hecho con más amor que oficio, me he permitido transcribir una sentida poesía escrita por el maestro Señor D. Miguel Calabrese, Director a la sazón de la Escuela Nº 6 “General Bartolomé Mitre” en ocasión del retiro de la Srta. Edith Viglienzoni, en reconocimiento de la labor realizada por ella y como afectuosa despedida, con fecha 10/09/1955.
Antes de cerrar este trabajo deseo concluirlo con las palabras escritas y leídas por ese maestro rural con alma de poeta que fue el señor Miguel Calabrese, director de la Escuela Nº6 “Bartolomé Mitre”, en ocasión del almuerzo ofrecido por la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires, el “Día del Maestro” celebrado el 11 de setiembre de 1970:
En fin, esto no es un panfleto ni político ni gremial. Es sólo un pequeño homenaje a mi señorita de 5º grado, a mis maestros de la Escuela Primaria Nº6, y a todos los docentes. Pienso que hay que quererlos mucho, valorarlos aun cuando nos hayan parecido injustos, ayudarlos en sus tareas estudiando y cumpliendo con nuestros deberes, esforzándonos por ser cada día un poco mejor y tratar de ser parte de una generación de argentinos que lleve a nuestro país a la posición de privilegio que tuvo y que nunca debió perderse.
La señorita Edith ya no está con nosotros. Fue un regalo del destino tenerla hasta sus 95 años – nació el 2 de febrero de 1911 – lúcida y de muy buen humor.
martes, 9 de marzo de 2010
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
Sara Garfinkel
Estas anécdotas están contadas con todo mi amor de hija, esposa y madre
Mar del Plata 2009
Queda hecho el depósito que marca la Ley Nº 11.723 de Propiedad Intelectual
I.S.B.N.: en trámite
(continuación)
La Manzana 171
Por eso he decidido ahondar un poco más sobre mis orígenes para luego darlos
a conocer. Es que esta catarsis es muy positiva. Puedo hacer desaparecer mis
represiones al contar mis anécdotas – que son verídicas - y mantener viva parte
de la historia de un sector de un barrio marplatense. Así cuento que por la ley
del 15 de octubre de 1879 se crea un nuevo partido territorial en la provincia de
Buenos Aires bajo la denominación de General Pueyrredon, señalándole por
límites una parte del territorio que constituía antes los del partido de General
Balcarce. Un año más tarde Buenos Aires se convierte en la capital definitiva de
la República Argentina. Mar del Plata lentamente va sumando casas y
habitantes a su ejido urbano mientras que el arroyo del Puerto terco y obstinado
molesta a los vecinos en sus domicilios y/o negocios con sus reiteradas
inundaciones.
Ignoro cuando fue pero hubo un momento en que se produjo mi nacimiento.
Quizá fue el 30 de mayo de 1910 cuando dos vecinos de esta naciente ciudad,
Fernando y Constantino Vaira, solicitan permiso municipal para construir en la
manzana 171. De lo que estoy segura es que soy hija natural pero no de “padres
desconocidos”. Mi papá es el arroyo del Puerto y mi mamá la “cotidiana
costumbre de uso de suelo”. ¿Cómo puedo estar tan segura de mis orígenes?
Pues porque en un instrumento público – escritura número 358, fechada el
3/11/1925, firmada por el escribano D. Alfredo L. Bertone, en poder de la
familia Garfinkel - que desde el año 1943 vive sobre mí en el número 3367,
siendo la señora Sara Garfinkel la actual propietaria del solar - aparecen
varios nombres de vecinos marplatenses que han estado relacionados con la
historia de la diagonal Antonio Álvarez. De todos estos nombres destacamos los
de los hermanos Vaira, Fernando y Constantino. Estos hermanos habían
celebrado ante escribano público en el año 1912 “… una sociedad comercial
colectiva para la explotación de un aserradero a vapor, corralón de maderas…
sociedad que girará bajo el rubro de F. Vaira y Hermano… a su vez ambos
hermanos confieren poder especial al señor D. José Carletti para que en
nombre y representación de la sociedad F. Vaira y Hermano venda… los lotes
número 3, 5 y 8 del plano especial de la manzana en forma triangular,
señalada en el plano general con el número 171, situada en los ejidos de la
ciudad de Mar del Plata, Partido de General Pueyrredon, Jurisdicción de la
Provincia de Buenos Aires…”
En este documento público figura “…la venta del lote número 3 de forma
irregular con una superficie total de trescientos catorce metros, novecientos
ochenta y ocho milímetros cuadrados, lindando por el Nor Este con la calle
Bolívar; por el Sud Este con el lote número 2, por el contrafrente al Sud con la
avenida Pueyrredon (hoy diagonal Antonio Álvarez), por el Nor Oeste con el
lote cuatro y fondos de los lotes seis y siete…”
Sin tener conocimiento alguno de cuadrículas, ni agrimensuras y menos de
trazados de calles el sentido común me lleva a pensar que este lote en cuestión
tiene linderos bien definidos: la calle Bolívar por el Nor Este, hacia el Sur Este
el lote número 2 con frente a la calle Salta y que por el Sur el contrafrente del
lote número 3 llega hasta la diagonal Pueyrredon enfrentando al mismíso
puente de La Carolina. Debe ser así, pues de lo contrario el contrafrente del lote
en cuestión linda con… ¡la nada!
Pero la realidad es bien diferente a las especificaciones técnicas de
agrimensores y legales de escribanos. La manzana 171 es un triángulo
rectángulo en el cual su hipotenusa daba hacia el Sur. En este contrafrente de la
propiedad de los Hermanos Vaira se ha formado, por el paso cotidiano de los
vecinos un pequeño pasaje que es muy útil para poder llegar hasta el bulevar
Colón sin tener que sortear el puente de La Carolina. Además es una salida
natural de los productos del aserradero de los Vaira y así la sabiduría popular y
la costumbre del uso bautizaron a ese atajo como Pasaje Vaira, realidad
ignorada por la fría burocracia y la tozuda ignorancia municipal.
Luego lo que podría llamarse la “vereda d’enfrente” del Pasaje Vaira es un
terreno baldío, inculto, abandonado.
Gran cantidad de desechos se encuentran esparcidos por todo el terreno. El aseo
urbano no está presente porque, al parecer, la municipalidad se desentiende del
problema. Toda la zona es un vertedero improvisado por los vecinos, ignorado
por las autoridades y que terminará trayendo consigo malos olores,
enfermedades y contaminación. No es raro ver a los mendicantes, acompañados
por un cortejo de perros tan flacos y macilentos como sus pares humanos,
buscando las magras recompensas de su hurgar en la basura. Este terreno,
donde las hendeduras abundan y en época de lluvias es un tembladeral, se
extiende unos metros hasta constituirse en una de las márgenes del arroyo del
Puerto. Renglones arriba mencioné con cuanta asiduidad esta corriente de agua
dulce aumenta su volumen apenas caen cuatro gotas en la zona e inunda todo lo
que encuentra a su paso. Allí no corre el agua y por eso con las lluvias todo se
encharca y parece una laguna. Algún día contarán como leyenda lo que pasó
hace pocos días, justamente durante la última tormenta. Llovía torrencialmente
cuando uno de los pordioseros que suelen pernoctar por esos sitios cayó en un
zanjón producido por la lluvia imparable. Apenas amainó la borrasca algunos
de sus compañeros de vida mendicante trataron de ayudarlo. No sólo no lo
pudieron rescatar, tampoco hallaron su cadáver. Segura estoy que a partir de
esta noche se dirá que el espíritu del pobre mendigo se pasea por el lugar,
presentándose cada vez que hay tormenta, para evitar que yo me ahogue en el
torrente imparable de la inundación producida por el desborde del arroyo.
A pesar del dicho “Voz del Pueblo, Voz de Dios”, por varios años se me
ignorará. A pesar que los vecinos y transeúntes de la zona me han bautizado
como el Pasaje Vaira, legalmente se me niega un nombre y se seguirá
mencionando en todos los documentos públicos, ya sea privados o
gubernamentales, a la Diagonal Pueyrredon como el lindero Sur del
contrafrente del lote 3 de la manzana 171. A veces me digo que la diagonal
Pueyrredon debe ser mi madre putativa y que generosamente me presta su
apellido para que cuando se refieran a mi cenicienta persona no me llamen “esa
callejuela sin nombre”.
(continuará)
Sara Garfinkel
Estas anécdotas están contadas con todo mi amor de hija, esposa y madre
Mar del Plata 2009
Queda hecho el depósito que marca la Ley Nº 11.723 de Propiedad Intelectual
I.S.B.N.: en trámite
(continuación)
La Manzana 171
Por eso he decidido ahondar un poco más sobre mis orígenes para luego darlos
a conocer. Es que esta catarsis es muy positiva. Puedo hacer desaparecer mis
represiones al contar mis anécdotas – que son verídicas - y mantener viva parte
de la historia de un sector de un barrio marplatense. Así cuento que por la ley
del 15 de octubre de 1879 se crea un nuevo partido territorial en la provincia de
Buenos Aires bajo la denominación de General Pueyrredon, señalándole por
límites una parte del territorio que constituía antes los del partido de General
Balcarce. Un año más tarde Buenos Aires se convierte en la capital definitiva de
la República Argentina. Mar del Plata lentamente va sumando casas y
habitantes a su ejido urbano mientras que el arroyo del Puerto terco y obstinado
molesta a los vecinos en sus domicilios y/o negocios con sus reiteradas
inundaciones.
Ignoro cuando fue pero hubo un momento en que se produjo mi nacimiento.
Quizá fue el 30 de mayo de 1910 cuando dos vecinos de esta naciente ciudad,
Fernando y Constantino Vaira, solicitan permiso municipal para construir en la
manzana 171. De lo que estoy segura es que soy hija natural pero no de “padres
desconocidos”. Mi papá es el arroyo del Puerto y mi mamá la “cotidiana
costumbre de uso de suelo”. ¿Cómo puedo estar tan segura de mis orígenes?
Pues porque en un instrumento público – escritura número 358, fechada el
3/11/1925, firmada por el escribano D. Alfredo L. Bertone, en poder de la
familia Garfinkel - que desde el año 1943 vive sobre mí en el número 3367,
siendo la señora Sara Garfinkel la actual propietaria del solar - aparecen
varios nombres de vecinos marplatenses que han estado relacionados con la
historia de la diagonal Antonio Álvarez. De todos estos nombres destacamos los
de los hermanos Vaira, Fernando y Constantino. Estos hermanos habían
celebrado ante escribano público en el año 1912 “… una sociedad comercial
colectiva para la explotación de un aserradero a vapor, corralón de maderas…
sociedad que girará bajo el rubro de F. Vaira y Hermano… a su vez ambos
hermanos confieren poder especial al señor D. José Carletti para que en
nombre y representación de la sociedad F. Vaira y Hermano venda… los lotes
número 3, 5 y 8 del plano especial de la manzana en forma triangular,
señalada en el plano general con el número 171, situada en los ejidos de la
ciudad de Mar del Plata, Partido de General Pueyrredon, Jurisdicción de la
Provincia de Buenos Aires…”
En este documento público figura “…la venta del lote número 3 de forma
irregular con una superficie total de trescientos catorce metros, novecientos
ochenta y ocho milímetros cuadrados, lindando por el Nor Este con la calle
Bolívar; por el Sud Este con el lote número 2, por el contrafrente al Sud con la
avenida Pueyrredon (hoy diagonal Antonio Álvarez), por el Nor Oeste con el
lote cuatro y fondos de los lotes seis y siete…”
Sin tener conocimiento alguno de cuadrículas, ni agrimensuras y menos de
trazados de calles el sentido común me lleva a pensar que este lote en cuestión
tiene linderos bien definidos: la calle Bolívar por el Nor Este, hacia el Sur Este
el lote número 2 con frente a la calle Salta y que por el Sur el contrafrente del
lote número 3 llega hasta la diagonal Pueyrredon enfrentando al mismíso
puente de La Carolina. Debe ser así, pues de lo contrario el contrafrente del lote
en cuestión linda con… ¡la nada!
Pero la realidad es bien diferente a las especificaciones técnicas de
agrimensores y legales de escribanos. La manzana 171 es un triángulo
rectángulo en el cual su hipotenusa daba hacia el Sur. En este contrafrente de la
propiedad de los Hermanos Vaira se ha formado, por el paso cotidiano de los
vecinos un pequeño pasaje que es muy útil para poder llegar hasta el bulevar
Colón sin tener que sortear el puente de La Carolina. Además es una salida
natural de los productos del aserradero de los Vaira y así la sabiduría popular y
la costumbre del uso bautizaron a ese atajo como Pasaje Vaira, realidad
ignorada por la fría burocracia y la tozuda ignorancia municipal.
Luego lo que podría llamarse la “vereda d’enfrente” del Pasaje Vaira es un
terreno baldío, inculto, abandonado.
Gran cantidad de desechos se encuentran esparcidos por todo el terreno. El aseo
urbano no está presente porque, al parecer, la municipalidad se desentiende del
problema. Toda la zona es un vertedero improvisado por los vecinos, ignorado
por las autoridades y que terminará trayendo consigo malos olores,
enfermedades y contaminación. No es raro ver a los mendicantes, acompañados
por un cortejo de perros tan flacos y macilentos como sus pares humanos,
buscando las magras recompensas de su hurgar en la basura. Este terreno,
donde las hendeduras abundan y en época de lluvias es un tembladeral, se
extiende unos metros hasta constituirse en una de las márgenes del arroyo del
Puerto. Renglones arriba mencioné con cuanta asiduidad esta corriente de agua
dulce aumenta su volumen apenas caen cuatro gotas en la zona e inunda todo lo
que encuentra a su paso. Allí no corre el agua y por eso con las lluvias todo se
encharca y parece una laguna. Algún día contarán como leyenda lo que pasó
hace pocos días, justamente durante la última tormenta. Llovía torrencialmente
cuando uno de los pordioseros que suelen pernoctar por esos sitios cayó en un
zanjón producido por la lluvia imparable. Apenas amainó la borrasca algunos
de sus compañeros de vida mendicante trataron de ayudarlo. No sólo no lo
pudieron rescatar, tampoco hallaron su cadáver. Segura estoy que a partir de
esta noche se dirá que el espíritu del pobre mendigo se pasea por el lugar,
presentándose cada vez que hay tormenta, para evitar que yo me ahogue en el
torrente imparable de la inundación producida por el desborde del arroyo.
A pesar del dicho “Voz del Pueblo, Voz de Dios”, por varios años se me
ignorará. A pesar que los vecinos y transeúntes de la zona me han bautizado
como el Pasaje Vaira, legalmente se me niega un nombre y se seguirá
mencionando en todos los documentos públicos, ya sea privados o
gubernamentales, a la Diagonal Pueyrredon como el lindero Sur del
contrafrente del lote 3 de la manzana 171. A veces me digo que la diagonal
Pueyrredon debe ser mi madre putativa y que generosamente me presta su
apellido para que cuando se refieran a mi cenicienta persona no me llamen “esa
callejuela sin nombre”.
(continuará)
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LaCarolina
lunes, 8 de marzo de 2010
A mis amigas en el Dia de la Mujer
As they say in English: “a friend in need is a friend indeed”
Te miras en el espejo con tu mano sobre tu frente, escudriñando tu hermoso rostro – hermoso, ¿por qué no? – con mucho cuidado. No trates de enjugar esa traviesa lágrima que se desliza sobre tu mejilla porque has encontrado tu primer cabello blanco.
Ha pasado el tiempo sin que te hayas dado cuenta. Tu esposo, tus hijos, tus nietos. Se han marcado surcos alrededor de tus labios y en el borde de tus ojos. Pero, tanto arrugas como canas han dignificado tu belleza.
Los pliegues en la piel de tu rostro, más que por efecto de la edad, son consecuencia de las penas que el devenir de la vida conlleva. Las odiosas “pata de gallo” que circundan tus párpados son, seguramente, el camino de ocultas lágrimas. La triste curva descendente de tus labios, son palabras de amor nunca pronunciadas. La sombra en tu mirada es el agobio de tu corazón que palpita al ritmo del palpitar del corazón de todos a los que amas.
Sin embargo, te sientes tan vital que podrías danzar como las jóvenes lo hacen en sus alegres momentos. Tus ojos aún conservan su brillo juvenil y tus labios están húmedos y rojos, como estaban cuando dejaste de ser adolescente para convertirte en mujer.
Es que has sido una feliz esposa y una amante madre. Porque sientes que esa primera cana es el prueba tangible de que has aprovechado tu vida. Es la prueba tangible de tu realización como hija, esposa y madre. Es decir, como mujer.
Te sigues mirando en el espejo. Pero ahora no es una lágrima furtiva la que ensombrece tu semblante, sino una sonrisa traviesa la que lo ilumina. Recuerdas la mano de tu mamá acariciando ligeramente tus cabellos, sientes el beso maternal que roza tu frente. Hasta te parece ver la sonrisa cómplice de tu papá, cuando salías para tu primer baile.
Ya tu primer cabello blanco no tiene importancia. Tampoco importa que el sol del verano se esté por poner y que la primavera comience a retirarse. El otoño es hermoso y es sabio.
Tu, en tu madurez, con tu cabello gris y tu rostro con sus plieguecitos ganados a través de la vida que has vivido, eres hermosa y eres sabia. Porque eres MUJER.
En tributo al gran poeta Thomas Haynes Bayley (1797-1839)
Te miras en el espejo con tu mano sobre tu frente, escudriñando tu hermoso rostro – hermoso, ¿por qué no? – con mucho cuidado. No trates de enjugar esa traviesa lágrima que se desliza sobre tu mejilla porque has encontrado tu primer cabello blanco.
Ha pasado el tiempo sin que te hayas dado cuenta. Tu esposo, tus hijos, tus nietos. Se han marcado surcos alrededor de tus labios y en el borde de tus ojos. Pero, tanto arrugas como canas han dignificado tu belleza.
Los pliegues en la piel de tu rostro, más que por efecto de la edad, son consecuencia de las penas que el devenir de la vida conlleva. Las odiosas “pata de gallo” que circundan tus párpados son, seguramente, el camino de ocultas lágrimas. La triste curva descendente de tus labios, son palabras de amor nunca pronunciadas. La sombra en tu mirada es el agobio de tu corazón que palpita al ritmo del palpitar del corazón de todos a los que amas.
Sin embargo, te sientes tan vital que podrías danzar como las jóvenes lo hacen en sus alegres momentos. Tus ojos aún conservan su brillo juvenil y tus labios están húmedos y rojos, como estaban cuando dejaste de ser adolescente para convertirte en mujer.
Es que has sido una feliz esposa y una amante madre. Porque sientes que esa primera cana es el prueba tangible de que has aprovechado tu vida. Es la prueba tangible de tu realización como hija, esposa y madre. Es decir, como mujer.
Te sigues mirando en el espejo. Pero ahora no es una lágrima furtiva la que ensombrece tu semblante, sino una sonrisa traviesa la que lo ilumina. Recuerdas la mano de tu mamá acariciando ligeramente tus cabellos, sientes el beso maternal que roza tu frente. Hasta te parece ver la sonrisa cómplice de tu papá, cuando salías para tu primer baile.
Ya tu primer cabello blanco no tiene importancia. Tampoco importa que el sol del verano se esté por poner y que la primavera comience a retirarse. El otoño es hermoso y es sabio.
Tu, en tu madurez, con tu cabello gris y tu rostro con sus plieguecitos ganados a través de la vida que has vivido, eres hermosa y eres sabia. Porque eres MUJER.
En tributo al gran poeta Thomas Haynes Bayley (1797-1839)
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domingo, 7 de marzo de 2010
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata
Mar del Plata 2009
PRÓLOGO
No se porque se me ocurrió emprender este relato. Quizá sea el deseo de dejar
mi huella en el sendero de la historia marplatense. Esta será una tarea para
muy difícil de llevar a cabo porque mi condición de ser inmueble me impide toda
forma de conversación con los vecinos que transitan día y noche por mis
veredas. Si bien el diálogo me está vedado no así el dialogismo. Yo platico
conmigo misma desde que amanece y aparece el primer viandante hasta que las
sombras nocturnas oscurecen mi visión y ya nadie pasa por acá.
Este dialogismo ha despertado en mi conciencia un continuo fluir de
percepciones, pensamientos, sentimientos y recuerdos en mi mente asfaltada y
embaldosada. El problema es que este monólogo interior siempre me lleva a
relatos donde mezclo hechos y protagonistas sin prestar atención a normas
gramaticales, sintácticas y lógicas. Advierto al lector que encontrará en este
trabajo innumerables muestras de impresiones visuales, auditivas, táctiles,
asociativas y subliminales que quizá lo asombraran pero nunca confundirán y
menos, aburrirán. Mis relatos son coherentes aunque estén basados en la libre
asociación de ideas e imágenes y muchas veces no respeten la cronología de los
hechos. No sólo deseo con estos pormenores de mi vida cotidiana dejar mi huella en el
camino de la historia de Mar del Plata, también aspiro con los mismos
entretener y divertir a mis lectores.
Me presento en Sociedad
Todo me sucede a mí. A mí, que de todas las calles de Mar del Plata no soy ni la
más larga, ni la más ancha y no figuro en el catastro municipal como calle
porque soy una diagonal. Soy la diagonal Antonio Álvarez. Una – si no la única
– de las más cortas vías de tránsito de la ciudad. Se puede decir que desde
siempre he sido una vía de comunicación que comienza acá y termina allá.
Menos de 100 metros – 86 metros 50 centímetros, más exactamente - separan el
“acá” del “allá”. Además ni siquiera fui dibujada en el trazado original de la
planta urbana. Según datos recogidos del trabajo VALOR PATRIMONIAL DEL
TRAZADO ORIGENES DE MAR DEL PLATA, Felicidad Paris Benito
(publicado en la revista Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño, Mar del
Plata, 2001, pag. 45), “El trazado de la planta urbana, ha sido estructurado por
el agrimensor proyectista, basándose en tres ejes verticales que terminan en el
mar, respondiendo a las actuales avenidas Colón, Luro y Libertad y uno
horizontal que atraviesa a los anteriores, correspondiente con la avenida
Independencia…” “En cuanto a la disposición de las manzanas, carecen de un
límite geométrico concebido como tal, se encuadran en una figura asimilable a
un triángulo siendo los catetos de éste las avenidas Colón e Independencia
respectivamente y la hipotenusa la línea de ribera marítima…”.
Como soy parte interesada en este relato y no quiero dejar ningún cabo suelto
con respecto a mi nacimiento diré que Mar del Plata, mi ciudad natal, tuvo un
post-parto algo complicado en lo que respecta a su trazado. Si bien
geográficamente está en el ámbito regional conocido como pampa húmeda, ella
no es un típico caso de ciudad pampeana. Su terreno no es llano. De ahí que el
tradicional trazado a cordel adoptado por los colonizadores españoles para el
diseño de las ciudades en América, acorde a lo exigido por las leyes de Indias,
no pudo ser aplicado a nuestra ciudad.
Entre las lomas de Santa Cecilia, Stella Maris y Divino Rostro, amén de otras
elevaciones menores, las sinuosidades costeras y los dos arroyos que cruzan la
superficie del terreno a medir para reproducir su contorno en los planos
catastrales, provocaron en el trazado de muchas manzanas una irregularidad
manifiesta, ya que éstas no son cuadradas, como es lo habitual en los pueblos de
la provincia de Buenos Aires, sino son trapezoidales o triangulares. Esto se
aprecia cuando llegamos a las diagonales Pueyrredon y Alberdi. Sin embargo, la
falta de simetría en el trazado en deferencia a la línea diagonal del arroyo
implica para nuestra ciudad una muestra palpable del “ser marplatense”. Es
parte del patrimonio tangible que hace a todo el acervo moral y cultural de
cualquier colectivo urbano.
He de aclarar que de los dos arroyos que cruzaban la superficie del terreno a
mensurar, el más importante denominado del Puerto (hoy de las Chacras), está
entubado y el otro, de menor importancia llamado el Cardalito, está
desaparecido del casco urbano.
Tanto proyectistas como terratenientes no pudieron obviar la importancia del
arroyo del Puerto en la Mar del Plata que sólo era un caserío. Y así desde las
avenidas Colón e Independencia hacia el oeste el arroyo corre por debajo de
manzanas de tipo común aunque aparezcan al pasar dos pequeñas diagonales, la
Antonio Álvarez y la Ovidio Zubiaurre. Éstas, que deben su existencia a la
antigua presencia del cauce del arroyo, son motivo de curiosidad del
marplatense por adopción o del turista no advertido.
En verdad, y usando una frase muy de barrio confieso que soy “hija del arroyo”.
Podrá parecer una confesión muy peyorativa pero es la cruda verdad sobre mi
nacimiento. No reniego de mis orígenes pero justamente esta situación
socialmente despreciativa de ser “hija del arroyo” me provoca un sentimiento de
minusvalía que, a pesar de yo ser ya casi centenaria, no he podido superar
totalmente. Lo que si me llena de alegría es que hace muchos años resolví mi
problema de identidad cuando después de muchas idas y vueltas me dieron un
nombre que es mi orgullo pues honra la memoria de un insigne vecino de la
ciudad, D. Antonio Álvarez, quien fuera el primer comisionado municipal de la
ciudad de Mar del Plata.
Antes de continuar quiero decirles que no debe asombrarles que yo esté tan
dispuesta a contar aspectos de mi vida. No me gusta el chisme porque en el
chisme hay algo de mendacidad irrespetuosa hacia el semejante. Entre tantas
particularidades que me han marcado desde mi nacimiento, el respeto ha sido
primordial. El respeto hacia mí misma – quizá por esa ausencia de identidad que
me acompañó durante tantos años – y el respeto hacia los demás. Respetar
significa, entre otras cosas, tener una actitud atenta hacia las opiniones ajenas.
Como durante tanto tiempo no he tenido nada que hacer porque era escaso el
movimiento peatonal sobre mí, me dediqué a escuchar las conversaciones de
los pocos vecinos que me transitaban. De ellos aprendí que hay que saber ver,
oír y callar porque se es esclavo de las palabras que se dicen. Es así que no es de
asombrar que yo sea una calle capaz de contar tantas cosas y mejor aún,
escribirlas. Especialmente para aquéllos que me atraviesan velozmente. Cuántos
transeúntes y automovilistas me usan simplemente como camino útil para
acortar la distancia hacia la avenida Colón o evitar el cruce de ésta con la
avenida Independencia. Pasan sobre mi trocha con una total indiferencia.
Cuántos turistas y marplatenses siquiera saben como me llamo. Ni les interesa
averiguarlo.
(continuará)
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martes, 23 de febrero de 2010
La Reina de los Nueve Días
La Reina de los Nueve Días
Lady Jane Grey, educada en la debida obediencia cortesana acepta de mala gana el arreglo de su matrimonio con Lord Guilford Dudley. El tiene diecisiete años, es un adolescente, candoroso, sin doblez. Ella no ha cumplido aún dieciséis años. Comparte el lecho conyugal con un joven al que no ama.
Ella es la sobrina nieta del Rey Enrique VIII de Inglaterra. Su abuela, María, es la hermana menor de Enrique VIII. Él es el sexto hijo del taimado John Dudley, Earl of Warwick y Protector de Northumberland.
Un pariente lejano de Jane, el Rey Eduardo VI de Inglaterra, yace agonizante. El Protector de Northumberland convence al joven que posee la autoridad suprema para nominar a Lady Jane Grey heredera al trono inglés. El moribundo príncipe soberano accede. Ilógica decisión si se tiene en cuenta que ella es la sobrina nieta del difunto rey Enrique, padre del actual monarca inglés. Por lo tanto su ascensión al trono inglés desconoce el derecho de soberanía de las medio hermanas del Rey Eduardo, María y Elizabeth, y de los descendientes de la Reina Margarita de Escocia, tía de Eduardo. Hasta la Duquesa de Suffolk, Lady Frances, madre de Jane queda fuera de la línea dinástica.
Jane no quiere nada que no sea una vida tranquila y un amor de princesa. Nada más pero nada menos. Pero su destino será otro. Desde la cuna hasta el calabozo su destino ha estado ligado, de alguna manera, a su pariente lejano, el Rey Eduardo VI. La niña nace en el mes de octubre de 1537, el mismo mes y año que el Rey, que se supone, será sucedido por ella. Jane, al igual que el rey, es extremadamente bien educada. Es instruida en varias ciencias, artes y otras materias, especialmente idiomas como hebreo, griego y latín. Además, ella, como Eduardo, es firmemente protestante.
Sus quinces años la encuentran, en la primavera londinense, vestida de novia celebrando sus esponsales con Lord Guilford Dudley. Es el 21 de mayo del año 1553. Guilford, pobre Guilford. Tan infantil en su boda y tan hombre en su muerte.¡Cuánto ha madurado en sólo tres meses!
Este pensamiento la altera. Busca sosiego en la penumbra de su lúgubre aposento. Pero sólo consigue ahogarse cual si la aplastará el peso de esas seculares piedras. Le palpitan sus sienes como si fuesen a estallar y su fatigado corazón parece detenerse. Las lágrimas acuden a sus otrora bellos ojos y llora desconsoladamente porque es la única forma de desahogar sus penas mientras trata de entender las circunstancias, los sucesos, las personas que la han colocado en el estado que está.
Los sentimientos de Jane son confusos. Alegría y angustia, sobresalto y recelo, rebelión y decaimiento, miedo y valor. Quisiera volar y escapar de entre las rejas de la ventana de la prisión donde está recluida desde hace casi siete meses. Pero es en vano. Se estrella contra las puertas imposibles de franquear y los paredones cubiertos con una capa de yeso ennegrecido por el tiempo, que hace más sombrío el interior del aposento de la Torre que la encierra. Sabe que tiene tiempo, mucho tiempo para recomponer sus recuerdos. Recuerdos recientes porque Guilford y ella son tan jóvenes que sus memorias casi no tienen pasado.
Jane no es culpable de nada. Ha sido el necesario y fatal encadenamiento de los sucesos. Jane es reacia a aceptar la corona que se le ofrece. Es su ambicioso suegro el que de alguna forma la convence. Apenas se confirma la muerte del Rey Eduardo el 10 de julio de 1553, Lady Jane Grey es proclamada Reina de Inglaterra.
Qué hermosa está la joven soberana. La sangre Tudor que corre por sus venas se potencia, y allá hace su entrada triunfal en la Abadía de Westminster con la pompa que las circunstancias ameritan. Es tan pequeña que usa zapatos con tacón y plataforma para elevar su estatura. Además la cola de su vestido es tan larga e importante que varias damas, su madre entre ellas, ayudan a llevarla.
El torrente de sus lágrimas no puede ocultar una esbozada sonrisa cuando rememora la situación. Y un suspiro, que parece desalojar de su pecho algo de la pena que lo invade, se produce al recordar su inflexible rechazo de la sugerencia que su marido, por quien ella sentía poco afecto en ese momento, debe ser proclamado Rey junto con ella.
Nueve días dura la aventura real. El 10 de julio de l553 la Reina Jane es depuesta. El suegro de Jane, Northumberland, es tomado prisionero, condenado y decapitado el 22 de agosto de 1553. Jane y Guilford son acusados de alta traición, declarados culpables y confinados a la Torre.
Jane cree estar enloqueciendo. Enloqueciendo de amor. Un frío de hielo la envuelve y consume. Al principio no atina a definir que es lo que le acontece. ¿Cómo llegó a enamorarse de su esposo, ese joven inexperto e inmaduro, con quien se casó a regañadientes? El infortunio acerca el uno al otro en la adversidad. Ambos son las inocentes victimas de la abrumadora ambición de sus padres.
Jane se acerca presurosa a las rejas de la ventana. Ahí, ansiosa, aguarda. Transpiran sus delicadas manos fuertemente asidas a los hierros. Su frente está cubierta de finas gotitas producidas por un nervioso sudor. Sabe que por ese camino transitará, en un paseo sin retorno, su esposo. Es la mañana del 12 de febrero de 1554. Guilford se acerca caminando hacia su muerte. Jane lo saluda y se despide de él desde la ventana de su prisión. Se muere por alcanzarlo, lo sigue con la mirada hasta que desaparece. Queriendo conservar la sombra de su estampa para siempre en su retina no retira la vista del camino hasta que… un poco más tarde, ella ve el cuerpo decapitado de él, retornando sobre un carro tirado por una mula, con la cabeza del joven envuelta en un trapo ensangrentado.
Un poco más tarde ella sigue el mismo destino. Pero su decapitación es en privado. Ha sido, aunque sólo por nueve días, Reina de Inglaterra. Como tal Jane aceptó su pena con tranquilidad y fortaleza.
Se dice que la Reina Maria Tudor, Mary I de Inglaterra, decidió la ejecución de los jóvenes después de mucho pensarlo. ¿...O no...?
Lady Jane Grey, educada en la debida obediencia cortesana acepta de mala gana el arreglo de su matrimonio con Lord Guilford Dudley. El tiene diecisiete años, es un adolescente, candoroso, sin doblez. Ella no ha cumplido aún dieciséis años. Comparte el lecho conyugal con un joven al que no ama.
Ella es la sobrina nieta del Rey Enrique VIII de Inglaterra. Su abuela, María, es la hermana menor de Enrique VIII. Él es el sexto hijo del taimado John Dudley, Earl of Warwick y Protector de Northumberland.
Un pariente lejano de Jane, el Rey Eduardo VI de Inglaterra, yace agonizante. El Protector de Northumberland convence al joven que posee la autoridad suprema para nominar a Lady Jane Grey heredera al trono inglés. El moribundo príncipe soberano accede. Ilógica decisión si se tiene en cuenta que ella es la sobrina nieta del difunto rey Enrique, padre del actual monarca inglés. Por lo tanto su ascensión al trono inglés desconoce el derecho de soberanía de las medio hermanas del Rey Eduardo, María y Elizabeth, y de los descendientes de la Reina Margarita de Escocia, tía de Eduardo. Hasta la Duquesa de Suffolk, Lady Frances, madre de Jane queda fuera de la línea dinástica.
Jane no quiere nada que no sea una vida tranquila y un amor de princesa. Nada más pero nada menos. Pero su destino será otro. Desde la cuna hasta el calabozo su destino ha estado ligado, de alguna manera, a su pariente lejano, el Rey Eduardo VI. La niña nace en el mes de octubre de 1537, el mismo mes y año que el Rey, que se supone, será sucedido por ella. Jane, al igual que el rey, es extremadamente bien educada. Es instruida en varias ciencias, artes y otras materias, especialmente idiomas como hebreo, griego y latín. Además, ella, como Eduardo, es firmemente protestante.
Sus quinces años la encuentran, en la primavera londinense, vestida de novia celebrando sus esponsales con Lord Guilford Dudley. Es el 21 de mayo del año 1553. Guilford, pobre Guilford. Tan infantil en su boda y tan hombre en su muerte.¡Cuánto ha madurado en sólo tres meses!
Este pensamiento la altera. Busca sosiego en la penumbra de su lúgubre aposento. Pero sólo consigue ahogarse cual si la aplastará el peso de esas seculares piedras. Le palpitan sus sienes como si fuesen a estallar y su fatigado corazón parece detenerse. Las lágrimas acuden a sus otrora bellos ojos y llora desconsoladamente porque es la única forma de desahogar sus penas mientras trata de entender las circunstancias, los sucesos, las personas que la han colocado en el estado que está.
Los sentimientos de Jane son confusos. Alegría y angustia, sobresalto y recelo, rebelión y decaimiento, miedo y valor. Quisiera volar y escapar de entre las rejas de la ventana de la prisión donde está recluida desde hace casi siete meses. Pero es en vano. Se estrella contra las puertas imposibles de franquear y los paredones cubiertos con una capa de yeso ennegrecido por el tiempo, que hace más sombrío el interior del aposento de la Torre que la encierra. Sabe que tiene tiempo, mucho tiempo para recomponer sus recuerdos. Recuerdos recientes porque Guilford y ella son tan jóvenes que sus memorias casi no tienen pasado.
Jane no es culpable de nada. Ha sido el necesario y fatal encadenamiento de los sucesos. Jane es reacia a aceptar la corona que se le ofrece. Es su ambicioso suegro el que de alguna forma la convence. Apenas se confirma la muerte del Rey Eduardo el 10 de julio de 1553, Lady Jane Grey es proclamada Reina de Inglaterra.
Qué hermosa está la joven soberana. La sangre Tudor que corre por sus venas se potencia, y allá hace su entrada triunfal en la Abadía de Westminster con la pompa que las circunstancias ameritan. Es tan pequeña que usa zapatos con tacón y plataforma para elevar su estatura. Además la cola de su vestido es tan larga e importante que varias damas, su madre entre ellas, ayudan a llevarla.
El torrente de sus lágrimas no puede ocultar una esbozada sonrisa cuando rememora la situación. Y un suspiro, que parece desalojar de su pecho algo de la pena que lo invade, se produce al recordar su inflexible rechazo de la sugerencia que su marido, por quien ella sentía poco afecto en ese momento, debe ser proclamado Rey junto con ella.
Nueve días dura la aventura real. El 10 de julio de l553 la Reina Jane es depuesta. El suegro de Jane, Northumberland, es tomado prisionero, condenado y decapitado el 22 de agosto de 1553. Jane y Guilford son acusados de alta traición, declarados culpables y confinados a la Torre.
Jane cree estar enloqueciendo. Enloqueciendo de amor. Un frío de hielo la envuelve y consume. Al principio no atina a definir que es lo que le acontece. ¿Cómo llegó a enamorarse de su esposo, ese joven inexperto e inmaduro, con quien se casó a regañadientes? El infortunio acerca el uno al otro en la adversidad. Ambos son las inocentes victimas de la abrumadora ambición de sus padres.
Jane se acerca presurosa a las rejas de la ventana. Ahí, ansiosa, aguarda. Transpiran sus delicadas manos fuertemente asidas a los hierros. Su frente está cubierta de finas gotitas producidas por un nervioso sudor. Sabe que por ese camino transitará, en un paseo sin retorno, su esposo. Es la mañana del 12 de febrero de 1554. Guilford se acerca caminando hacia su muerte. Jane lo saluda y se despide de él desde la ventana de su prisión. Se muere por alcanzarlo, lo sigue con la mirada hasta que desaparece. Queriendo conservar la sombra de su estampa para siempre en su retina no retira la vista del camino hasta que… un poco más tarde, ella ve el cuerpo decapitado de él, retornando sobre un carro tirado por una mula, con la cabeza del joven envuelta en un trapo ensangrentado.
Un poco más tarde ella sigue el mismo destino. Pero su decapitación es en privado. Ha sido, aunque sólo por nueve días, Reina de Inglaterra. Como tal Jane aceptó su pena con tranquilidad y fortaleza.
Se dice que la Reina Maria Tudor, Mary I de Inglaterra, decidió la ejecución de los jóvenes después de mucho pensarlo. ¿...O no...?
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jueves, 18 de febrero de 2010
Katya en el Espejo
Katya en el espejo
Sobre la cómoda está todo perfectamente ordenado. Todos los cosméticos acomodados en el rincón derecho; a la izquierda, varios frascos pequeños conteniendo cada uno de ellos exóticas y caras fragancias; en el centro, un juego de pinceles y brochas, de esas que se usan para maquillarse, una libretita al lado de su celular, una cajita de papel tissue, lociones tónicas y cremas de limpieza y nutritivas, … lo habitual. Nada contrario a lo usual en el tocador de una mujer, especialmente joven y hermosa como es Katya
Katya se mira al espejo. Está satisfecha con la imagen que la bruñida superficie le devuelve. Pero repentinamente se siente confundida porque detrás de su figura se desdibuja el reflejo de los objetos que se encuentran en su habitación, apareciendo en su lugar un sendero largo, flanqueado por una frondosa arboleda. La senda sombría y amena parece invitarla a una sosegada caminata. Todo es verde, fresco, colorido. Katya atraviesa la reluciente superficie y comienza a transitar. Sus ojos miran los arbustos florecidos. Sus oídos se deleitan con el canto de los pájaros que, volando de rama en rama, parecen acompañarla con sus melodías. Además la brisa parece susurrar una canción al moverse entre las hojas de los árboles.
Se pregunta si esa paz, esa calma que se siente es porque ese lugar es el paraíso. Repentinamente, se quiebra la placidez de su paseo. De la nada, sale una mujer que la detiene. Su aspecto es altivo, soberbio. Una sonrisa aviesa se dibuja en su rostro. Semeja un ave de rapiña de alto vuelo.
Katya quiere volver atrás pero ya no puede, porque el camino que había transitado se ha vuelto un lugar riscoso, cubierto de maleza, ramas y arbustos espinosos, que lo hace imposible. No le queda más remedio que enfrentarse a la recién llegada. Ésta se presenta como la Maldad y le dice que quiere hablar con Katya. Tiene mucho que decirle, agrega, porque ambas son iguales.
Katya la rechaza. No la reconoce como su igual. A ella no le gusta la maldad, no la practica. Es más, cree sentir que tiene una natural inclinación a hacer el bien.
La mujer le pregunta que quien le ha dicho que son diferentes. Son más iguales de lo que físicamente pueden parecerse.
Lo que diferencia a ambas es que la mujer admite su maldad mientras Katya no acepta ser mala por lo que no tiene nada que reprocharse al respecto.
La mujer se sonríe perversamente y comienza la enumeración de los actos erróneos de la joven: … que corta flores para alegrar su habitación y las deja marchitar sin siquiera cuidarlas;… que tiene pájaros enjaulados con el pretexto de darles de comer y cuidarlos sin pensar que los pájaros nacieron libres para ser libres;… que se hace servir por criados, menospreciados por ella, quienes la obedecen por miedo a perder sus trabajos.
Katya interrumpe el monólogo de la mujer diciéndole que ella los trata bien y les paga mejor. Pero se queda sin respuesta cuando la mujer desde el espejo le recuerda que entre sus servidores está su prima, Ana, a la que se complace en tiranizar, exigiéndole que la peine, que le arregle los vestidos, que le alcance cuantos caprichos se le ocurran.
Como justificándose, Katya dice que su prima, a quien ella realmente quiere, está en su casa desde que quedó huérfana y que si no estuviera con ella quien sabe donde estaría.
La mujer le responde fríamente que quizá en algún otro lado, trabajando con dignidad, pero sin que nadie le esté marcando su pobreza.
Repentinamente el camino que se refleja en el espejo comienza a estrecharse y sólo queda espacio para un caminante. Katya reclama su derecho de paso y trata de apartar a la mujer. Ésta no se mueve y advierte que no se apartará, porque ella es la maldad que Katya tiene dentro de sí. Es su parte egoísta, su maldad disfrazada de bondad. Ahora que la mujer le ha mostrado a Katya su verdadera alma, le dice que mire su cara en el espejo y vea que ambas, ella y Katya, son iguales.
La cara de la mujer en el espejo se desvanece, así como el camino, lleno de ramas secas y arbustos espinosos, desaparece. Detrás del rostro de Katya vuelven a reflejarse los objetos que se encuentran en su habitación. Y a su lado, sobre la bruñida superficie, la imagen de su prima esperándola con el cepillo para alisar sus cabellos.
Sobre la cómoda está todo perfectamente ordenado. Todos los cosméticos acomodados en el rincón derecho; a la izquierda, varios frascos pequeños conteniendo cada uno de ellos exóticas y caras fragancias; en el centro, un juego de pinceles y brochas, de esas que se usan para maquillarse, una libretita al lado de su celular, una cajita de papel tissue, lociones tónicas y cremas de limpieza y nutritivas, … lo habitual. Nada contrario a lo usual en el tocador de una mujer, especialmente joven y hermosa como es Katya
Katya se mira al espejo. Está satisfecha con la imagen que la bruñida superficie le devuelve. Pero repentinamente se siente confundida porque detrás de su figura se desdibuja el reflejo de los objetos que se encuentran en su habitación, apareciendo en su lugar un sendero largo, flanqueado por una frondosa arboleda. La senda sombría y amena parece invitarla a una sosegada caminata. Todo es verde, fresco, colorido. Katya atraviesa la reluciente superficie y comienza a transitar. Sus ojos miran los arbustos florecidos. Sus oídos se deleitan con el canto de los pájaros que, volando de rama en rama, parecen acompañarla con sus melodías. Además la brisa parece susurrar una canción al moverse entre las hojas de los árboles.
Se pregunta si esa paz, esa calma que se siente es porque ese lugar es el paraíso. Repentinamente, se quiebra la placidez de su paseo. De la nada, sale una mujer que la detiene. Su aspecto es altivo, soberbio. Una sonrisa aviesa se dibuja en su rostro. Semeja un ave de rapiña de alto vuelo.
Katya quiere volver atrás pero ya no puede, porque el camino que había transitado se ha vuelto un lugar riscoso, cubierto de maleza, ramas y arbustos espinosos, que lo hace imposible. No le queda más remedio que enfrentarse a la recién llegada. Ésta se presenta como la Maldad y le dice que quiere hablar con Katya. Tiene mucho que decirle, agrega, porque ambas son iguales.
Katya la rechaza. No la reconoce como su igual. A ella no le gusta la maldad, no la practica. Es más, cree sentir que tiene una natural inclinación a hacer el bien.
La mujer le pregunta que quien le ha dicho que son diferentes. Son más iguales de lo que físicamente pueden parecerse.
Lo que diferencia a ambas es que la mujer admite su maldad mientras Katya no acepta ser mala por lo que no tiene nada que reprocharse al respecto.
La mujer se sonríe perversamente y comienza la enumeración de los actos erróneos de la joven: … que corta flores para alegrar su habitación y las deja marchitar sin siquiera cuidarlas;… que tiene pájaros enjaulados con el pretexto de darles de comer y cuidarlos sin pensar que los pájaros nacieron libres para ser libres;… que se hace servir por criados, menospreciados por ella, quienes la obedecen por miedo a perder sus trabajos.
Katya interrumpe el monólogo de la mujer diciéndole que ella los trata bien y les paga mejor. Pero se queda sin respuesta cuando la mujer desde el espejo le recuerda que entre sus servidores está su prima, Ana, a la que se complace en tiranizar, exigiéndole que la peine, que le arregle los vestidos, que le alcance cuantos caprichos se le ocurran.
Como justificándose, Katya dice que su prima, a quien ella realmente quiere, está en su casa desde que quedó huérfana y que si no estuviera con ella quien sabe donde estaría.
La mujer le responde fríamente que quizá en algún otro lado, trabajando con dignidad, pero sin que nadie le esté marcando su pobreza.
Repentinamente el camino que se refleja en el espejo comienza a estrecharse y sólo queda espacio para un caminante. Katya reclama su derecho de paso y trata de apartar a la mujer. Ésta no se mueve y advierte que no se apartará, porque ella es la maldad que Katya tiene dentro de sí. Es su parte egoísta, su maldad disfrazada de bondad. Ahora que la mujer le ha mostrado a Katya su verdadera alma, le dice que mire su cara en el espejo y vea que ambas, ella y Katya, son iguales.
La cara de la mujer en el espejo se desvanece, así como el camino, lleno de ramas secas y arbustos espinosos, desaparece. Detrás del rostro de Katya vuelven a reflejarse los objetos que se encuentran en su habitación. Y a su lado, sobre la bruñida superficie, la imagen de su prima esperándola con el cepillo para alisar sus cabellos.
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