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domingo, 1 de noviembre de 2009

Carmen

CARMEN

Por Sara Garfinkel

En reconocimiento a Prosper Mérimée por su relato origen de esta ópera,
a Henri Meilhac y Ludovic Halévy por el maravilloso texto base de esta ópera,
a George Bizet por su estupenda música,
a Enest Guiraud por su arreglo musical de la versión de Bizet,
a Francesco Rosi por su película basada en esta ópera
y a todos los amantes de….


CARMEN



Carmen es gitana moruna. Mucho se ha escrito y dicho sobre esta mujer considerada epítome de la lascivia femenil culpable de todos los males que han caído sobre la humanidad. ¿No fue Eva responsable de la pérdida del Paraíso para nosotros, pobres mortales?

En un mundo donde la historia ha sido manipulada por masculinos intereses, ya económicos, ya políticos, no es nada raro que se haya cargado con la culpa de este drama de amor, pasión, traición y odio a la bella mujer que coquetea y embruja al “íntegro don José con sus brujerías y maleficios”. Ella es la responsable de precipitar a don José en una vertiginosa e irreversible caída de perdición hasta convertirlo en un asesino. Su asesino.

CARMEN antes de ser ópera es novela y antes de ser novela es mujer.
¿Qué clase de mujer es Carmen? Se dice que fue una gitana de nombre Ar-Mintz (nombre en lengua Romaní fonéticamente parecido a Carmen) la mujer que inspiró al gran George Bizet, el trágico George Bizet – sin duda el genio operístico más grande de Francia.
Se dice que esta gitana era intensamente ardiente, impetuosa, apasionada y fácilmente propensa a repentinos y violentos estallidos pasionales provocados por sentimientos de admiración ó de indiferencia motivados por la actitud del hombre que esté a su lado.
Carmen – o Ar Mintz, si ustedes prefieren - es un personaje más allá del bien ó del mal, se entrega sin reparos al momento. Toda ella es la encarnación del instinto atávico del ser humano. Perseguida por su propio destino y obligada a encontrar los medios para eludir muchos pe­ligros, ella sacrifica su vida a una pasión, pero también juega con el amor, y lo usa a menudo como medio, cuando su dura existen­cia así lo exige. Ella sabe muy bien que su destino ya está de­terminado. Es posible que, como gitana encuentre para este sino una respuesta más valiente y más libre de reparos que el común de la gente.

Estamos en la Sevilla, año 1830. Carmen trabaja junto con centenares de mujeres (dicen que son 500 en total). Algunas jóvenes, otras viejas… algunas hermosas, otras no tanto… unas son gitanas, otras son payas… pero todas acostumbradas a una vida dura que la viven en medio de una miseria grande que soportan con dignidad; mientras obedecen las convenciones sociales de la época sin pensar siquiera en rebelarse.


Es un soleado mediodía estival. El cuartel de los soldados de la Guardia del Regimiento de Alcalá a la izquierda de la plaza del pueblo. A la derecha de la plaza el grandioso y vetusto edificio de la Fábrica de Tabacos. En la plaza la gente viene y va, en la plaza de armas del cuartel los soldados forman fila esperando la llegada de la nueva guardia que ha de reemplazarlos, en la fábrica las cigarreras espían la llegada de la nueva guardia al mando del cabo Don José Lizzara Bengoa.

De la fábrica de cigarros salen las obreras, coqueteando con los mozos del pueblo y con la soldadesca que está en su descanso. Bailan, cantan, se susurran palabras de amor, se besan, se abrazan. Son todos felices. Pero Carmen no está entre las muchachas. Ella ha preferido refrescarse en el manantial aledaño a la plaza, que surte de agua fresca al pueblo. Muchos de los mozos y de los soldados al no verla entre ellos preguntan por Carmen, “la Carmencita”.

Cuando emerge de la fuente, su figura esbelta y felina se destaca pues su vestido empapado está pegado a su cuerpo húmedo y marca lascivamente sus turgentes formas.
Y así, cuando de repente aparece “la Carmencita” a la vista de los hombres, éstos le preguntan - en un velado reproche donde se quejan de su larga espera - que cuando los amará, ella les contesta que no lo sabe, que quizá nunca, que tal vez mañana pero que segura está no será en ese hermoso y soleado día. Es que la hermosa gitana sabe que los arrumacos, devaneos y promesas de los galanes se desvanecerán cual volutas de humo apenas ella satisfaga sus deseos.

Es en este punto cuando Carmen, confiesa su real YO en un canto al amor libre, desnudando su alma y sus verdaderos sentimientos. No es ella la que miente en este drama pasional, son los otros que se mienten a si mismos al no querer escuchar su verdad.

Carmen reconoce que su amor es indómito, salvaje, arisco, montaraz. Desobedece cualquier ley que pueda cercenar su libertad. Rechaza a aquél que busca su amor y es atraída por ese que parece despreciarla. Advierte que es muy peligroso ser su amado porque ella es un pájaro que vuela libre por los aires y quien la ame terminará siempre siendo un pobre muñeco grotesco atrapado en su amor sin poder retenerla.

El cabo D. José ha oído esta confesión pero no la ha escuchado. Imperturbable trata de poner orden entre las muchachas y los soldados que están mezclados con el grupo de jóvenes, enviando a aquéllos de regreso al cuartel. Parece no prestar atención a Carmen, pero ella lo llama y cuando él se acerca esta mujer, que es un vergel salvaje siempre florecido, en un impulso sexual subyacente le arroja una flor amarilla, una flor de casia. La flor golpea el pecho del hombre a la altura de su corazón mientras la gitana sin dejar de mirarlo a los ojos le repite a modo de invocación:

¡Tú estás atrapado!

Don José en un movimiento reflejo se agacha, recoge la flor y la guarda en un bolsillo interior de su chaqueta. Parece embrujado.

Los acontecimientos se suceden como obedeciendo a la ley de gravedad del destino. Una gitana que trabaja en la Fábrica de Tabaco se ha peleado con una compañera de trabajo. En la disputa ha herido a la otra cigarrera en la cara. Don José es enviado al mando de dos soldados más a poner orden en la fábrica y llevar a prisión a la gitana “agresora”, quien no es otra que Carmen.
La ficción dice que al quedarse solos don José y Carmen, antes que éste la conduzca a la prisión, ella trata de seducirlo y le promete, si la deja en libertad, reunirse con él en la taberna de Lillas Pastia en Triana. Don José, entusiasmado y visiblemente cautivado por la personalidad de la cíngara, la deja escapar.
La realidad es diferente. Carmen está totalmente interesada - ¿podríamos decir enamorada? – de Don José. ¿Cuándo comienza este sentimiento en ella? Seguramente cuando él no presta atención a sus coqueteos. Ella se siente atraída por ese soldado que no muestra el menor indicio de pasión, ese hombre que ni siquiera la mira, a pesar del conjuro de la gitana., es cuando desafía a la más alta autoridad – el capitán Zúñiga que esta visiblemente interesado en Carmen – diciendo que ella nunca dirá lo que pasó en la fábrica aunque la corten en pedacitos o la quemen viva,. Guardará su secreto, lo guardará muy bien pues sin miedo desafía al fuego, al acero y al mismo cielo.
Luego, en un sensual coqueteo mira en los ojos al Capitán Zúñiga e ignora a Don José, quien es encomendado por su superior de restaurar el orden y llevarla a ella a la cárcel.


“Porque amo a otro hombre y moriría por él”

Ese otro hombre es, evidentemente, don José. No diré que este sentimiento es resultado de una equivocación del destino. Si diré sin temor a equivocarme que es la confirmación que nada ni nadie puede torcer el destino de las personas.
¿Qué ha visto Carmen en ese hombre que encendió en ella la hoguera de una pasión? Quizá su porte erguido que le confiere a su cuerpo alto y sólido una apariencia de varonil dureza. Montado sobre su caballo es un jinete firme al que ningún movimiento de su inquieta cabalgadura logrará desarzonar. ¡Qué hombre bien proporcionado es! ¡Qué armoniosa figura la de su cabeza hacia su busto en su posición ecuestre! ¡Y su rostro moreno de rasgos regulares e inmóviles y esos ojos negros de mirada de mando!.... Pero lo que Carmen no puede ver es el verdadero interior de don José. Don José es un mozo serio, bondadoso, sin pasado alguno. Ha salido de su pueblo para cumplir con sus deberes militares pero es, esencialmente, un campesino que quiere a su madre, respeta a su novia de la infancia y sólo quiere volver a su tierra navarra para trabajarla, formar una familia y respetar las leyes de la sociedad. Don José Lizarra Bengoa sabe obedecer órdenes pero no tiene voz de mando ni sabe mandar. Y eso no va con Carmen.

Carmen ya en prisión, le dice a Don José – quién rehuye toda conversación con la gitana – que se desprenda de la flor que ella le arrojó y el guardó cerca de su corazón, pues el hechizo de amor se ha cumplido. Y con sensuales y felinos movimientos de gata en celo le promete que lo llevará hasta la taberna de Lillas Pastia para beber manzanilla juntos. Le dice que bailará una seguidilla para el hombre a quien ella ahora ama. Ese hombre es un soldado que no es ni capitán ni teniente sino un simple cabo. Un simple cabo que es suficiente para una una simple gitana como ella, vehemente con los hombres y libre para amar a quien quiera.

¿No es esta canción una declaración de amor de una mujer enamorada? Quien diga que no, quien diga que Carmen sólo busca engatusar al hombre… conoce muy poco a las mujeres.
Por supuesto ella escapa porque Don José se lo permite, debiendo pagar éste su falta al deber con prisión y degradación.


En la taberna de Lillas Pastia, Carmen y sus amigas gitanas bailan y beben con algunos militares y muchos mozos de cantina. El lugar está colmado de música de cítaras y panderetas. Todo es un aquelarre de pieles bronceadas, anillos y collares de plata y bronce, melenas azabaches a su aire, faldas sueltas, blusas vaporosas. Todo es rojo y naranja, todo es fuego y pasión, todo es alegría y desenfreno. Las hermosas mujeres danzan y cantan. Las canciones de las gitanas andaluzas son una mezcla de música árabe, bereber, africana, sefardí.
Y sobre todas esas hermosas mujeres está Carmen. Carmen, gitana moruna que tiene sed de vivir y calma su sed bebiendo su vida. Escancia su sangre en el vaso de su corazón del que ella va a beber hasta el fin. ¿Quién sabe lo que siente esta mujer? ¿Es que disfraza con alegrías el deseo de volver a ver a ese tonto cabo que le ayudó en su fuga?
Carmen se entera que don José ha sido degradado por haberle facilitado la fuga, que ha sido encarcelado y que está de nuevo en libertad. Ella lo espera. Los arcanos de su alma gitana le dicen que sin duda este hombre vendrá a verla. En efecto, el cabo acudirá a la cita que ella le prometiera el día que él le permitió fugarse.

Pero antes llega a la taberna Escamillo, famoso torero de Granada, acompañado por un grupo de admiradores. Escamillo es saludado por los soldados quienes con el capitán Zúñiga a la cabeza, brindan por el conocimiento, coraje y la buena suerte del diestro. Éste responde al saludo y mientras levanta en alto la copa de la que va a beber en honor del capitán y sus soldados, les dice que los soldados son como los toreros ya que tanto unos como otros encuentran placer en la lucha.
Después de escanciar la copa de vino que le fuera ofrecida, les confiesa a sus escuchadores los sentimientos que en él despierta la fiesta taurina. Compara estos sentimientos con los que en él despierta la mirada de dos ojos negros que lo miran torear. El siente que en esa mirada está la promesa que después de la lid un amor apasionado lo estará esperando

Carmen y sus amigas coquetean con el torero. Escamillo se siente fascinado por Carmen y le pregunta que pasaría si él la amase. Ella le contesta que no debería amarla.
“Yo esperaré” es la respuesta del matador.
“La espera es dulce” contesta “la Carmencita” más con la mirada que con los labios.


Y el destino se cumple. Don José va a la taberna. Ella está feliz de verlo, baila para él y se le ofrece abiertamente. Así es como Carmen entiende al amor. Pero a lo lejos se oye el sonido de la llamada de retreta para el cuartel. Don José quiere retirarse para llegar antes de que pasen lista.
Y es en este momento cuando Carmen reacciona como una tigresa herida en lo más profundo de su celo. ¿Hay algo más peligroso que una mujer despechada, cualquiera sea su etnia? Lamentablemente nadie piensa en la mujer que ha sido dejada de lado por el sonido de un clarín. Creo que la mejor justificación de la conducta de Carmen no la daré yo. Ha sido dada por una excelsa mujer mejicana que vivió en el siglo XVII y que escribió sobre la “inconsecuencia y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que acusan”…

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón… “
(Sor Juana Inés de la Cruz)

Y así del amor Carmen pasa a la indiferencia total hacia ese hombre. Ella se burla de sus compromisos militares y le propone que vaya con ella a la sierra, para vivir juntos en libertad. El hombre se debate entre el deber de soldado y la pasión de hombre. Carmen se enfurece y Don José tiene que imponerle a la fuerza que le escuche sus declaraciones de amor. Carmen le responde que la única manera de probarle su amor sería que se uniera a ella y sus amigos en una expedición en las montañas. Finalmente y muy a su pesar, don José debe unirse a los contrabandistas amigos de Carmen y escaparse hacia las sierras.

Carmen comienza a aburrirse del amor de Don José, quien no consigue adaptarse a esta vida de libertad. Carmen no finge amores a un hombre si lo desprecia. Menos demostrarle admiración si él es necio o temor si es cobarde. Ella busca su futuro en las barajas. Una y otra vez los naipes le dan la misma respuesta: la muerte. Escamillo ha llegado a la guarida de los contrabandistas que está en las montañas. . Viene en busca de Carmen. Don José lo reta a duelo. Carmen aparece junto a los gitanos para separarlos. Antes de despedirse, Escamillo invita a los presentes a las próximas corridas de toros de Sevilla. El fastidio de Carmen crece cada vez que ve a don José, no soporta que él la toque y menos que la bese. Por eso cuando él parte para ver a su madre agonizante, Carmen comienza a sentirse feliz. Don José se va no sin antes amenazar a Carmen diciéndole que pronto habrá de regresar.

La Maestranza

Sangre y arena es el escenario del último acto de amor entre la gitana y el soldado. Ella está hermosa. Su elegancia no puede ocultar su verdadera naturaleza salvaje. Carmen es ahora la amante de Escamillo. Luego de reiterarle su amor, Escamillo deja a Carmen y parte al ruedo. Ella sabe que Don José se encuentra entre la multitud. Pero no tiene miedo. Es esa fuerza desconocida que la empuja a enfrentarlo. Don José le ruega primero y la amenaza después. Todo es en vano. La gitana le grita su desprecio y le repite una y otra vez que ahora ama al torero. Se escucha cómo la muchedumbre aclama a Escamillo y Carmen intenta entrar en la Plaza, pero Don José, presa de la ira y de los celos, la mata a puñaladas. Luego, sollozando, la invoca desesperadamente, confiesa su crimen y se deja arrestar.






A Don José

Los ojos que tú miraste, no los verás más,
Sus cabellos negros no los acariciarás.
Su súbita aparición hechizó tu vida,
Ha sido para ti, pobre don José,
Espejismo de tu vista enfebrecida.

Tú la viste llegar prestamente a ti
y descender a tu virilidad cual
estrella errante al anochecer.
Tu la imaginaste inocente desde tu alma
que desconocía el mal.
Tu esencia de hombre
era como un sendero níveo, sin huella ninguna.

Tú quisiste hallar en su mirada la respuesta
a tu inexperiencia sexual, a tu vigilia de amor, y a su abandono.

Ella te respondió con su frialdad altanera…

¡Que amargo es el desprecio de la mujer que aborrece!
¡Qué peligroso es el hombre que no acepta ser abandonado!






A CARMEN

Muestra – según muchos - una
Grosera carátula de su bello rostro
Ojos de mirada enviciada, perversa.
Labios rojos de sangre
Abiertos en hipócrita sonrisa.
Modales sin finura
Palabras henchidas de dulce mentiras.
Arrogante simuladora de fino porte embustero.
Pero......
Para mi ella nos muestra
Su alma desde el primer momento
Alma que tiene la inocencia del niño
Que ama y deja de amar
Sin pensar que lo fugaz de su amor
Pueda dañar a otros corazones.





Colofón

Don José comete un crimen pasional. Podría ser condenado por el mismo, esto es obvio. ¿Pero ha sido él el único responsable de este crimen? ¿No fue Carmen quien lo empujó al abismo? ¿No han sido culpas compartidas? Tiene Carmen alguna justificación, salvo el de haber sido la victima? ¿Es que don José es sólo el victimario?
Tanto Carmen como él son víctimas y victimarios de una aberrante relación. Ella es la víctima material, él la víctima espiritual.
Ninguno de los dos deberá ser castigado por haberse amado y deseado. Pero don José será siempre mirado con simpatía y hasta justificado en su desenlace final. Mientras que Carmen…
Carmen nunca será comprendida. Siempre quedará privada de justificación alguna. Es que ella es una mujer que siempre ha estado más allá del bien ó del mal. Siempre se entregó sin reservas al momento que le tocaba vivir. Sin término medio. Ella es capaz de sacrificar su vida por una pasión o por un menosprecio. Es que ella sabe muy bien, con esa sabiduría heredada de sus ancestros, que el destino ya está determinado. Como gitana eso no la asusta sino que la incentiva pues le da más valor y la libera de toda atadura.
Sin ser un demonio está endemoniadamente dominada por su instinto sexual. Es coqueta y altiva, desdeñosa y orgullosa, pasional y arrogante. Es peligrosa para si misma ya que al fin su misma belleza y el poder que de ésta emana la destruyen. Es peligrosa para los demás porque ella es la encarnación del instinto más ancestral del ser humano: ama ó desdeña. No tiene término medio. Es que esta mujer no es culpable, porque así la educaron.
Pobre mujer, su cíngara belleza, su magnetismo y su fidelidad a si misma la llevaron a la muerte.




Sara Garfinkel
(De su libro “Disquisiciones sobre lo que me Gusta”)

viernes, 25 de septiembre de 2009

Viejos Jóvenes



Viejos Jóvenes


Quienes han nacido después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial – conocidos como “baby-boomers” - pertenecen a las más venturosas generaciones. Es que al culminar la primera mitad del siglo XX el mundo entero desechó conformidades y rituales antiguos para dar libertad a las nuevas generaciones para que en nuevas filosofías y acciones de vida que son las que hoy, en pleno siglo XXI, toda persona que atraviesa su sexta década de vida en más tiene el derecho de disfrutar. Así es que en esta sociedad del mismo modo que los jóvenes redefinen sus roles y su papel en ella, quienes transitan su tercera edad empiezan a reivindicar nuevas funciones con más fuerza que en el pasado.
Los jóvenes, en este mundo globalizado del siglo XXI tienen una apretada agenda en la búsqueda de su camino por la vida. Ellos van consumiendo sus mejores energías juveniles, ocupados en crecer, perfeccionarse en conocimientos, insertarse en la sociedad, ya sea por medio de un trabajo, un oficio, una profesión. Luego la formación de pareja y de alguna manera establecerse. Por eso al promediar la sexta década de vida es cuando se puede comenzar a vivir plenamente, poniendo en práctica toda la experiencia adquirida en el transcurso de la misma. Cada pérdida sufrida reporta una experiencia ganada. El sexagenario del siglo XXI tiene una vida mucho más enérgica y activa, sin las connotaciones de aislamiento o soledad que, en su más profunda ambivalencia, encierran las palabras vejez, ancianidad, senectud, senilidad, vetustez. Palabras éstas que deben ser eliminadas del glosario por ser negativas y discriminatorias.
Pero recordemos que muchas personas capaces, genios o no, pueden florecer temprana ó tardíamente; no importa a que edad comiencen a producir, lo que importa es que podamos hablar de su producción más allá de su edad. Las artes, las ciencias, el mundo de los negocios nos dan infinidad de ejemplos. Es decir que cuanto más fértil sea una persona después de haber llegado a su sexta década de vida, más feliz será su ella en su tercera y cuarta edad.
Vamos a hablar sobre Giuseppe Verdi, una emblemática personalidad que a partir de su sexta década de edad culminó su obra de vida con la misma fuerza que tenía cuando su juventud.
Verdi, viudo desde largo tiempo, contrajo un segundo matrimonio con Giuseppina Strepponi, ex cantante de ópera y vieja amiga suya, cuando el compositor estaba promediando la cuarta década de existencia. Verdi y Giuseppina obviamente estaban muy seguros de su relación. Y tan seguros estaban que su casamiento al final de la década de 1850, fue un evento tranquilo, como algo que había sido muy pensado durante la larga convivencia que tuvieron antes de pasar por el altar. El 29 de agosto de 1859 la pareja se unió en matrimonio en la parroquia de la iglesia de San Martín de una pequeña villa piamontesa.

Ellos convivían en un equilibrio del perfecto, no porque fuesen iguales, sino porque se complementaban. Peppina era de mente abierta y tenía un gran sentido del humor mientras que Verdi era más complicado, callado y sarcástico. Ella era diplomática, él podría ser violento. Ella era naturalmente franca y agradable, él era irónico y mordaz con un carácter bastante intemperante. Ella se manejaba bien con los idiomas mientras que él encontraba difícil comunicarse verbalmente en cualquier idioma que no fuese el italiano. El francés de Giuseppina era excelente al igual que su español. Ella tradujo para Verdi las obras sobre las cuales él se basó para componer Il Trovatore y Simon Boccanegra .
Su relación de cincuenta años fue de afecto mutuo y respeto – aunque a mediados de 1870 apareció el inevitable pelo en la sopa, lo que llamaríamos la crisis de la mitad de la vida en Giuseppe Verdi. Al mencionar “la crisis de la mitad de la vida de Verdi” a sus ya bien cumplidos 60 años, nos referimos a la mitad de su vida laboral. Obviamente de ninguna manera queremos significar que Verdi vivió hasta los 120 años.

Es en la década de 1870 cuando Verdi trabaja con la misma pasión de sus años jóvenes y produce obras maestras como el Réquiem, en memoria de Alessandro Manzini, el novelista más admirado por Verdi. En 1875, la Misa de Réquiem es interpretada en la Iglesia de San Marcos en Milán bajo la batuta del mismísimo Giuseppe Verdi quien ya cuenta con 62 años. En 1880,trabaja en la revisión de Simón Boccanegra, ópera compuesta y estrenada 23 años antes. Quiere rejuvenecer la ópera que creara cuando tenía 44 años ahora que él ya ha cumplido los 67. Y al cabo de seis meses consigue finalizar la revisión de Boccanegra. Además está dando forma, junto con Arrigo Boito, al libreto de Otello.
En 1884, a sus 71 años, Verdi comienza la composición de Otello, ópera que finalizará dos años más tarde, cuando ya tiene cumplidos 73 años. Un año más tarde estrena Otello en la Scala de Milán. Otello es considerada por muchos la más grande entre las óperas de Verdi. Verdi maneja la orquesta en Otello con maestría. Otello es una gran obra y su lenguaje nos resulta tan directo hoy como pudo resultarle al público milanés de hace más de un siglo. Otello es una obra de arte musical que es puro Verdi, no refleja la influencia de ningún otro compositor.
Y sigue luego con más trabajo y más ímpetu. A los 75 años compone “Laudi a la Vergine Maria”, la cual la publica como Nº 3 de “Cuatro piezas Sacras”. Un año más tarde – ya tiene 76 - es cuando compone “Ave Maria sulla scala enigmatica”. Y luego la divertida “Falstaff”, la única ópera digna de ser el broche final para un compositor de la talla de Giuseppe Verdi. Después de celebrar su septuagésimo séptimo cumpleaños dice que necesita cerrar su labor componiendo una ópera cómica, ya que “las bromas y risas de la comedia son un estimulante para la mente y para el cuerpo”. “Manos a la obra con Falstaff. Olvidemos los obstáculos, mi edad y los achaques”
Después de dos años de arduo trabajo teme por la conclusión de su obra. Temor que no es más que coquetería de viejo-joven-viejo zorro que a pesar de este discurso: “Cuando era joven, podía pasarme 10 o 12 horas en mi escritorio, trabajnado sin cesar, a pesar de mi mala salud. Más de una vez me ponía a trabajar a las 4 de la mañana y no paraba hasta las 4 de la tarde, tomando sólo una taza de café para mantenerme en pie. Ahora no puedo hacerlo. En aquellos tiempos, controlaba mi salud y mi tiempo. Ahora, por desgracia, las cosas no son así. Concluyendo: lo más conveniente ahora y en el futuro es decir no puedo y no haré la menor promesa en relación con Falstaff. ¡Pasará lo que tenga que pasar y como tenga que pasar!”
Termina de componer “Falstaff” a los 79 años Al comienzo de la octava década de su vida comienza a ensayar Falstaff, algunas veces hasta 8 horas diarias. El 9 de febrero de 1893 se estrena la ópera en la Scala de Milán. Desde su mismo estreno, Falstaff ha sido recibida con entusiasmo y con admiración; parece increíble que una ópera con un calor tan vital y un lirismo tan alegre haya sido obra de un octogenario. Octogenario que despide a su personaje Falstaff garabateando en la partitura de la obra
“Tutto é finito. Va, va, vecchio John”

Más aún
Tiene 81 años cuando compone la música para un ballet y hace algunos arreglos para el estreno de Otello en Francia. A sus 82 años comienza a componer el Te Deum que será publicado como el Nº 4 de “Cuatro Piezas Sacras”. A los 83 años trabaja en el “Te Deum” y “Stabat Mater”, el Nº 2 de ‘Quatro Piezas Sacras’.
Más no es la edad la que lo va a derrotar a este viejo luchador sino la vida en su inexorable andar. En 1897 Giuseppina, su amante compañera por 50 años e incansable apoyo a través de los más y de los menos de la vida, lo deja para siempre.
A partir de ese momento Verdi – con 85 años a cuestas – decide permanecer en su suite del Grand Hotel en Milán. Desde ahí supervisa la construcción de la Casa de Reposo, hogar de retiro para músicos pobres. Para este proyecto había comprado en 1889 un terreno en la ciudad de Milán. Y en 1899, con 86 años, funda oficialmente la Casa di Reposo.
Él ya había donado para la construcción de un nuevo hospital para los pobres jornaleros de granja y sus familias en Villanova, aunque en esa oportunidad contribuyó con dinero y en esta ocasión supervisó los trabajos.
Pero Verdi no sólo fue un “joven-viejo activo” en la faz laboral sino también lo fue en el aspecto sentimental. Giuseppina no sólo era una mujer muy inteligente y bien-educada, ella también era una mujer paciente y sabia, y capeó el temporal sentimental que provocó la tormenta creada cuando el afecto de Verdi hacia ella se convirtió en desamor. El sexagenario compositor se enamoró perdidamente de la soprano Teresa Stolz.
La soprano checa Teresa Stolz había actuado como solista en la representación del Réquiem de Verdi y en la mayoría de las interpretaciones efectuadas en Italia, así como en la gira por Europa. Había sido la amante del director Angelo Mariani y a sus 40 años era una mujer de gran atractivo. Había intimado con los Verdi y hubo rumores insistentes sobre la verdadera naturaleza de su relación con el compositor.
La Stolz ha sido descrita como una mujer intrigante y ambiciosa que había abandonado a Mariani por Verdi. Se decía de encuentros clandestinos de la “amorosa pareja” Verdi -Stolz en un lujoso hotel de Milán. El ya tenía 62 años, lo que es, según nuestros standards actuales el comienzo de la 3ª edad.
Giuseppina estaba al tanto de estos devaneos sentimentales y le escribió una carta comprensiva y amistosa a la Stolz.: “Nosotros te queremos. Tú lo sabes, lo crees y te alegras de creerlo. Puedes estar segura de que conservaremos nuestros sentimientos hacia ti el resto de nuestros días”.

Es imposible saber si lo que unía al compositor con la admirada soprano era un mero sentimiento romántico o algo más profundo. En 1864 la Stolz tenía 30 años cuando hizo su primera aparición en Italia, cantando en Il Trovatore en Spoleto y al año siguiente ella cantó triunfalmente la Juana de Arco de Giuseppe Verdi. Este fue el comienzo de la carrera de uno de las más requeridas cantantes en Europa. Su popularidad se acrecentó por haberse convertido en una de las favoritas cantantes de Verdi. Los encantos de la Stolz (19 años más joven que Giuseppina) provocaron los celos – no infundados – de la señora Verdi. El compositor, profundamente enamorado de Teresa la eligió como la primer soprano de Aída en Italia y luego para las premieres mundiales de Don Carlo y el Réquiem.

Debemos quebrar este momento sentimental echando por tierra la imagen romántica de don Giuseppe. Verdi amaba la buena mesa y era un buen cocinero. Como prueba de amor él no le enviaba a su “prima donna” favorita – la Stolz – flores o joyas sino recetas de comidas. Así luego del éxito en la presentación de su Misa de Requiem, le envió como prueba de amor y admiración un paquete conteniendo un pechito de cerdo y una carta con la receta secreta para preparar el plato.

“Mi querida te recomiendo que recuerdes los siguientes pasos para cocinar apropiadamente este pechito de cerdo. 1) Sumerge la carne en agua tibia durante 12 horas para remover la sal.
2) Luego ponlo en agua fresca y fría para hervir a fuego lento durante 3 horas y media, o quizá 4 si el pechito es muy grande. Tu podrás darte cuenta si está cocido pichando la carne con un escarbadiente. Si éste entra fácil eso significa que el pechito está cocido. 3) Déjalo enfriar en su propio caldo y luego sírvelo. Debes ser especialmente cuidadosa acerca de la cocción. Si la carne es demasiado dura no está bien y si está demasiado cocida la carne se volverá seca y fibrosa”.

Agotada, triste y desconcertada, Giuseppina salió de este tumulto emocional después de siete años de angustia e incertidumbre con su dignidad más o menos intacta, aun cuando la situación no fue resuelta completamente.
Una paz relativa, o más bien una tregua, volvió a la casa de los Verdi por 1877. La discreción es la palabra más adecuada para calificar a la situación. La correspondencia entre las dos mujeres durante el 'el ménage à trois' son una lección de retórica de comentarios oblicuos, amenazas veladas y apelaciones escasamente ocultadas. Después de 1877 sus cartas eran menos frecuentes y asumieron un tono diferente, casi fraternal, dándose consejos la una a la otra sobre vestidos y encajes, pieles y mobiliario.
Por más herida que Giuseppina hubiera estado durante ese tiempo terrible, ella siempre estuvo al lado de Verdi y nunca perdió su afecto profundo y amor por él. Es de hacer notar que fue en esa época cuando Verdi había mostrado un comportamiento muy desconsiderado hacia ella, siendo sus usuales momentos de silencio seguidos por violentos abusos verbales y psicológicos.
Ella seguía siendo su incansable apoyo, muy importante en los años maduros cuando la actividad de Verdi pareció crecer acorde a una creatividad inusitada que lo llevara a seguir con la revisión de Simon Boccanegra y el nuevos Otello y Falstaff.
Lo cierto es que la amistad de la Stolz con los Verdi no se interrumpió, y tras la muerte de Giuseppina, Teresa siguió siendo la amiga abnegada del compositor en su sus últimos años.
Giuseppina Verdi Strepponi se murió a Sant'Agata el 14 de noviembre de 1897. Una carta escrita a ella por Verdi cincuenta y un años antes, en 1846 - una carta que nadie alguna vez vio excepto el escritor y el destinatario - sería puesta sobre su corazón y se enterraría con ella, de acuerdo con su último deseo en su testamento.
¿Es demasiado sentimental lamentar el hecho que el sobre no se encontró hasta después de que el ataúd fue sellado?
Ella nunca consiguió que su marido dejara su posición agnóstica: no obstante sus últimas palabras a él fueron:
' Y ahora el addio, mi Verdi. Así como nosotros estuvimos unidos en la vida, pueda Dios reunir nuestros espíritus en el Cielo. '
Detrás este gran hombre estuvo esta gran mujer, por cierto. Giuseppina Verdi Strepponi reafirma el viejo adagio de que son pocas las mujeres que puedan compartir su vida con un genio creativo malhumorado y difícil como ella lo ha hecho.
El magnífico compositor falleció a los 88 años, para ser precisos el 27 de enero de 1901 en el Grand Hotel de Milán.
De entre la multitud reunida para dar el último adiós al músico que descansaría junto a Giuseppina en el cementerio municipal de Milán, se oyó una voz que comenzaba a cantar muy sosegadamente “Va, pensiero, sull’alli dorate”.

Al año siguiente – 1902 - Teresa Stolz, la “soprano para Verdi”, dejó de existir.

Tiempo después, Giuseppe, Giuseppina y Teresa fueron a dormir en paz a la Casa de Riposo, donde como en un cuento de hadas, el amor sobrevive a la muerte. El gran compositor duerme su sueño eterno junto a las dos mujeres que tanto lo amaron. Giuseppina a su derecha y Teresa a su izquierda.


Bibliografía:
DIGAETANI, John Louis: Invitación a la Ópera Javier Vergara Editor S.A. Buenos Aires. Argentina, 1989
OSBORNE, CH.: Verdi. Londres, Macmillan London Ltd.1978