lunes, 8 de marzo de 2010

A mis amigas en el Dia de la Mujer

As they say in English: “a friend in need is a friend indeed”



Te miras en el espejo con tu mano sobre tu frente, escudriñando tu hermoso rostro – hermoso, ¿por qué no? – con mucho cuidado. No trates de enjugar esa traviesa lágrima que se desliza sobre tu mejilla porque has encontrado tu primer cabello blanco.

Ha pasado el tiempo sin que te hayas dado cuenta. Tu esposo, tus hijos, tus nietos. Se han marcado surcos alrededor de tus labios y en el borde de tus ojos. Pero, tanto arrugas como canas han dignificado tu belleza.

Los pliegues en la piel de tu rostro, más que por efecto de la edad, son consecuencia de las penas que el devenir de la vida conlleva. Las odiosas “pata de gallo” que circundan tus párpados son, seguramente, el camino de ocultas lágrimas. La triste curva descendente de tus labios, son palabras de amor nunca pronunciadas. La sombra en tu mirada es el agobio de tu corazón que palpita al ritmo del palpitar del corazón de todos a los que amas.

Sin embargo, te sientes tan vital que podrías danzar como las jóvenes lo hacen en sus alegres momentos. Tus ojos aún conservan su brillo juvenil y tus labios están húmedos y rojos, como estaban cuando dejaste de ser adolescente para convertirte en mujer.

Es que has sido una feliz esposa y una amante madre. Porque sientes que esa primera cana es el prueba tangible de que has aprovechado tu vida. Es la prueba tangible de tu realización como hija, esposa y madre. Es decir, como mujer.

Te sigues mirando en el espejo. Pero ahora no es una lágrima furtiva la que ensombrece tu semblante, sino una sonrisa traviesa la que lo ilumina. Recuerdas la mano de tu mamá acariciando ligeramente tus cabellos, sientes el beso maternal que roza tu frente. Hasta te parece ver la sonrisa cómplice de tu papá, cuando salías para tu primer baile.

Ya tu primer cabello blanco no tiene importancia. Tampoco importa que el sol del verano se esté por poner y que la primavera comience a retirarse. El otoño es hermoso y es sabio.

Tu, en tu madurez, con tu cabello gris y tu rostro con sus plieguecitos ganados a través de la vida que has vivido, eres hermosa y eres sabia. Porque eres MUJER.


En tributo al gran poeta Thomas Haynes Bayley (1797-1839)

domingo, 7 de marzo de 2010

Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata


Anécdotas de una Calle Corta de Mar del Plata


Estas anécdotas están contadas con todo mi amor de hija, esposa y madre
Mar del Plata 2009




PRÓLOGO

No se porque se me ocurrió emprender este relato. Quizá sea el deseo de dejar
mi huella en el sendero de la historia marplatense. Esta será una tarea para
muy difícil de llevar a cabo porque mi condición de ser inmueble me impide toda
forma de conversación con los vecinos que transitan día y noche por mis
veredas. Si bien el diálogo me está vedado no así el dialogismo. Yo platico
conmigo misma desde que amanece y aparece el primer viandante hasta que las
sombras nocturnas oscurecen mi visión y ya nadie pasa por acá.
Este dialogismo ha despertado en mi conciencia un continuo fluir de
percepciones, pensamientos, sentimientos y recuerdos en mi mente asfaltada y
embaldosada. El problema es que este monólogo interior siempre me lleva a
relatos donde mezclo hechos y protagonistas sin prestar atención a normas
gramaticales, sintácticas y lógicas. Advierto al lector que encontrará en este
trabajo innumerables muestras de impresiones visuales, auditivas, táctiles,
asociativas y subliminales que quizá lo asombraran pero nunca confundirán y
menos, aburrirán. Mis relatos son coherentes aunque estén basados en la libre
asociación de ideas e imágenes y muchas veces no respeten la cronología de los
hechos. No sólo deseo con estos pormenores de mi vida cotidiana dejar mi huella en el
camino de la historia de Mar del Plata, también aspiro con los mismos
entretener y divertir a mis lectores.

Me presento en Sociedad
Todo me sucede a mí. A mí, que de todas las calles de Mar del Plata no soy ni la
más larga, ni la más ancha y no figuro en el catastro municipal como calle
porque soy una diagonal. Soy la diagonal Antonio Álvarez. Una – si no la única
– de las más cortas vías de tránsito de la ciudad. Se puede decir que desde
siempre he sido una vía de comunicación que comienza acá y termina allá.
Menos de 100 metros – 86 metros 50 centímetros, más exactamente - separan el
“acá” del “allá”. Además ni siquiera fui dibujada en el trazado original de la
planta urbana. Según datos recogidos del trabajo VALOR PATRIMONIAL DEL
TRAZADO ORIGENES DE MAR DEL PLATA
, Felicidad Paris Benito
(publicado en la revista Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño, Mar del
Plata, 2001, pag. 45), “El trazado de la planta urbana, ha sido estructurado por
el agrimensor proyectista, basándose en tres ejes verticales que terminan en el
mar, respondiendo a las actuales avenidas Colón, Luro y Libertad y uno
horizontal que atraviesa a los anteriores, correspondiente con la avenida
Independencia…” “En cuanto a la disposición de las manzanas, carecen de un
límite geométrico concebido como tal, se encuadran en una figura asimilable a
un triángulo siendo los catetos de éste las avenidas Colón e Independencia
respectivamente y la hipotenusa la línea de ribera marítima…”.
Como soy parte interesada en este relato y no quiero dejar ningún cabo suelto
con respecto a mi nacimiento diré que Mar del Plata, mi ciudad natal, tuvo un
post-parto algo complicado en lo que respecta a su trazado. Si bien
geográficamente está en el ámbito regional conocido como pampa húmeda, ella
no es un típico caso de ciudad pampeana. Su terreno no es llano. De ahí que el
tradicional trazado a cordel adoptado por los colonizadores españoles para el
diseño de las ciudades en América, acorde a lo exigido por las leyes de Indias,
no pudo ser aplicado a nuestra ciudad.
Entre las lomas de Santa Cecilia, Stella Maris y Divino Rostro, amén de otras
elevaciones menores, las sinuosidades costeras y los dos arroyos que cruzan la
superficie del terreno a medir para reproducir su contorno en los planos
catastrales, provocaron en el trazado de muchas manzanas una irregularidad
manifiesta, ya que éstas no son cuadradas, como es lo habitual en los pueblos de
la provincia de Buenos Aires, sino son trapezoidales o triangulares. Esto se
aprecia cuando llegamos a las diagonales Pueyrredon y Alberdi. Sin embargo, la
falta de simetría en el trazado en deferencia a la línea diagonal del arroyo
implica para nuestra ciudad una muestra palpable del “ser marplatense”. Es
parte del patrimonio tangible que hace a todo el acervo moral y cultural de
cualquier colectivo urbano.
He de aclarar que de los dos arroyos que cruzaban la superficie del terreno a
mensurar, el más importante denominado del Puerto (hoy de las Chacras), está
entubado y el otro, de menor importancia llamado el Cardalito, está
desaparecido del casco urbano.
Tanto proyectistas como terratenientes no pudieron obviar la importancia del
arroyo del Puerto en la Mar del Plata que sólo era un caserío. Y así desde las
avenidas Colón e Independencia hacia el oeste el arroyo corre por debajo de
manzanas de tipo común aunque aparezcan al pasar dos pequeñas diagonales, la
Antonio Álvarez y la Ovidio Zubiaurre. Éstas, que deben su existencia a la
antigua presencia del cauce del arroyo, son motivo de curiosidad del
marplatense por adopción o del turista no advertido.
En verdad, y usando una frase muy de barrio confieso que soy “hija del arroyo”.
Podrá parecer una confesión muy peyorativa pero es la cruda verdad sobre mi
nacimiento. No reniego de mis orígenes pero justamente esta situación
socialmente despreciativa de ser “hija del arroyo” me provoca un sentimiento de
minusvalía que, a pesar de yo ser ya casi centenaria, no he podido superar
totalmente. Lo que si me llena de alegría es que hace muchos años resolví mi
problema de identidad cuando después de muchas idas y vueltas me dieron un
nombre que es mi orgullo pues honra la memoria de un insigne vecino de la
ciudad, D. Antonio Álvarez, quien fuera el primer comisionado municipal de la
ciudad de Mar del Plata.
Antes de continuar quiero decirles que no debe asombrarles que yo esté tan
dispuesta a contar aspectos de mi vida. No me gusta el chisme porque en el
chisme hay algo de mendacidad irrespetuosa hacia el semejante. Entre tantas
particularidades que me han marcado desde mi nacimiento, el respeto ha sido
primordial. El respeto hacia mí misma – quizá por esa ausencia de identidad que
me acompañó durante tantos años – y el respeto hacia los demás. Respetar
significa, entre otras cosas, tener una actitud atenta hacia las opiniones ajenas.
Como durante tanto tiempo no he tenido nada que hacer porque era escaso el
movimiento peatonal sobre mí, me dediqué a escuchar las conversaciones de
los pocos vecinos que me transitaban. De ellos aprendí que hay que saber ver,
oír y callar porque se es esclavo de las palabras que se dicen. Es así que no es de
asombrar que yo sea una calle capaz de contar tantas cosas y mejor aún,
escribirlas. Especialmente para aquéllos que me atraviesan velozmente. Cuántos
transeúntes y automovilistas me usan simplemente como camino útil para
acortar la distancia hacia la avenida Colón o evitar el cruce de ésta con la
avenida Independencia. Pasan sobre mi trocha con una total indiferencia.
Cuántos turistas y marplatenses siquiera saben como me llamo. Ni les interesa
averiguarlo.
(continuará)

martes, 23 de febrero de 2010

La Reina de los Nueve Días

La Reina de los Nueve Días

Lady Jane Grey, educada en la debida obediencia cortesana acepta de mala gana el arreglo de su matrimonio con Lord Guilford Dudley. El tiene diecisiete años, es un adolescente, candoroso, sin doblez. Ella no ha cumplido aún dieciséis años. Comparte el lecho conyugal con un joven al que no ama.

Ella es la sobrina nieta del Rey Enrique VIII de Inglaterra. Su abuela, María, es la hermana menor de Enrique VIII. Él es el sexto hijo del taimado John Dudley, Earl of Warwick y Protector de Northumberland.

Un pariente lejano de Jane, el Rey Eduardo VI de Inglaterra, yace agonizante. El Protector de Northumberland convence al joven que posee la autoridad suprema para nominar a Lady Jane Grey heredera al trono inglés. El moribundo príncipe soberano accede. Ilógica decisión si se tiene en cuenta que ella es la sobrina nieta del difunto rey Enrique, padre del actual monarca inglés. Por lo tanto su ascensión al trono inglés desconoce el derecho de soberanía de las medio hermanas del Rey Eduardo, María y Elizabeth, y de los descendientes de la Reina Margarita de Escocia, tía de Eduardo. Hasta la Duquesa de Suffolk, Lady Frances, madre de Jane queda fuera de la línea dinástica.

Jane no quiere nada que no sea una vida tranquila y un amor de princesa. Nada más pero nada menos. Pero su destino será otro. Desde la cuna hasta el calabozo su destino ha estado ligado, de alguna manera, a su pariente lejano, el Rey Eduardo VI. La niña nace en el mes de octubre de 1537, el mismo mes y año que el Rey, que se supone, será sucedido por ella. Jane, al igual que el rey, es extremadamente bien educada. Es instruida en varias ciencias, artes y otras materias, especialmente idiomas como hebreo, griego y latín. Además, ella, como Eduardo, es firmemente protestante.


Sus quinces años la encuentran, en la primavera londinense, vestida de novia celebrando sus esponsales con Lord Guilford Dudley. Es el 21 de mayo del año 1553. Guilford, pobre Guilford. Tan infantil en su boda y tan hombre en su muerte.¡Cuánto ha madurado en sólo tres meses!

Este pensamiento la altera. Busca sosiego en la penumbra de su lúgubre aposento. Pero sólo consigue ahogarse cual si la aplastará el peso de esas seculares piedras. Le palpitan sus sienes como si fuesen a estallar y su fatigado corazón parece detenerse. Las lágrimas acuden a sus otrora bellos ojos y llora desconsoladamente porque es la única forma de desahogar sus penas mientras trata de entender las circunstancias, los sucesos, las personas que la han colocado en el estado que está.

Los sentimientos de Jane son confusos. Alegría y angustia, sobresalto y recelo, rebelión y decaimiento, miedo y valor. Quisiera volar y escapar de entre las rejas de la ventana de la prisión donde está recluida desde hace casi siete meses. Pero es en vano. Se estrella contra las puertas imposibles de franquear y los paredones cubiertos con una capa de yeso ennegrecido por el tiempo, que hace más sombrío el interior del aposento de la Torre que la encierra. Sabe que tiene tiempo, mucho tiempo para recomponer sus recuerdos. Recuerdos recientes porque Guilford y ella son tan jóvenes que sus memorias casi no tienen pasado.


Jane no es culpable de nada. Ha sido el necesario y fatal encadenamiento de los sucesos. Jane es reacia a aceptar la corona que se le ofrece. Es su ambicioso suegro el que de alguna forma la convence. Apenas se confirma la muerte del Rey Eduardo el 10 de julio de 1553, Lady Jane Grey es proclamada Reina de Inglaterra.

Qué hermosa está la joven soberana. La sangre Tudor que corre por sus venas se potencia, y allá hace su entrada triunfal en la Abadía de Westminster con la pompa que las circunstancias ameritan. Es tan pequeña que usa zapatos con tacón y plataforma para elevar su estatura. Además la cola de su vestido es tan larga e importante que varias damas, su madre entre ellas, ayudan a llevarla.
El torrente de sus lágrimas no puede ocultar una esbozada sonrisa cuando rememora la situación. Y un suspiro, que parece desalojar de su pecho algo de la pena que lo invade, se produce al recordar su inflexible rechazo de la sugerencia que su marido, por quien ella sentía poco afecto en ese momento, debe ser proclamado Rey junto con ella.

Nueve días dura la aventura real. El 10 de julio de l553 la Reina Jane es depuesta. El suegro de Jane, Northumberland, es tomado prisionero, condenado y decapitado el 22 de agosto de 1553. Jane y Guilford son acusados de alta traición, declarados culpables y confinados a la Torre.

Jane cree estar enloqueciendo. Enloqueciendo de amor. Un frío de hielo la envuelve y consume. Al principio no atina a definir que es lo que le acontece. ¿Cómo llegó a enamorarse de su esposo, ese joven inexperto e inmaduro, con quien se casó a regañadientes? El infortunio acerca el uno al otro en la adversidad. Ambos son las inocentes victimas de la abrumadora ambición de sus padres.

Jane se acerca presurosa a las rejas de la ventana. Ahí, ansiosa, aguarda. Transpiran sus delicadas manos fuertemente asidas a los hierros. Su frente está cubierta de finas gotitas producidas por un nervioso sudor. Sabe que por ese camino transitará, en un paseo sin retorno, su esposo. Es la mañana del 12 de febrero de 1554. Guilford se acerca caminando hacia su muerte. Jane lo saluda y se despide de él desde la ventana de su prisión. Se muere por alcanzarlo, lo sigue con la mirada hasta que desaparece. Queriendo conservar la sombra de su estampa para siempre en su retina no retira la vista del camino hasta que… un poco más tarde, ella ve el cuerpo decapitado de él, retornando sobre un carro tirado por una mula, con la cabeza del joven envuelta en un trapo ensangrentado.
Un poco más tarde ella sigue el mismo destino. Pero su decapitación es en privado. Ha sido, aunque sólo por nueve días, Reina de Inglaterra. Como tal Jane aceptó su pena con tranquilidad y fortaleza.

Se dice que la Reina Maria Tudor, Mary I de Inglaterra, decidió la ejecución de los jóvenes después de mucho pensarlo. ¿...O no...?

jueves, 18 de febrero de 2010

Katya en el Espejo

Katya en el espejo

Sobre la cómoda está todo perfectamente ordenado. Todos los cosméticos acomodados en el rincón derecho; a la izquierda, varios frascos pequeños conteniendo cada uno de ellos exóticas y caras fragancias; en el centro, un juego de pinceles y brochas, de esas que se usan para maquillarse, una libretita al lado de su celular, una cajita de papel tissue, lociones tónicas y cremas de limpieza y nutritivas, … lo habitual. Nada contrario a lo usual en el tocador de una mujer, especialmente joven y hermosa como es Katya

Katya se mira al espejo. Está satisfecha con la imagen que la bruñida superficie le devuelve. Pero repentinamente se siente confundida porque detrás de su figura se desdibuja el reflejo de los objetos que se encuentran en su habitación, apareciendo en su lugar un sendero largo, flanqueado por una frondosa arboleda. La senda sombría y amena parece invitarla a una sosegada caminata. Todo es verde, fresco, colorido. Katya atraviesa la reluciente superficie y comienza a transitar. Sus ojos miran los arbustos florecidos. Sus oídos se deleitan con el canto de los pájaros que, volando de rama en rama, parecen acompañarla con sus melodías. Además la brisa parece susurrar una canción al moverse entre las hojas de los árboles.
Se pregunta si esa paz, esa calma que se siente es porque ese lugar es el paraíso. Repentinamente, se quiebra la placidez de su paseo. De la nada, sale una mujer que la detiene. Su aspecto es altivo, soberbio. Una sonrisa aviesa se dibuja en su rostro. Semeja un ave de rapiña de alto vuelo.
Katya quiere volver atrás pero ya no puede, porque el camino que había transitado se ha vuelto un lugar riscoso, cubierto de maleza, ramas y arbustos espinosos, que lo hace imposible. No le queda más remedio que enfrentarse a la recién llegada. Ésta se presenta como la Maldad y le dice que quiere hablar con Katya. Tiene mucho que decirle, agrega, porque ambas son iguales.
Katya la rechaza. No la reconoce como su igual. A ella no le gusta la maldad, no la practica. Es más, cree sentir que tiene una natural inclinación a hacer el bien.
La mujer le pregunta que quien le ha dicho que son diferentes. Son más iguales de lo que físicamente pueden parecerse.
Lo que diferencia a ambas es que la mujer admite su maldad mientras Katya no acepta ser mala por lo que no tiene nada que reprocharse al respecto.
La mujer se sonríe perversamente y comienza la enumeración de los actos erróneos de la joven: … que corta flores para alegrar su habitación y las deja marchitar sin siquiera cuidarlas;… que tiene pájaros enjaulados con el pretexto de darles de comer y cuidarlos sin pensar que los pájaros nacieron libres para ser libres;… que se hace servir por criados, menospreciados por ella, quienes la obedecen por miedo a perder sus trabajos.
Katya interrumpe el monólogo de la mujer diciéndole que ella los trata bien y les paga mejor. Pero se queda sin respuesta cuando la mujer desde el espejo le recuerda que entre sus servidores está su prima, Ana, a la que se complace en tiranizar, exigiéndole que la peine, que le arregle los vestidos, que le alcance cuantos caprichos se le ocurran.
Como justificándose, Katya dice que su prima, a quien ella realmente quiere, está en su casa desde que quedó huérfana y que si no estuviera con ella quien sabe donde estaría.
La mujer le responde fríamente que quizá en algún otro lado, trabajando con dignidad, pero sin que nadie le esté marcando su pobreza.
Repentinamente el camino que se refleja en el espejo comienza a estrecharse y sólo queda espacio para un caminante. Katya reclama su derecho de paso y trata de apartar a la mujer. Ésta no se mueve y advierte que no se apartará, porque ella es la maldad que Katya tiene dentro de sí. Es su parte egoísta, su maldad disfrazada de bondad. Ahora que la mujer le ha mostrado a Katya su verdadera alma, le dice que mire su cara en el espejo y vea que ambas, ella y Katya, son iguales.
La cara de la mujer en el espejo se desvanece, así como el camino, lleno de ramas secas y arbustos espinosos, desaparece. Detrás del rostro de Katya vuelven a reflejarse los objetos que se encuentran en su habitación. Y a su lado, sobre la bruñida superficie, la imagen de su prima esperándola con el cepillo para alisar sus cabellos.

viernes, 15 de enero de 2010

Madame Butterfly, Dorian Gray, la Maldición de la Belleza

Disfruto de la buena lectura y de la buena música. Por eso hoy decidí hacer una travesura con dos de mis personajes favoritos: Dorian Gray y Madama Butterfly.

Oscar Wilde dijo de su The Picture of Dorian Gray: "Dorian Gray es como me gustaría ser, lord Henry Wotton es como me ven los demás, y Basil Hallward es como en realidad soy".
Este es mi tributo al autor de una estupenda novela que trata sobre la ética y la estética que el propio Oscar Wilde buscó durante toda su vida
(… "desde lo profundo clamé a ti, Señor…") y la hipocresía de la sociedad en la cual el desarrolló su vida social e intelectual.

Madama Butterfly es una joven de quince años que madura como mujer cuando decide defender el honor de su hijo suicidándose para salvar la honra y el futuro del niño.

Este es mi tributo a la entereza de una mujer enamorada que prefiere ser madre antes que cortesana y a su aria del segundo acto Un bel di vedremo cuando confiesa su esperanza en el retorno de su marido americano a ella y al hijo de ambos.





Cho Cho San (Madame Butterfly) dialoga con Dorian Gray

Una mujer joven y hermosa y un hombre mayor están sentados sobre una esterilla de bambú en la ladera de una elevación natural del suelo, a las afueras de la ciudad japonesa de Nagasaki. Cerca de ellos pasa un sendero que lleva a la casa, en donde ella había vivido los momentos más felices y más tristes de su vida, hace ya algunos años. La joven acude todos los anocheceres al mismo lugar desde donde observa el mar, el puerto, los barcos. El hombre, siempre vestido con ropas oscuras, oculta su rostro bajo un sombrero de ala ancha algo caído sobre su frente hasta casi tocar sus ojos. Las sombras de la noche comienzan a rodear a la pareja. Aunque a cierta distancia ambos parecen inmóviles marionetas lo cierto es que están dialogando.

Ella es Cho Cho San, la Dama Mariposa de Puccini, él es Dorian Gray, el Ícono de la Belleza de Oscar Wilde.

Era un crepúsculo otoñal cuando esas dos almas que penaban, se encontraron Desde ese momento ambos acordaron tácitamente verse todos los anocheceres en el mismo sitio para conversar. La cita se cumple. El tema de la conversación se repite noche a noche. Para ella es la purificación de alguna experiencia suya, vital y profunda, mientras que para el hombre es una eliminación de recuerdos de hechos pasados que perturban su conciencia.

D -“¿Te acuerdas Butterfly cómo entablamos nuestra primera conversación? Tú estabas ahí, sentada sobre la ladera de esta colina, tu torso inclinado hacia adelante, tu vista fija en el mar. Veías pasar muchas velas desplegadas, pero ninguna del barco que esperabas. Me acerqué a ti y observé la mirada de tus rasgados ojos negros fijos en el agua que fluía, subía y bajaba al ritmo de las olas que llegaban a la orilla y se iban de ella. Pensé que estabas por enterrar tu corazón bajo un banco de arena en la orilla de la playa.”

B -“Lo recuerdo muy bien, querido Dorian, muy bien”

D -“Me atreví a decirte que volvieses a tu casa porque una bella joven como tú no debía sepultar el amor que su corazón ha atesorado en el tiempo. Lo que se ha amado no se puede soterrar.”

B -“Yo te respondí que sí… se podía cuando el corazón estaba muerto”.
“Mi corazón comenzó a morir cuando florecieron las primeras flores de la primavera, luego en el momento en que se encendieron las estrellas del verano, más tarde al aparecer la luna llena del otoño, y por último se detuvo al aparecer el lucero vespertino del invierno”.
“¡Cuánto tiempo tardó en morir mi corazón”!

D -“Pero yo pude convencerte que tu corazón seguía latiendo en tu alma aún después de haber renunciado a tu vida terrenal”.
“Yo, también había abandonado mi vida terrenal pero mi corazón seguía latiendo en mi alma sucia, no impoluta como la tuya”.
“Te confesé que no me atrevía mirar hacia atrás para no ver el nefasto sendero de decadencia que yo mismo construí”

B -“¿Entonces por qué diste fuerza a mi corazón para seguir palpitando?”

D -“Porque tanto tú como yo, dulce Mariposa, cometimos un pecado del que no somos responsables. Pecamos de ser jóvenes bellamente hermosos”

B – “Tu pensamiento es oscuro y confunde mis ideas. No entiendo porque fuimos pecadores irresponsables.

D-“Tu, Cho Cho San, eres hermosa porque está en tu naturaleza el serlo”
“Yo, Dorian Gray, he sido – ya no más - bello porque así me representó el arte”.
“Tu obedeciste a tus sentimientos. Yo, a mis pensamientos”
“Tu fuiste hermosa cuando reías y cuando llorabas. Yo he sido bello porque mi rostro fue así plasmado sobre la tela por aquel pintor que sólo buscaba la belleza artística sin percatarse de la vanidad del modelo – que era yo. Sus pinceles soltaron cual Caja de Pandora todo mi ego, mis vicios y hasta mis más viles sentimientos y condenables acciones. Pero no fueron capaces de encontrar mis virtudes… quizá porque nunca las tuve.
“Tu hermosura es natural. Mi belleza es artística”.
“Y ambas, hermosura y belleza, belleza y hermosura nos han llevado a cometer el error más imperdonable del ser humano y del que nunca podremos abjurar: habernos quitado voluntariamente la vida.

B -“Dicen que en cada pecado que se comete esta implícita la penitencia para el pecador. Luego yo te pregunto: Dorian, ¿de qué hemos sido culpables? Si yo nací hermosa, como dices, y tú fuiste artísticamente bello… ¿Qué ley quebrantamos? ¿Qué mandamiento divino desobedecimos?”

D – “Ambos transgredimos voluntariamente el precepto sagrado de preservar la vida humana. No hay en el mundo, dulce Mariposa, hombre tan sabio que pueda justificar nuestras acciones”.

B -“Mira Dorian, ya aparece el lucero del alba. Se disipan las sombras pero el viento que sopla desde el este no me permite ver con claridad la entrada al puerto”

D -“¿Siempre esperas el barco que sabes no retornará jamás? ”

B -“Nunca espero el barco; siempre espero un barco.”

D -“¿Qué juego de palabras es éste? ”

B -“No es un juego, es una confesión. Esperar el barco es decir esperar a Pinkerton. Él ya no existe para mí, ni vivo ni muerto. Sumida estoy en el olvido. He arrancado su recuerdo con exitosa y tenaz voluntad de mi memoria”

D -“¿Entonces por qué tienes siempre tu mirada dirigida al horizonte marino?”

B -“Porque espero que algún día un navío amarre en el puerto y por su planchada baje un adolescente de rasgados ojos celestes y rubia cabellera. Su rostro apenas recuerdo pero debe ser tan puro como era cuando niño”.

D -“¿Tu hijo?”

B -“Mi hijo. Pero hoy esta corriente de aire marino que arremolina la arena de la playa llena de amarillo polvo mis ojos y me obliga a cerrarlos”.

D -“¿Lloras?”

B -“Si lloro. Lloro por él, mi hijo. Ruego por él, mi hijo. Espero por él, mi hijo”

D -“Butterfly, ¡tu misma me contaste que se lo entregaste a Pinkerton, su padre, y a su esposa americana para que lo llevaran, educaran y viviese feliz en otro país más allá del mar!”

B -“Si, ¡sólo tenía tres años y era tan dulce el pequeño! Lo hice porque en mi sociedad, por mi culpa, ya estaba discriminado. Mi hijo no viviría sin honor por una falta que su madre había cometido. No lo podía permitir. Luego cumplí con una ley ancestral nuestra: ‘Con honor muere quien no puede vivir con honor’”.

D -“Y te quitaste la vida”

B -“Si, honorablemente. La mía fue una muerte con honra. Honré a mis antepasados. Cometí seppuku, nuestro suicidio ritual. Sé que fui virtuosa en el momento de irme de este mundo porque enaltecí el honor que me legaron mis antepasados y cedí a mi hijo la herencia de la honra familiar”.

D -“¿Por qué te culpas de tu historia de vida con Pinkerton?” “Eras tan joven y tan inocente”.

B -“Joven, sí. Inocente, no”

D -“No alcanzo a entenderte. O quizá lo que no entienda es tu forma de pensar. A lo mejor porque son tus ancestros quienes hablan por ti. Los orientales tienen una manera de pensar o de ver las cosas diferente a los occidentales”.

D -“Te olvidas, amigo mío, que yo soy una geisha. Una geisha llamada Mariposa – o Butterfly como me decía Pinkerton”. “Las geishas no somos tan cándidas ni las mariposas tan frágiles como la gente cree”.
B -“Coincido contigo en este punto. Las mariposas crecen encerradas en un capullo de delicada pared transparente. Cuando es su momento de salir al mundo, rompen ese débil muro. Sus movimientos son tenues, primorosos te diría. Sus alas, húmedas al principio, toman fuerza y ligereza. Son torpes en los primeros vuelos pero… en poco tiempo vuelan hábilmente. Están en vida tan llenas de obstáculos como de hermosura. Y cuando mueren sus alas conservan sus colores inalterables. Es más, creo que no mueren sino que perduran en su hermosura. Como tu, mi querida amiga”.
D -“Si, así son ellas. A veces me parece que las mariposas son sólo flores que revolotean felices porque se libraron del tallo que las ataban a la tierra. Pero nosotras, las geishas nunca pudimos, ni podremos, liberarnos de nuestro atávico destino. Nuestra fuerza espiritual es mantener formas de vida y costumbres de nuestros antepasados”.
D -“Mira Cho Cho San como la luna plateada está brillando entre los cerezos en flor. Y ¿no te parece escuchar como un canto de niñas entre el follaje de los pinos?”
B -“Es que el perfume de la primavera no está lejos de nosotros y quienes cantan son las niñas que están siendo instruidas – como lo fui yo a su edad – en la disciplina de las geishas. Son las ‘maiko’, que comienzan a ser aleccionadas desde los ocho añitos. Son todas niñas muy inteligentes y habilidosas. Conocen el arte de la música. Ejecutan tanto la flauta de bambú como el tamborcillo japonés. Entonan nuestras tradicionales canciones con pequeña y dulce voz. Danzan graciosamente las figuras del clásico baile japonés. Aprenden a amar la poesía y hacer grata la vida de los hombres que conocerán apenas pisen la adolescencia”.
B -“Hermosa vida las de estas jovencitas”.

B -“No lo creas. No es así, querido amigo. Ellas nunca tendrán una vida feliz. Yo tampoco la tuve”.

D -“Hace un tiempo que nos conocimos y comenzamos a contarnos nuestras cuitas. Hoy te pregunto lo que nunca me atreví. ¿Por qué tu vida ha sido tan desdichada”?

B -“Porque apenas conocí a Pinkerton él supo excitar en mi un sentimiento desconocido: AMOR. Despertó en mí la novedad de la pasión y el deseo sexual. Me enamoré y sólo tenía un anhelo, un deseo vehemente. Vivir con él y para él. Cuando lo conocí yo era mucho más mujer que él hombre”.


D -“Sigo sin entenderte. Creo que él era mucho mayor. Tú tenías quince años y él era oficial de la marina estadounidense ¿Esa diferencia de edad no fue a su favor?

B -“De ninguna manera. Yo no era una cándida adolescente. Deseaba ser la mujer de él, sólo para él. Pinkerton me atrajo por su gentileza, su aspecto, sus actitudes y ademanes tan distintos a los que yo estaba acostumbrada recibir de los hombres de mi sociedad. Sus ropas eran distintas. Su forma de demostrarme pasión era desconocida para mí. Abandoné a mi danna y empleé toda mis artes y mañas para casarme con mi hombre americano y llevarlo a vivir en mi mundo de flores y sauces”. No supe distinguir la diferencia que había – y hay – entre nuestras sociedades. El venía de un mundo occidental, materialista, donde todo se conseguía sin tardanza, sin permitir que nada se interponga a lo deseado. Era un individuo pragmático que conocía a fondo las leyes navales, las disciplinas militares pero desconocía las leyes sutiles de la vida y menos aún sabía tratar a las personas que actuamos de acuerdo a estas leyes”.

D -“Siento en tus palabras algo así como una exculpación al comportamiento del americano, mientras tu te censuras con dureza. Me costó mi vida aprender que el motor que mueve al ser humano es, desde siempre, el Amor. El amor es un sentimiento que moviliza las acciones de hombres y mujeres. Pueden ser actos grandiosos, trascendentales, pequeños o cotidianos, pero todos tienen como raíz común el sentimiento que experimenta una persona hacia otra y se manifiesta en el deseo de su compañía y en el de compartir alegrías y penas”. Hay distintas clases de amor. En ustedes se manifestó en forma de atracción afectiva y física. Tú eras una adolescente enamorada del amor que en tu caso se personificó en Pinkerton. Te entregaste a él sin dudar porque no desconfiaste del hombre. Sentías – y con razón – que no se puede llevar adelante una relación sin confiar. En cuanto a él, sólo era un joven hedonista que en todo momento actuó en forma irreflexiva sin advertir la trascendencia de sus actos. La mesura de su alma fue desbordada por la desmesura de su pasión. Y así obró en consecuencia”.

B – “Y en ti ¿cómo se manifestó el amor? Porque tú te enamoraste, ¿verdad?

D – “En su momento pensé haber estado enamorado. Pero no, nunca lo estuve. Me rectifico. Sí, lo estuve. Estuve enamorado de mí mismo. Yo, que me sabía bello tenía un único objetivo: no perder mi belleza, costase lo que costase. Y así canjeé un alma eterna por una belleza perecedera. Total, mi alma, proclive a la corrupción, valía muy poco”. Quebranté voluntariamente el precepto divino de la vida finita: sólo Dios es quien da y quita la vida al Hombre. Busqué mi inmortalidad, ambicioné la juventud eterna, alardeé de mi belleza total. Y no vacilé en llegar hasta el crimen.”

B – ¿“Entonces…”?

D – “Entonces pasó el tiempo, pasaron muchas personas, sucedieron muchas cosas. Al final de mi camino, una noche cualquiera, en mi cuarto sólo estábamos – como desde hacía muchos años - mi retrato y yo. Mi retrato que era la representación de mi alma. Mi alma corrompida. En mi retrato mi rostro ya no era más bello, era un rostro envejecido en donde estaban presentes todos los rastros que dejan los vicios, los malos deseos, los pecados, las pasiones erróneas. Y comencé a odiarlo a él y a odiarme a mi mismo. Y ahí estaba el cuchillo con él que apuñalé al pintor que fue el autor de la tela que arruinó mi vida. ¡Ay! Cuántas veces hube limpiado la hoja de ese cuchillo. Estaba pulcro y brillaba en la oscuridad. Así como asesiné al pintor, asesinaría el trabajo del pintor. Y así todo terminaría. Luego estaría libre y en paz”.

B - ¿”Destruiste el retrato”?

D – “Si. Pero no quise detenerme y decidido a terminar con todo, hundí el cuchillo en mi corazón. Por fin llegó el final. Luego, lo de siempre. Los criados, que escucharon mi agónico grito y el ruido de mi cuerpo al caer sobre el piso del cuarto, se acercaron a la puerta del mismo, forzaron su cerradura y me encontraron tirado sobre la celeste alfombra, que comenzaba a teñirse de rojo bajo mi espalda. No me reconocieron de inmediato. Mi rostro tenía una repulsiva apariencia mientras se marchitaba bajo una red de arrugas que iban apareciendo poco a poco. Sólo mi gabán negro y mi anillo de sello, que siempre llevaba en mi anular derecho, les dio la certeza de que era yo quien yacía al pie del retrato rasgado.

B – “¿Y desde entonces tu espíritu doliente vagó por el espacio sideral hasta que casualmente nos encontramos? Somos dos almas en pena que quizá ya hayamos pagado nuestros pecados y por eso Dios nos ha dado la dicha de hallarnos y estar en paz con nosotros mismos”.
“¿Y tu retrato, qué se hizo de él”?

D – “No sé que ha sido de mi retrato. Lo que sé es que mientras yo me cubría de arrugas, mi rostro, en su retrato, recuperó su maravillosa exquisita juventud y belleza”.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Afuera Sopla el Viento

"Nosotros debemos a las edad media las dos peores invenciones de humanidad
el amor romántico y la pólvora."
André Maurois




Afuera sopla el viento,
el viento del invierno que levanta polvo de nieve
…”
Bernardo de Troisson, trovador (circa 1175)

La reina Leonor de Inglaterra se emociona con la canción. Piensa que ya hace tres años ese joven trovador suspira por su amor y que debe hacer algo por él.
Se levanta, se acerca a Bernardo mirándolo a los ojos, y lo besa en la boca. El desdichado, al que el deseo ha atormentado desde hace treinta y seis meses, le hace comprender a la reina con un gran suspiro que necesita algo más para encontrarse mejor.
Las habitaciones de Leonor no están lejos. Ella se muestra comprensiva...

Durante su estancia en Poitiers, Leonor vuelve a reunir la corte de amor que formara ya en Poitiers, antes de convertirse en reina de Inglaterra. Esta corte, en la que figuran una veintena de damas, algunos trovadores y varios caballeros conocidos por su galantería con las damas, examina problemas amorosos y dicta sentencias, basándose en el código del amor, del que extraemos algunos de sus treinta y un artículos:

El matrimonio no es una excusa legítima contra el amor.

Quien no sabe callar, no puede amar.

Nadie puede tener dos relaciones a la vez.

El amor debe siempre aumentar, no disminuir.

No hay ningún sabor en los placeres que un amante oculta al otro sin su consentimiento.

En amor, el amante que sobrevive al otro debe guardarle la viudedad durante dos años

El amor nunca se hospeda en la casa de la avaricia.

La facilidad del disfrute disminuye su precio, la dificultad lo aumenta.

Cuando el amor disminuye, pronto acaba; pocas veces se recupera.

El verdadero amante siempre es tímido.

Nada impide que una mujer sea amada por dos hombres, ni que un hombre sea amado por dos mujeres.



Las preguntas que la Corte de Amor debe responder, a menudo resultan muy sabrosas. Una de las preguntas favoritas de Leonor y que ella siempre plantea es:
“¿Puede existir verdadero amor entre marido y mujer?”
Espera con ansías renovadas la respuesta. La sentencia del jurado del tribunal de su Corte de Amor no se hace esperar:
“Por unanimidad decimos y afirmamos que el amor no puede implantar sus derechos entre dos personas casadas. En efecto, los amantes se lo dan todo, mutuamente y gratuitamente, sin ser obligados por ningún motivo de necesidad, mientras que los esposos deben recíprocamente soportar sus voluntades y les es obligatorio el no negarse nada ... ”
Esta es una sentencia sabia, ya que complace a ambos, Enrique II el Rey de Inglaterra y a su Reina, Leonor. Ambos tienen sobrados motivos para sentirse satisfechos.


Ahora la Corte de Amor de Leonor tiene que resolver el siguiente problema:

“Un caballero requiere de amores a una dama a la cual no logra convencer. Le manda algunos honestos regalos que la dama acepta. A pesar de ello, ésta no disminuye su habitual severidad. Él se queja de haber sido engañado por una falsa esperanza que le ha dado la tal señora al aceptar los regalos”.

La sentencia es la siguiente:

“Es preciso que una dama, o bien rehúse aceptar los regalos que se le hacen para conquistarla, o bien que pague la recompensa, si los acepta. Si lo hace sin dar nada a cambio, debe sufrir el verse incluida en la categoría de simple cortesana”.

Algunas de las preguntas resultan hoy muy extrañas. Esta, por ejemplo:

“Una señorita que tiene una relación amorosa con un caballero, se casa con otro; ¿tiene derecho a rechazar al antiguo amante o debe seguir concediéndole sus favores?”

He aquí la admirable respuesta que emite el jurado:

“El advenimiento del lazo matrimonial no excluye de derecho al primer compromiso, a menos que la dama rechace el amor y declare hacerlo para siempre”.

Con tal sentencia se aprecia cuán falseada ha sido por los románticos la visión de los trovadores y el sentido real del amor cortesano.

Cuando Leonor vuelve a Londres, se lleva con ella una última canción de Bernardo, que todavía no está repuesto de su triunfo, que ha tardado tres años en conseguir:

“Ella no puede negarme su amor ahora.
Yo seré capaz de recordar por siempre
De ella y de sus actos tengo testimonios dentro de mí…”


Lo cual es de gran gentileza, pero de poca discreción

En el transcurso de diez años, Leonor pasa más tiempo en Poitiers que en Londres. No sólo a causa de Bernardo y de su corte de amor, sino porque además se ocupa con ardor y con mucha inteligencia del manejo de sus dominios aquitánicos.
Además, el estar lejos de su esposo, el Rey Enrique II de Inglaterra con el cual ya no se entiende, no le desagrada en absoluto.



Bibliografía:

http://en.thinkexist.com/quotation/We_owe_to_the_Middle_Ages_the_two_worst/221682. html
http://www.rencentral.com/feb_mar_vol2/lovemarriage.shtm


TOWNSEND WARNER, George & MARTEN, C. H. K., The Groundwork of British History (London, 1923)
FRASER, Antonia, editor, The Lives of the Kings & Queens of England, (Weinfeld and Nicolson, England, 1975)

domingo, 1 de noviembre de 2009

Carmen

CARMEN

Por Sara Garfinkel

En reconocimiento a Prosper Mérimée por su relato origen de esta ópera,
a Henri Meilhac y Ludovic Halévy por el maravilloso texto base de esta ópera,
a George Bizet por su estupenda música,
a Enest Guiraud por su arreglo musical de la versión de Bizet,
a Francesco Rosi por su película basada en esta ópera
y a todos los amantes de….


CARMEN



Carmen es gitana moruna. Mucho se ha escrito y dicho sobre esta mujer considerada epítome de la lascivia femenil culpable de todos los males que han caído sobre la humanidad. ¿No fue Eva responsable de la pérdida del Paraíso para nosotros, pobres mortales?

En un mundo donde la historia ha sido manipulada por masculinos intereses, ya económicos, ya políticos, no es nada raro que se haya cargado con la culpa de este drama de amor, pasión, traición y odio a la bella mujer que coquetea y embruja al “íntegro don José con sus brujerías y maleficios”. Ella es la responsable de precipitar a don José en una vertiginosa e irreversible caída de perdición hasta convertirlo en un asesino. Su asesino.

CARMEN antes de ser ópera es novela y antes de ser novela es mujer.
¿Qué clase de mujer es Carmen? Se dice que fue una gitana de nombre Ar-Mintz (nombre en lengua Romaní fonéticamente parecido a Carmen) la mujer que inspiró al gran George Bizet, el trágico George Bizet – sin duda el genio operístico más grande de Francia.
Se dice que esta gitana era intensamente ardiente, impetuosa, apasionada y fácilmente propensa a repentinos y violentos estallidos pasionales provocados por sentimientos de admiración ó de indiferencia motivados por la actitud del hombre que esté a su lado.
Carmen – o Ar Mintz, si ustedes prefieren - es un personaje más allá del bien ó del mal, se entrega sin reparos al momento. Toda ella es la encarnación del instinto atávico del ser humano. Perseguida por su propio destino y obligada a encontrar los medios para eludir muchos pe­ligros, ella sacrifica su vida a una pasión, pero también juega con el amor, y lo usa a menudo como medio, cuando su dura existen­cia así lo exige. Ella sabe muy bien que su destino ya está de­terminado. Es posible que, como gitana encuentre para este sino una respuesta más valiente y más libre de reparos que el común de la gente.

Estamos en la Sevilla, año 1830. Carmen trabaja junto con centenares de mujeres (dicen que son 500 en total). Algunas jóvenes, otras viejas… algunas hermosas, otras no tanto… unas son gitanas, otras son payas… pero todas acostumbradas a una vida dura que la viven en medio de una miseria grande que soportan con dignidad; mientras obedecen las convenciones sociales de la época sin pensar siquiera en rebelarse.


Es un soleado mediodía estival. El cuartel de los soldados de la Guardia del Regimiento de Alcalá a la izquierda de la plaza del pueblo. A la derecha de la plaza el grandioso y vetusto edificio de la Fábrica de Tabacos. En la plaza la gente viene y va, en la plaza de armas del cuartel los soldados forman fila esperando la llegada de la nueva guardia que ha de reemplazarlos, en la fábrica las cigarreras espían la llegada de la nueva guardia al mando del cabo Don José Lizzara Bengoa.

De la fábrica de cigarros salen las obreras, coqueteando con los mozos del pueblo y con la soldadesca que está en su descanso. Bailan, cantan, se susurran palabras de amor, se besan, se abrazan. Son todos felices. Pero Carmen no está entre las muchachas. Ella ha preferido refrescarse en el manantial aledaño a la plaza, que surte de agua fresca al pueblo. Muchos de los mozos y de los soldados al no verla entre ellos preguntan por Carmen, “la Carmencita”.

Cuando emerge de la fuente, su figura esbelta y felina se destaca pues su vestido empapado está pegado a su cuerpo húmedo y marca lascivamente sus turgentes formas.
Y así, cuando de repente aparece “la Carmencita” a la vista de los hombres, éstos le preguntan - en un velado reproche donde se quejan de su larga espera - que cuando los amará, ella les contesta que no lo sabe, que quizá nunca, que tal vez mañana pero que segura está no será en ese hermoso y soleado día. Es que la hermosa gitana sabe que los arrumacos, devaneos y promesas de los galanes se desvanecerán cual volutas de humo apenas ella satisfaga sus deseos.

Es en este punto cuando Carmen, confiesa su real YO en un canto al amor libre, desnudando su alma y sus verdaderos sentimientos. No es ella la que miente en este drama pasional, son los otros que se mienten a si mismos al no querer escuchar su verdad.

Carmen reconoce que su amor es indómito, salvaje, arisco, montaraz. Desobedece cualquier ley que pueda cercenar su libertad. Rechaza a aquél que busca su amor y es atraída por ese que parece despreciarla. Advierte que es muy peligroso ser su amado porque ella es un pájaro que vuela libre por los aires y quien la ame terminará siempre siendo un pobre muñeco grotesco atrapado en su amor sin poder retenerla.

El cabo D. José ha oído esta confesión pero no la ha escuchado. Imperturbable trata de poner orden entre las muchachas y los soldados que están mezclados con el grupo de jóvenes, enviando a aquéllos de regreso al cuartel. Parece no prestar atención a Carmen, pero ella lo llama y cuando él se acerca esta mujer, que es un vergel salvaje siempre florecido, en un impulso sexual subyacente le arroja una flor amarilla, una flor de casia. La flor golpea el pecho del hombre a la altura de su corazón mientras la gitana sin dejar de mirarlo a los ojos le repite a modo de invocación:

¡Tú estás atrapado!

Don José en un movimiento reflejo se agacha, recoge la flor y la guarda en un bolsillo interior de su chaqueta. Parece embrujado.

Los acontecimientos se suceden como obedeciendo a la ley de gravedad del destino. Una gitana que trabaja en la Fábrica de Tabaco se ha peleado con una compañera de trabajo. En la disputa ha herido a la otra cigarrera en la cara. Don José es enviado al mando de dos soldados más a poner orden en la fábrica y llevar a prisión a la gitana “agresora”, quien no es otra que Carmen.
La ficción dice que al quedarse solos don José y Carmen, antes que éste la conduzca a la prisión, ella trata de seducirlo y le promete, si la deja en libertad, reunirse con él en la taberna de Lillas Pastia en Triana. Don José, entusiasmado y visiblemente cautivado por la personalidad de la cíngara, la deja escapar.
La realidad es diferente. Carmen está totalmente interesada - ¿podríamos decir enamorada? – de Don José. ¿Cuándo comienza este sentimiento en ella? Seguramente cuando él no presta atención a sus coqueteos. Ella se siente atraída por ese soldado que no muestra el menor indicio de pasión, ese hombre que ni siquiera la mira, a pesar del conjuro de la gitana., es cuando desafía a la más alta autoridad – el capitán Zúñiga que esta visiblemente interesado en Carmen – diciendo que ella nunca dirá lo que pasó en la fábrica aunque la corten en pedacitos o la quemen viva,. Guardará su secreto, lo guardará muy bien pues sin miedo desafía al fuego, al acero y al mismo cielo.
Luego, en un sensual coqueteo mira en los ojos al Capitán Zúñiga e ignora a Don José, quien es encomendado por su superior de restaurar el orden y llevarla a ella a la cárcel.


“Porque amo a otro hombre y moriría por él”

Ese otro hombre es, evidentemente, don José. No diré que este sentimiento es resultado de una equivocación del destino. Si diré sin temor a equivocarme que es la confirmación que nada ni nadie puede torcer el destino de las personas.
¿Qué ha visto Carmen en ese hombre que encendió en ella la hoguera de una pasión? Quizá su porte erguido que le confiere a su cuerpo alto y sólido una apariencia de varonil dureza. Montado sobre su caballo es un jinete firme al que ningún movimiento de su inquieta cabalgadura logrará desarzonar. ¡Qué hombre bien proporcionado es! ¡Qué armoniosa figura la de su cabeza hacia su busto en su posición ecuestre! ¡Y su rostro moreno de rasgos regulares e inmóviles y esos ojos negros de mirada de mando!.... Pero lo que Carmen no puede ver es el verdadero interior de don José. Don José es un mozo serio, bondadoso, sin pasado alguno. Ha salido de su pueblo para cumplir con sus deberes militares pero es, esencialmente, un campesino que quiere a su madre, respeta a su novia de la infancia y sólo quiere volver a su tierra navarra para trabajarla, formar una familia y respetar las leyes de la sociedad. Don José Lizarra Bengoa sabe obedecer órdenes pero no tiene voz de mando ni sabe mandar. Y eso no va con Carmen.

Carmen ya en prisión, le dice a Don José – quién rehuye toda conversación con la gitana – que se desprenda de la flor que ella le arrojó y el guardó cerca de su corazón, pues el hechizo de amor se ha cumplido. Y con sensuales y felinos movimientos de gata en celo le promete que lo llevará hasta la taberna de Lillas Pastia para beber manzanilla juntos. Le dice que bailará una seguidilla para el hombre a quien ella ahora ama. Ese hombre es un soldado que no es ni capitán ni teniente sino un simple cabo. Un simple cabo que es suficiente para una una simple gitana como ella, vehemente con los hombres y libre para amar a quien quiera.

¿No es esta canción una declaración de amor de una mujer enamorada? Quien diga que no, quien diga que Carmen sólo busca engatusar al hombre… conoce muy poco a las mujeres.
Por supuesto ella escapa porque Don José se lo permite, debiendo pagar éste su falta al deber con prisión y degradación.


En la taberna de Lillas Pastia, Carmen y sus amigas gitanas bailan y beben con algunos militares y muchos mozos de cantina. El lugar está colmado de música de cítaras y panderetas. Todo es un aquelarre de pieles bronceadas, anillos y collares de plata y bronce, melenas azabaches a su aire, faldas sueltas, blusas vaporosas. Todo es rojo y naranja, todo es fuego y pasión, todo es alegría y desenfreno. Las hermosas mujeres danzan y cantan. Las canciones de las gitanas andaluzas son una mezcla de música árabe, bereber, africana, sefardí.
Y sobre todas esas hermosas mujeres está Carmen. Carmen, gitana moruna que tiene sed de vivir y calma su sed bebiendo su vida. Escancia su sangre en el vaso de su corazón del que ella va a beber hasta el fin. ¿Quién sabe lo que siente esta mujer? ¿Es que disfraza con alegrías el deseo de volver a ver a ese tonto cabo que le ayudó en su fuga?
Carmen se entera que don José ha sido degradado por haberle facilitado la fuga, que ha sido encarcelado y que está de nuevo en libertad. Ella lo espera. Los arcanos de su alma gitana le dicen que sin duda este hombre vendrá a verla. En efecto, el cabo acudirá a la cita que ella le prometiera el día que él le permitió fugarse.

Pero antes llega a la taberna Escamillo, famoso torero de Granada, acompañado por un grupo de admiradores. Escamillo es saludado por los soldados quienes con el capitán Zúñiga a la cabeza, brindan por el conocimiento, coraje y la buena suerte del diestro. Éste responde al saludo y mientras levanta en alto la copa de la que va a beber en honor del capitán y sus soldados, les dice que los soldados son como los toreros ya que tanto unos como otros encuentran placer en la lucha.
Después de escanciar la copa de vino que le fuera ofrecida, les confiesa a sus escuchadores los sentimientos que en él despierta la fiesta taurina. Compara estos sentimientos con los que en él despierta la mirada de dos ojos negros que lo miran torear. El siente que en esa mirada está la promesa que después de la lid un amor apasionado lo estará esperando

Carmen y sus amigas coquetean con el torero. Escamillo se siente fascinado por Carmen y le pregunta que pasaría si él la amase. Ella le contesta que no debería amarla.
“Yo esperaré” es la respuesta del matador.
“La espera es dulce” contesta “la Carmencita” más con la mirada que con los labios.


Y el destino se cumple. Don José va a la taberna. Ella está feliz de verlo, baila para él y se le ofrece abiertamente. Así es como Carmen entiende al amor. Pero a lo lejos se oye el sonido de la llamada de retreta para el cuartel. Don José quiere retirarse para llegar antes de que pasen lista.
Y es en este momento cuando Carmen reacciona como una tigresa herida en lo más profundo de su celo. ¿Hay algo más peligroso que una mujer despechada, cualquiera sea su etnia? Lamentablemente nadie piensa en la mujer que ha sido dejada de lado por el sonido de un clarín. Creo que la mejor justificación de la conducta de Carmen no la daré yo. Ha sido dada por una excelsa mujer mejicana que vivió en el siglo XVII y que escribió sobre la “inconsecuencia y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que acusan”…

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón… “
(Sor Juana Inés de la Cruz)

Y así del amor Carmen pasa a la indiferencia total hacia ese hombre. Ella se burla de sus compromisos militares y le propone que vaya con ella a la sierra, para vivir juntos en libertad. El hombre se debate entre el deber de soldado y la pasión de hombre. Carmen se enfurece y Don José tiene que imponerle a la fuerza que le escuche sus declaraciones de amor. Carmen le responde que la única manera de probarle su amor sería que se uniera a ella y sus amigos en una expedición en las montañas. Finalmente y muy a su pesar, don José debe unirse a los contrabandistas amigos de Carmen y escaparse hacia las sierras.

Carmen comienza a aburrirse del amor de Don José, quien no consigue adaptarse a esta vida de libertad. Carmen no finge amores a un hombre si lo desprecia. Menos demostrarle admiración si él es necio o temor si es cobarde. Ella busca su futuro en las barajas. Una y otra vez los naipes le dan la misma respuesta: la muerte. Escamillo ha llegado a la guarida de los contrabandistas que está en las montañas. . Viene en busca de Carmen. Don José lo reta a duelo. Carmen aparece junto a los gitanos para separarlos. Antes de despedirse, Escamillo invita a los presentes a las próximas corridas de toros de Sevilla. El fastidio de Carmen crece cada vez que ve a don José, no soporta que él la toque y menos que la bese. Por eso cuando él parte para ver a su madre agonizante, Carmen comienza a sentirse feliz. Don José se va no sin antes amenazar a Carmen diciéndole que pronto habrá de regresar.

La Maestranza

Sangre y arena es el escenario del último acto de amor entre la gitana y el soldado. Ella está hermosa. Su elegancia no puede ocultar su verdadera naturaleza salvaje. Carmen es ahora la amante de Escamillo. Luego de reiterarle su amor, Escamillo deja a Carmen y parte al ruedo. Ella sabe que Don José se encuentra entre la multitud. Pero no tiene miedo. Es esa fuerza desconocida que la empuja a enfrentarlo. Don José le ruega primero y la amenaza después. Todo es en vano. La gitana le grita su desprecio y le repite una y otra vez que ahora ama al torero. Se escucha cómo la muchedumbre aclama a Escamillo y Carmen intenta entrar en la Plaza, pero Don José, presa de la ira y de los celos, la mata a puñaladas. Luego, sollozando, la invoca desesperadamente, confiesa su crimen y se deja arrestar.






A Don José

Los ojos que tú miraste, no los verás más,
Sus cabellos negros no los acariciarás.
Su súbita aparición hechizó tu vida,
Ha sido para ti, pobre don José,
Espejismo de tu vista enfebrecida.

Tú la viste llegar prestamente a ti
y descender a tu virilidad cual
estrella errante al anochecer.
Tu la imaginaste inocente desde tu alma
que desconocía el mal.
Tu esencia de hombre
era como un sendero níveo, sin huella ninguna.

Tú quisiste hallar en su mirada la respuesta
a tu inexperiencia sexual, a tu vigilia de amor, y a su abandono.

Ella te respondió con su frialdad altanera…

¡Que amargo es el desprecio de la mujer que aborrece!
¡Qué peligroso es el hombre que no acepta ser abandonado!






A CARMEN

Muestra – según muchos - una
Grosera carátula de su bello rostro
Ojos de mirada enviciada, perversa.
Labios rojos de sangre
Abiertos en hipócrita sonrisa.
Modales sin finura
Palabras henchidas de dulce mentiras.
Arrogante simuladora de fino porte embustero.
Pero......
Para mi ella nos muestra
Su alma desde el primer momento
Alma que tiene la inocencia del niño
Que ama y deja de amar
Sin pensar que lo fugaz de su amor
Pueda dañar a otros corazones.





Colofón

Don José comete un crimen pasional. Podría ser condenado por el mismo, esto es obvio. ¿Pero ha sido él el único responsable de este crimen? ¿No fue Carmen quien lo empujó al abismo? ¿No han sido culpas compartidas? Tiene Carmen alguna justificación, salvo el de haber sido la victima? ¿Es que don José es sólo el victimario?
Tanto Carmen como él son víctimas y victimarios de una aberrante relación. Ella es la víctima material, él la víctima espiritual.
Ninguno de los dos deberá ser castigado por haberse amado y deseado. Pero don José será siempre mirado con simpatía y hasta justificado en su desenlace final. Mientras que Carmen…
Carmen nunca será comprendida. Siempre quedará privada de justificación alguna. Es que ella es una mujer que siempre ha estado más allá del bien ó del mal. Siempre se entregó sin reservas al momento que le tocaba vivir. Sin término medio. Ella es capaz de sacrificar su vida por una pasión o por un menosprecio. Es que ella sabe muy bien, con esa sabiduría heredada de sus ancestros, que el destino ya está determinado. Como gitana eso no la asusta sino que la incentiva pues le da más valor y la libera de toda atadura.
Sin ser un demonio está endemoniadamente dominada por su instinto sexual. Es coqueta y altiva, desdeñosa y orgullosa, pasional y arrogante. Es peligrosa para si misma ya que al fin su misma belleza y el poder que de ésta emana la destruyen. Es peligrosa para los demás porque ella es la encarnación del instinto más ancestral del ser humano: ama ó desdeña. No tiene término medio. Es que esta mujer no es culpable, porque así la educaron.
Pobre mujer, su cíngara belleza, su magnetismo y su fidelidad a si misma la llevaron a la muerte.




Sara Garfinkel
(De su libro “Disquisiciones sobre lo que me Gusta”)